Superar los 1,5 grados: qué puede cambiar en nuestra vida y en el planeta

No significa que el mundo cambie de golpe al alcanzar esa cifra, pero sí que aumentan los riesgos: más calor extremo, problemas de salud, daños en cultivos y suministros de agua, pérdida de ecosistemas e inundaciones en zonas costeras

Un grado y medio puede parecer poca cosa. La diferencia entre una mañana de 20 grados y otra de 21,5 apenas merece una conversación.

Pero cuando hablamos de la temperatura media de todo el planeta, la historia cambia por completo.

Ese grado y medio modifica océanos, lluvias, sequías, cosechas, glaciares y ecosistemas. Aumenta la frecuencia y la intensidad de determinados fenómenos extremos y obliga a millones de personas a adaptarse a condiciones diferentes de aquellas en las que han vivido hasta ahora.

Y el mundo está a punto de entrar en esa nueva etapa.

El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, PNUMA, publicó el 2 de septiembre de 2026 el informe Limiting Overshoot, en el que considera ya ampliamente inevitable que el calentamiento global supere temporalmente los 1,5 ºC respecto a los niveles preindustriales.

En el escenario más favorable analizado, el calentamiento alcanzaría un máximo de alrededor de 1,8 ºC.

Otros escenarios superan los 2 ºC. La diferencia no es menor.

Porque, según Naciones Unidas, cada fracción adicional de grado y cada año que el planeta permanezca por encima de 1,5 ºC aumentarán los daños y los riesgos.

Pero ¿qué significa realmente superar los 1,5 grados?

No significa que el día anterior el mundo sea seguro y al siguiente deje de serlo. Los 1,5 grados no funcionan como un interruptor.

Son una referencia que permite medir cómo aumenta el riesgo a medida que se calienta el planeta.

Cuanto mayor sea la temperatura, más probable es que determinados fenómenos sean más intensos y que algunos sistemas naturales o humanos encuentren más dificultades para adaptarse.

El PNUMA habla expresamente de daños graves para la salud, la seguridad alimentaria, el suministro de agua, la naturaleza, las ciudades, las infraestructuras y las economías. Traducido a nuestra vida cotidiana, puede significar muchas cosas.

Más calor extremo y más riesgo para la salud

La primera es probablemente la más evidente. Más olas de calor y más intensas.

Naciones Unidas advierte de que los episodios extremos aumentan con cada fracción adicional de calentamiento. Para una persona sana, una ola de calor puede significar varias noches sin dormir bien o tener que modificar sus horarios. Para una persona mayor, alguien con una enfermedad cardiovascular, respiratoria o renal, o para quien trabaja durante horas al aire libre, puede convertirse en un riesgo mucho mayor.

El propio PNUMA señala que las olas de calor extremas ya están mostrando cómo los impactos climáticos pueden llegar más rápido, golpear con mayor fuerza y durar más tiempo.

Ese es uno de los motivos por los que hablar de 1,5 o 1,8 grados no consiste únicamente en hablar de clima. También es hablar de salud pública.

Lo que comemos también puede verse afectado

Otro de los riesgos que recoge expresamente Naciones Unidas es la seguridad alimentaria. Un cultivo necesita unas determinadas condiciones de temperatura y agua.

Si las temperaturas extremas coinciden con momentos críticos de crecimiento, si una sequía se prolonga o si una inundación destruye una cosecha, la producción puede resentirse.

No significa que por superar los 1,5 grados vayamos a quedarnos inmediatamente sin alimentos. Significa que aumentan los riesgos sobre los sistemas que los producen.

Y cuando esos impactos afectan simultáneamente a distintas regiones agrícolas, las consecuencias pueden acabar trasladándose a la disponibilidad de determinados productos y a sus precios.

El PNUMA incluye precisamente la seguridad alimentaria entre los ámbitos donde los daños se vuelven más graves a medida que aumenta el calentamiento.

También importa el agua que sale del grifo

El informe menciona otro elemento básico: el suministro de agua. Un clima más cálido altera el ciclo del agua. En algunas regiones puede aumentar el riesgo de sequía.

En otras, las precipitaciones pueden concentrarse en episodios mucho más intensos.

Eso crea una paradoja fácil de entender: puede llover muchísimo en poco tiempo y, aun así, existir problemas de disponibilidad de agua durante largos periodos.

