Hace más de 7.000 años, un grupo humano que habitaba lo que hoy es la provincia de Granada pudo sufrir una muerte violenta. Después, algunos de sus cuerpos fueron despedazados, procesados y consumidos. Siglos más tarde, en otras cuevas de la misma provincia, volvieron a aparecer señales de canibalismo, aunque probablemente por razones muy distintas.
No se trató, por tanto, de un único episodio excepcional.
Una investigación internacional con participación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) concluye que el canibalismo estuvo presente de forma recurrente, aunque discontinua, entre las comunidades neolíticas del sur de la península ibérica.
El estudio, publicado en el Journal of Archaeological Science, ha vuelto sobre tres yacimientos clásicos de la arqueología granadina: las cuevas de Malalmuerzo, Carigüela y Majolicas.
Los científicos han revisado cerca de un millar de restos humanos que fueron excavados hace décadas. Las nuevas técnicas de datación y análisis permiten ahora reconstruir con mucha mayor precisión qué ocurrió con aquellos cuerpos y, sobre todo, cuándo.
La conclusión principal cambia la forma de mirar el fenómeno: no existió un único “canibalismo neolítico”. Detrás de huesos que presentan marcas parecidas pudieron esconderse comportamientos sociales muy diferentes: violencia entre grupos, tratamiento de enemigos, manipulación ritual de los muertos o prácticas funerarias cuyo significado exacto se ha perdido con el paso de los milenios.
Huesos cortados, fracturados, hervidos y mordidos
Los investigadores buscaron en los restos las huellas que permiten reconstruir lo ocurrido después de la muerte.
Examinaron los huesos al microscopio en busca de marcas de corte, golpes, fracturas realizadas cuando el hueso todavía estaba fresco y huellas de dientes humanos. También analizaron indicios compatibles con el hervido de algunos restos y con la extracción de la médula.
El estudio científico confirma que los conjuntos de las tres cuevas presentan evidencias tafonómicas compatibles con antropofagia: despiece de cadáveres, rotura deliberada de cráneos, extracción de médula, hervido y mordeduras humanas.
Pero las semejanzas terminan ahí. Cada cueva cuenta una historia diferente.
Malalmuerzo: un grupo que pudo ser asesinado y después consumido
La más inquietante aparece en la cueva de Malalmuerzo, en Moclín.
Las nuevas dataciones sitúan los restos estudiados aproximadamente entre 5300 y 4950 antes de Cristo, en el Neolítico antiguo.
Los científicos han encontrado traumatismos provocados por golpes en algunos cráneos y fracturas que apuntan a muertes violentas. Además, entre los restos aparecen individuos de diferentes edades.
Ese perfil lleva a los investigadores a plantear una hipótesis especialmente dura: podría tratarse de un episodio concentrado de violencia en el que buena parte de un grupo humano fue asesinado y posteriormente consumido.
Antonio Rodríguez-Hidalgo, investigador Ramón y Cajal del Instituto de Arqueología de Mérida, señala que la presencia de diferentes grupos de edad sería compatible con un acontecimiento en el que murieron todos o casi todos los integrantes de una comunidad.
Los científicos, sin embargo, mantienen la cautela. Las evidencias permiten hablar de violencia y canibalismo, pero reconstruir exactamente las circunstancias de un episodio sucedido hace más de siete milenios continúa siendo imposible.
Carigüela: canibalismo repetido y cráneos convertidos en recipientes
La cueva de Carigüela, en Píñar, ofrece una imagen diferente. Aquí no parece existir un único acontecimiento. Las dataciones indican que los cuerpos fueron manipulados en diferentes fases del Neolítico, lo que demuestra que este tipo de prácticas reapareció a lo largo del tiempo.
Entre los restos existe además uno de los hallazgos más llamativos del estudio: dos cráneos humanos modificados deliberadamente para fabricar lo que los arqueólogos denominan “cráneos copa”.
La parte superior del cráneo era trabajada hasta conseguir una especie de recipiente.
Este tipo de piezas se conoce también en otros yacimientos prehistóricos europeos y constituye una de las formas más extremas de manipulación del cuerpo humano después de la muerte.
Carigüela resulta especialmente importante porque demuestra que el canibalismo no puede explicarse en Granada como consecuencia de un único conflicto o acontecimiento extraordinario. La práctica apareció en momentos diferentes.
