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Cartagena radioactiva, mi Cartago Nova querida

Las abuelas cartageneras ya no refrescan la sandía del postre enterrándola en la orilla del Mar Menor porque se lo han contaminado, los abuelos tampoco montan sus toldos porque no quedan caballitos que buscar con sus nietas

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Mientras en FITUR anunciaban un premio al stand regional, este medio (RRNews) informaba de que sólo 117 regantes del Campo de Cartagena de 9.699 (casi 10.000) habían acreditado no contaminar, constituyendo un 1,21% del total de los censados, ¿un porcentaje no muy sostenible para el Mar Menor, verdad?


Sostenibilidad es mucho más que un kiosco prefabricado de aglomerado y laca para cinco días, si no pregunten en la segunda ciudad más poblada de esta Región: Cartagena.

El mayor potencial turístico de nuestra comunidad autónoma lo posee, sin duda, la comarca del Campo de Cartagena. Su litoral aúna playas de gran belleza en Isla Plana, La Azohía, El Portús, Cabo de Palos, La Manga y el Mar Menor, sin olvidar la urbana Cala Cortina. En cuánto a monte, Galifa, la cuna del secano en Perín y los Puertos de Santa Bárbara jalonan paisajes naturales como Cabo Tiñoso, Peñas Blancas y el Cedacero. Su planicie o campo de Cartagena, muy alterado en su fisonomía original, muestra una vasta extensión en la que almendros, olivos y algarrobos fueron predominantes en parcelas aterrazadas, junto a las que convivían molinos y ruedas, hoy en ruinas.

La ciudad trimilenaria se erige como la impresionante ciudad portuaria del sureste mediterráneo que poco tiene que envidiar a Barcelona o Valencia. Si vienen a “Cartago Nova”, no dejen de visitar sus cinco colinas históricas; paseen por el Puerto, coman en bares “de pescadores” de Santa Lucía; admiren la muralla púnica y la de Carlos III y recorran alguna de sus diputaciones como San Ginés. Los tesoros culturales a visitar son tan diversos como el Teatro Romano, bellos edificios modernistas y refugios antiaéreos, contando además con el único Museo Nacional de la provincia, ARQUA, con el tesoro submarino de la fragata Mercedes.

Sin embargo, este brillo radiante se apaga bajo una sucia pantalla de contaminación diversa. Cartagena y su comarca es, ante todo, zona de sacrificio de manual en la que empresas y particulares han dejado un legado contaminante tras obtener sus pingües beneficios, marchándose por la puerta de atrás y “de gratis”. Residuos radiactivos esperan a ser retirados la entrada a la ciudad, en El Hondón (tras el permiso dado por el Consejo de Seguridad Nuclear); metales pesados llegan a Los Urrutias y al saladar de Lo Poyo a través de las escorrentías de la Sierra Minera; la bahía de Portman -en el vecino municipio de La Unión- colmada de estériles mineros décadas después de cesar la actividad minera;… y no acaba aquí el vergonzoso episodio multicontaminación que azota a Cartagena.


Del aire irrespirable al entrar a la ciudad, hemos pasado a las denuncias de vecinos y familias de El Llano de Beal por la presencia de plomo, arsénico, cadmio, cromo, molibdeno, níquel y zinc en zonas próximas a sus núcleos habitados y a entornos escolares, ¿Llevarían a sus hijos a un colegio que ha de tener cementado el patio para evitar “ese polvo”?


Los veraneos tradicionales en el Mar Menor en Los Nietos y Los Urrutias desaparecieron bajo toneladas de fangos, ova y nitratos, para no volver más.

La máxima de acumular la mayor riqueza en el menor tiempo posible ha derivado en planes urbanísticos desordenados y sin planificación de espacios abiertos y públicos para el ocio y disfrute. Vean La Manga, amontonaron casas y edificios con espacio minúsculo para playas y equipamientos de convivencia. No han sido capaces ni de estructura un carril bici arbolado ni de articular un paseo sostenible en madera.


Incluso la querida Cala del Pino, lugar de disfrute de escolares en sus excursiones de mayo y junio, ha sufrido un brutal impacto visual. Su colina desmontada (en ambos sentidos de la palabra) privatizará su mágico atardecer para uso exclusivo de los chalés y casas autorizados por el ayuntamiento de Cartagena. Paradójicamente, en Francia se está protegiendo espacios singulares de costa mientras en España se destroza al mejor postor para disfrute de una o dos familias durante un par de quincenas al año, ¡”Bravo”!


Asociaciones vecinales y asociaciones han paralizado un proyecto de mina abierta de cemento en un espacio natural, pero los despropósitos ambientales y culturales no cesan: fiestas musicales en Isla del Ciervo con cientos de barcos fondeados, carreras de motos de agua alrededor, acampadas ilegales y atropellos de fauna en Calblanque, estacionamientos masivos de caravanas en La Azohía, patrimonio derruido o en ruinas (Correos de Cabo de Palos, ermitas del monte Miral, monasterio de San Ginés de la Jara,…), estiércol para cultivos junto al litoral marmenorense, purines apestando el aire y talas de pinos en colinas como Cuatro Picos.

Aunque soy de Murcia, he vivido y trabajado en Cartagena más de una década. Al principio, como “capitalino” no entendía el desapego local cartagenero a la Región y hasta me ofendía ese sentimiento, con incluso cierto miedo. Pero a raíz de investigar con un proyecto escolar y profundizar en la contaminación del Mar Menor, fui abriendo los ojos y horrorizándome con los agravios y agresiones medioambientales continuadas por todo el Campo de Cartagena.


Si el medio ambiente importa poco en la Región de Murcia, en Cartagena se vende al mejor postor. Especulación y obtención de riqueza en el más breve plazo han traído desarraigo y abandono a núcleos que brillaron con luz propia como Cartagena, La Unión y Fuente Álamo.


Descontaminar nuestro territorio debería ser el objetivo principal y una urgencia para nuestra Comunidad Autónoma, así como vigilar el tipo de empresas y empresarios que se promueve con subvenciones. Sostenibilidad no es obtener premios para un stand modulable, “Sostenibilidad” es un objetivo humano y planetario enfocado en la población, la economía y el medio ambiente: riqueza para invertir localmente, empleos de calidad con estabilidad para 30-50 años en comunidades locales y permitir el estado inalterable y saludable de las masas de agua, tierra y aire sobre la que se implanten las empresas que vengan.


Las abuelas cartageneras ya no refrescan la sandía del postre enterrándola en la orilla del Mar Menor porque se lo han contaminado, los abuelos tampoco montan sus toldos porque no quedan caballitos que buscar con sus nietas.

Quién sabe si Cartagena será la cuna de una revolución pacífica que, como en 1789, acabe con el absolutismo reinante contra el medio ambiente y libere a la Región del yugo de la contaminación de acuíferos, del Mar Menor, del aire y de la tierra que debe alimentarnos.


Cartagena está harta de sacrificarse para obtener enfermedad y contaminación a cambio de nada. Por nadie pase.

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