Mientras el Ayuntamiento de Murcia derrocha miles de euros en actos institucionales, conciertos, iluminación ornamental, flores, cohetes, moqueta, pebeteros, tazas de porcelana y campañas promocionales para conmemorar el 1.200 aniversario de la ciudad, en los colegios públicos los niños se desmayan por calor. Aulas a más de 30 grados, humedad sofocante, mareos, vómitos, clases interrumpidas, docentes que no pueden seguir enseñando y estudiantes que apenas pueden concentrarse. Esta es la otra cara de la ciudad que celebra: la que ni se menciona en los discursos oficiales ni aparece en las notas de prensa. Es la cara de una ciudad en vías de desarrollo.
Ante la inacción de la administración, son las familias quienes se ven obligadas a organizar colectas para comprar e instalar aparatos de aire acondicionado por su cuenta en los colegios de sus hijos. Una vez más, la comunidad educativa suple la dejadez institucional. Pero ni siquiera eso resuelve el problema: muchos centros no disponen de suficiente potencia eléctrica contratada para encender todos los aparatos a la vez. Si lo hacen, salta el diferencial. Y entonces llega la solución surrealista: establecer horas pingüino. Turnos. Cada clase tiene asignado un momento del día en el que puede encender el aire. Las demás aguantan como pueden. ¿Esto es Europa en 2025? ¿Por qué no contratan más potencia?
En paralelo a esta situación tercermundista, los dirigentes políticos brindan, comen, beben y bailan en espacios refrigerados, sin sufrir el más mínimo atisbo de incomodidad térmica. Inauguran placas, se hacen fotos, llenan sus redes sociales con imágenes de una Murcia “moderna y avanzada”. Mientras tanto, en los colegios, se lucha simplemente por poder respirar. ¿Cuánto aguantarían en ese salón de plenos sin aire acondicionado?

Y, por supuesto, en los despachos de los directores generales nunca falta el aire acondicionado. Sacan el dinero de donde haga falta.
El sindicato CCOO ha presentado una denuncia ante la Inspección de Trabajo, alertando de los riesgos reales para la salud de alumnado y profesorado. Porque esto no es solo una cuestión de confort: hablamos de condiciones laborales y educativas insalubres. Hablamos de niños desmayándose. De maestras que no pueden continuar una clase. De escuelas convertidas en hornos, sin respuesta por parte de las autoridades responsables.
Y lo peor es que no se trata de algo inesperado. Las olas de calor ya no son una excepción. Son la norma. Cada año ocurre lo mismo, y cada año se repite el mismo patrón: la administración mira hacia otro lado o responde tarde, mal y con parches. Pero eso sí, los actos del 1.200 aniversario se planificaron con tiempo, recursos y atención al detalle. Lo simbólico ha eclipsado lo esencial. Se prioriza la foto, no la solución.
El derecho a la educación en condiciones dignas no es negociable. No es una petición, es una obligación legal. ¿Qué clase de prioridades tiene un gobierno municipal que invierte miles de euros en eventos mientras los colegios no tienen ni capacidad eléctrica suficiente para encender un aire acondicionado?
Murcia puede celebrar sus 1.200 años. Pero no puede hacerlo mientras ignora a los niños que hoy sufren dentro de sus aulas. No se puede construir orgullo de ciudad sobre el abandono de lo más básico. Una ciudad que olvida a sus niños no tiene nada que celebrar.