Para las personas, esto puede traducirse en restricciones, mayor presión sobre embalses y acuíferos o dificultades para la agricultura.

Para los ecosistemas, significa también menos agua disponible en determinados momentos y cambios en ríos, humedales y suelos.

Una ciudad también sufre el calor

El calentamiento no afecta solo a campos, bosques u océanos. También afecta a las ciudades.

El PNUMA incluye entre los riesgos los daños sobre ciudades e infraestructuras. Pensemos en una gran ciudad durante una ola de calor. El asfalto y los edificios acumulan temperatura durante el día y la liberan lentamente por la noche. Si las noches dejan de refrescar, el organismo tiene más dificultades para recuperarse.

Aumenta también la demanda de electricidad para refrigeración. Y las infraestructuras están sometidas a condiciones para las que no siempre fueron diseñadas.

Lo mismo ocurre con lluvias extremadamente intensas. Una red de alcantarillado construida para unas determinadas precipitaciones puede verse desbordada si cae una enorme cantidad de agua en pocas horas.

La adaptación, por eso, no consiste únicamente en plantar árboles o instalar aire acondicionado. Implica también diseñar ciudades capaces de soportar unas condiciones climáticas diferentes.

El mar puede terminar entrando donde antes no llegaba

Naciones Unidas menciona expresamente el riesgo de inundación de pequeños Estados insulares y ciudades costeras situadas a baja altitud.

El problema no es solo una futura subida del nivel del mar medida en centímetros. Es lo que esos centímetros pueden significar durante una tormenta.

Cuando el mar parte de un nivel más alto, una marejada puede alcanzar zonas a las que antes no llegaba. Eso puede afectar a viviendas, carreteras, instalaciones portuarias y otros servicios.

Para algunos pequeños Estados insulares, la amenaza es todavía mayor porque buena parte de su territorio se encuentra apenas unos metros por encima del nivel del mar.

Hay ecosistemas que no pueden simplemente mudarse

El informe advierte también de la pérdida de ecosistemas. Aquí aparece una de las diferencias fundamentales entre las personas y muchas especies.

Una persona puede instalar aire acondicionado. Una empresa puede modificar horarios.

Una ciudad puede construir defensas. Un coral, un bosque o una especie que depende de unas condiciones muy concretas no dispone de esa capacidad.

Cuando la temperatura, las lluvias o la disponibilidad de agua cambian demasiado rápido, determinados ecosistemas pueden deteriorarse o desaparecer.

Y al perder un ecosistema no desaparecen únicamente determinadas plantas o animales. También pueden perderse funciones de las que dependemos. Bosques que almacenan carbono. Humedales que retienen agua. Arrecifes que protegen costas. Ecosistemas marinos que sirven de refugio y alimento a especies pesqueras.

Por eso el PNUMA habla no solo de proteger a las personas, sino también de proteger la naturaleza.

El peligro de los cambios que ya no pueden deshacerse

Hay otro concepto todavía más preocupante: los puntos de inflexión.

Naciones Unidas advierte de que cuanto mayor sea la temperatura y más tiempo permanezca elevada, mayor será la posibilidad de atravesar determinados límites tras los cuales algunos cambios pueden resultar muy difíciles o imposibles de revertir.

El informe pone tres ejemplos especialmente importantes. La desestabilización de grandes capas de hielo. La degradación de la selva amazónica.

Y posibles alteraciones en la Circulación de Vuelco Meridional del Atlántico, conocida como AMOC, el gran sistema de corrientes oceánicas que transporta aguas cálidas hacia el norte y aguas frías hacia el sur y desempeña un papel fundamental en la regulación del clima.

No significa que superar los 1,5 grados vaya a provocar automáticamente cualquiera de estos procesos.

Lo que dice el informe es que la probabilidad aumenta cuanto mayor y más prolongado sea el calentamiento.

Y aunque la temperatura vuelva a bajar, algunos daños permanecerán

Esta es probablemente una de las conclusiones más duras del documento.

El PNUMA sostiene que, incluso si en el futuro conseguimos volver a situar el calentamiento por debajo de 1,5 ºC, algunas pérdidas y transformaciones serán irreversibles.

Una especie extinguida no regresa porque la temperatura baje. Una vivienda perdida por la subida del mar no reaparece. Un ecosistema destruido puede necesitar décadas o siglos para recuperarse, si es que logra hacerlo.