Majolicas: huesos teñidos de rojo y un posible significado ritual
El episodio más reciente de los tres estudiados procede de la cueva de Majolicas, en Alfacar, y se sitúa aproximadamente entre 3950 y 3760 antes de Cristo.
Aquí la interpretación vuelve a cambiar.
Los restos no presentan el mismo patrón de violencia observado en Malalmuerzo. Algunos huesos aparecen además teñidos de rojo, probablemente mediante cinabrio.
El cinabrio -un mineral del que se obtiene un pigmento rojo intenso- era un material escaso y cargado de simbolismo en diferentes sociedades prehistóricas y aparece relacionado con determinadas prácticas funerarias.
Los investigadores plantean por ello que en Majolicas el procesamiento de los cuerpos pudo tener una dimensión ritual o mortuoria, y no estar relacionado necesariamente con un episodio violento.
Es una diferencia fundamental: dos grupos humanos pueden dejar sobre los huesos señales aparentemente similares y, sin embargo, haber actuado por motivos completamente distintos.
No hay una única explicación para el canibalismo prehistórico
Esta es precisamente una de las principales aportaciones del trabajo.
Durante mucho tiempo, explica Rodríguez-Hidalgo, se tendió a agrupar bajo una misma etiqueta las evidencias arqueológicas de canibalismo. La nueva investigación obliga a ser mucho más prudentes.
Para comprender qué ocurrió no basta con encontrar un hueso cortado o fracturado. Hay que saber cuándo fue depositado, qué otros restos había a su alrededor, cómo fue manipulado el cadáver y qué sabemos de la comunidad que utilizó aquel lugar.
Solo combinando todas esas pistas es posible aproximarse a las razones que llevaron a determinadas sociedades prehistóricas a consumir o manipular los cuerpos de otros seres humanos.
Y esas razones pudieron ser muy distintas.
Granada encaja en un fenómeno observado en Europa
Los tres yacimientos tampoco constituyen una anomalía aislada.
El estudio sitúa los casos granadinos dentro de un fenómeno detectado en distintos lugares de la Europa neolítica. Las evidencias conocidas indican que el canibalismo no se practicó de manera constante, sino que aparece concentrado en determinados periodos y regiones.
Francesc Marginedas, investigador de la Universidad de Viena y uno de los autores del trabajo, explica que existe un patrón temporal similar a escala europea.
Los investigadores identifican concentraciones de evidencias antropofágicas a finales del sexto milenio antes de Cristo, hacia mediados del quinto milenio y nuevamente a finales del tercer milenio, ya en los inicios de la Edad del Bronce.
¿Por qué? La ciencia todavía no tiene una respuesta.
Palmira Saladié, investigadora del IPHES-CERCA y autora principal del estudio, advierte de que no puede afirmarse que todos estos episodios tengan una causa común. Sin embargo, su aparición discontinua a lo largo del Neolítico podría estar relacionada con cambios en la organización de las comunidades, conflictos entre grupos y diferentes formas de enfrentarse a la muerte y a la violencia.
Medio siglo después, los mismos huesos cuentan una historia nueva
La investigación encierra además otra historia: la de cómo cambia la ciencia.
Las cuevas de Malalmuerzo, Carigüela y Majolicas comenzaron a convertirse en referencias internacionales para estudiar el canibalismo prehistórico en la década de 1970 gracias, entre otros, al trabajo del antropólogo Miguel C. Botella, entonces responsable del Laboratorio de Arqueología Forense de la Universidad de Granada.
Más de medio siglo después, Botella, hoy catedrático emérito, figura también entre los autores del nuevo estudio.
Los huesos son los mismos. Lo que ha cambiado son las herramientas.
Las dataciones directas mediante radiocarbono, los nuevos procedimientos tafonómicos y los métodos estadísticos permiten obtener respuestas que hace cincuenta años simplemente no podían conseguirse.
Y esas respuestas dibujan ahora una imagen del Neolítico mucho más compleja: en las comunidades que vivieron en el sur de la península hace entre 6.000 y 7.000 años, consumir el cuerpo de otro ser humano no tuvo necesariamente un único significado. Pudo formar parte de la violencia, del ritual o de formas de relacionarse con los muertos que todavía estamos intentando comprender.