He estado estos días leyendo el reciente ensayo de la escritora y psicoanalista murciana Lola López Mondéjar, “Sin relato” (Anagrama, 2024). “Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad” es el subtítulo elegido por la autora, con el que anticipa las tesis del libro.
Respaldada por un trabajo de años de dedicación a la práctica clínica y a la producción de conceptos con los que pensar los sufrimientos humanos, el ensayo de Lola López Mondéjar ha obtenido un reconocimiento unánime con la concesión del Premio Anagrama de Ensayo.
Resulta interesante señalar que hace casi 40 años (en 1985), otro gran pensador murciano, el filósofo Antonio Campillo, quedó también finalista del Premio Anagrama de Ensayo con “Adiós al progreso”, libro en que planteaba la crisis del gran relato de la modernidad basado en el progreso.
Décadas después, Lola López Mondéjar, a partir de su rica experiencia profesional en la práctica terapéutica del psicoanálisis, detecta la atrofia en la capacidad de relatar de los sujetos a causa de una individualidad “invertebrada”. El capitalismo digital, afirmará la autora de “Sin relato”, busca suplantar la diversidad del mundo interior particular con un yo conformista, acrítico, sin columna vertebral. Un empobrecimiento de la subjetividad.
Quizás fuera Frank Kafka, del cual ahora celebramos el centenario de su fallecimiento, quien primero adelantara la imagen del sujeto moderno como un individuo invertebrado. Kafka dejó una fecunda obra literaria en la que la sociedad moderna era pensada como un mundo de poderes burocráticos inaccesibles, ante el cual el individuo quedaba desprovisto de la capacidad para dar sentido a su experiencia.
En su extraordinario relato conocido como “La Metamorfosis”, que Kafka escribiera en 1915, narrará la transformación de Gregorio Samsa: «Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el cual casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrir hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación al grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto. ¿Qué me ha ocurrido”
Todos recordamos este impactante inicio. ¿Qué nos ha ocurrido? Lola López Mondéjar nos proponer sentar en el diván del psicoanalista a los Gregorio Samsa de la era digital. Para ello se subirá a hombros de gigantes, entre los cuales, cómo no, estarán los pensadores de la Escuela de Frankfurt, particularmente Walter Benjamin y Theodor W. Adorno. Ambos lectores de Kafka.
Para Walter Benjamín, trágico observador del avance de la barbarie fascista en la Alemania de su tiempo, la obra de Kafka posibilitaba seguir leyendo la historia con capacidad de verdad. Allí encontró la emergencia del individuo invertebrado.
Lola López Mondéjar reconoce en “Experiencia y pobreza,” un ensayo de Walter Benjamin escrito en 1934, el primer diagnóstico sobre la pérdida de la capacidad narrativa de los individuos ante el desarrollo técnico capitalista, especialmente intenso en los soldados que regresaban de las trincheras de la Gran Guerra de 1914: “regresaron del campo de batalla enmudecidos, sin poder contar la experiencia de haber sufrido el inmenso poder de las máquinas de guerra frente a su quebradizo cuerpo humano” (p. 37).
Los pensadores frankfurtianos, especialmente Theodor W. Adorno, se preguntaron por aquello que había impedido la realización de la libertad implícita en el proyecto de la Ilustración. Se trataba de hacer una fisionomía de la forma de vida capitalista y “alumbrar” las patologías del yo. En una sociedad en la que se generaliza el intercambio capitalista de mercancías se produce una deformación de la razón humana, reducida a calculo egoísta de los hechos explotables.
Esta “crítica alumbrante de la sociedad” es la senda que recorre la obra de Lola López Mondéjar. Seguir “alumbrando” las patologías sociales que, en la era digital, perturban el discurrir de la razón humana.
El capitalismo de las plataformas digitales es una maquinaria de negocio que se alimenta de los datos producidos por cada uno de nosotros en nuestras interacciones cotidianas: “nos ha transformado en objetos, en productores de datos” (p. 278). Este extractivismo, además, trata de modificar la vida interior de los individuos para succionarla con mayor provecho. Es un nuevo poder pastoral. De ahí su carácter patológico.
“Sin relato” funciona como un formidable artefacto de detección de las patologías del yo en el capitalismo digital: “presentismo, fragmentación, superficialidad, descenso del umbral de empatía, atrofia de la capacidad narrativa y fantasía de invulnerabilidad” (p. 167).
Lola López Mondéjar tiende a torcer la vara hacia lo que denomina una “mutación antropológica”, esto es, las patologías del yo “son síntomas que interrogan lo que tradicionalmente definíamos como humano” (p. 167).
No me resulta convincente esta lectura en términos de mutación antropológica. Tiendo a pensar que el “crimen no puede ser tan perfecto”, como diría Jorge Alemán, otro psicoanalista. Hasta en este capitalismo digital siguen planteándose de continuo contradicciones sociales, escisiones entre explotadores y explotados, que propician continuamente aperturas hacia lo político.
Por supuesto, las patologías contemporáneas relativas a la salud mental tienen una importante presencia en la obra, pues son un síntoma ilustrativo de la pérdida de la capacidad narrativa. Pero, a pesar de esta crisis de relatos, Lola López Mondéjar detecta el surgimiento de una nueva literatura, a la que dedica un interesantísimo capítulo, en la que “narrar el dolor se ha convertido en todo un género”.
Quizás, planteo como hipótesis, la reflexión que como sociedad estamos haciendo sobre la salud mental (a través de la literatura u otras artes o a través de los jóvenes que hablan sin complejos de los malestares que sienten) conduce a una apertura bien política: la emergencia de la cuestión mental como cuestión social. Cuando un proceso de estas características acontece, toda la sociedad se ve interpelada, pues se hace visible la existencia de un daño profundo en la urdimbre social.
La cuestión mental ha salido del armario de la clínica y se ha convertido en una cuestión social. Parafraseando al sociólogo francés Robert Castel, que es quien mejor definió en su día “la cuestión social” (es decir, la cuestión de las fracturas que violentan a una sociedad: desigualdades, pobreza, vulnerabilidad, etc.), podríamos definir la cuestión mental de nuestro tiempo como “una aporía fundamental en la cual una sociedad experimenta el enigma de su cohesión y trata de conjurar el riesgo de su fractura. Es un desafío que interroga, pone de nuevo en cuestión la capacidad de una sociedad para existir como un conjunto vinculado por relaciones de interdependencia”.
Por ello, considero que la cuestión mental se ha convertido en una nueva manera de hacer sociedad. Apunta a la necesidad de una nueva configuración del vínculo individuo-sociedad.
El desafío es desarrollar una política que construya cada vez más soportes sociales (en la escuela, en los barrios y pedanías, en el ocio, en el mercado laboral y de la vivienda, etc.) para rellenar el “vacío” sentido por muchos jóvenes (y no tan jóvenes) en cuanto “individuos por defecto” y “sin relato”, desde una perspectiva de respeto a los derechos y de reconocimiento del lugar social de ciudadano.
De esta forma, se abrirían posibilidades para que los jóvenes puedan integrarse como sujetos vertebrados y activos (“individuos por exceso”), participantes de un ideal democrático. Una salida social que, ante el actual contexto de crisis acumuladas, repliegue y desafección, se muestra más necesaria que nunca.
Por fortuna, están aconteciendo numerosas presentaciones del libro de Lola López Mondéjar en pueblos y ciudades donde encontrará seguro nuevos lectoras y lectoras. En Cartagena se presenta el próximo 11 de diciembre (19,00h, en el Museo del Teatro Romano). Quizás ahí podamos seguir la conversación.