El informe advierte incluso de que algunas comunidades podrían tener que trasladarse o cambiar sus formas de vida.

Es una de las razones por las que Naciones Unidas insiste tanto en reducir no solo el máximo de calentamiento, sino también el tiempo que el planeta permanezca por encima de 1,5 grados.

¿Significa esto que el objetivo de París está perdido?

No exactamente. El informe introduce un concepto importante: el sobrepaso.

La idea es que la temperatura podría superar temporalmente los 1,5 grados, alcanzar un máximo y después volver a descender.

Por eso el PNUMA habla de una trayectoria de “sobrepaso, punto máximo y descenso”.

El mejor escenario que analiza el informe llevaría el calentamiento hasta alrededor de 1,8 grados antes de comenzar a bajar.

Para lograrlo serían necesarias reducciones rápidas y sostenidas de las emisiones de gases de efecto invernadero y, posteriormente, retirar de la atmósfera más dióxido de carbono del que se emite.

Pero Naciones Unidas deja claro que esa eliminación futura de CO₂ no puede utilizarse como excusa para retrasar la reducción de emisiones ahora.

Cuanto antes se actúe, menos habrá que soportar

Una de las ideas más importantes del informe es precisamente que superar los 1,5 grados no convierte la lucha contra el cambio climático en inútil.

No existe un punto a partir del cual dé exactamente igual lo que hagamos. La diferencia entre 1,6 y 1,8 grados importa. La diferencia entre 1,8 y 2 grados importa.

Y la diferencia entre permanecer cinco años por encima de determinado nivel o hacerlo durante varias décadas también importa. Cada décima de grado evitada reduce riesgos. Ese es probablemente el mensaje más sencillo e importante del documento.

Y ahora entra en escena El Niño

A la tendencia de calentamiento provocada por los gases de efecto invernadero se suma ahora un fenómeno natural especialmente intenso.

La Organización Meteorológica Mundial confirmó el 3 de septiembre de 2026 que el actual episodio de El Niño se ha consolidado y seguirá fortaleciéndose durante los próximos meses.

La probabilidad de que continúe hasta febrero de 2027 es cercana al 100 %.

La OMM prevé además que alcance una intensidad muy fuerte antes de tocar techo hacia finales de 2026.

Un enorme depósito de calor en el Pacífico

El Niño comienza en el Pacífico tropical. Las aguas superficiales de la zona central y oriental del océano están actualmente mucho más calientes de lo habitual.

El índice Niño 3.4 registró una anomalía media de 1,5 ºC entre mayo y julio de 2026. En julio llegó a 2 ºC.

Y entre finales de julio y mediados de agosto los valores semanales oscilaron aproximadamente entre 2,2 y 2,6 ºC por encima de la media. Pero debajo de la superficie el fenómeno es todavía más llamativo.

En algunas zonas, durante julio y principios de agosto, el agua estaba más de 8 ºC por encima de lo normal.

Toda esa energía acumulada en el océano influye después sobre la atmósfera.

¿Qué puede provocar un El Niño tan fuerte?

La OMM señala tres grandes riesgos: inundaciones, sequías y calor extremo.

Pero no ocurrirán igual en todo el planeta. El Niño modifica los patrones de circulación atmosférica.

En algunas regiones puede favorecer lluvias muy abundantes. En otras puede reducirlas. Y en muchas zonas puede contribuir a temperaturas superiores a lo normal.

Para una familia, esto puede significar una inundación que entra en su vivienda. Para un agricultor, una temporada sin suficiente lluvia. Para una ciudad, semanas de temperaturas excepcionalmente altas. Para un sistema eléctrico, picos de demanda por refrigeración. Para un país dependiente de determinadas cosechas, problemas de producción.

La OMM insiste, sin embargo, en que un El Niño muy fuerte no determina por sí solo qué ocurrirá en cada lugar.

Sus efectos dependen de la región, del momento del año y de la interacción con otros fenómenos oceánicos y atmosféricos.

Casi todo el planeta terrestre puede estar más caliente de lo normal

Para el periodo comprendido entre septiembre y noviembre de 2026, los modelos de la OMM muestran una mayor probabilidad de temperaturas superiores a lo normal en prácticamente todas las zonas terrestres del planeta.

El Niño, además, no actúa sobre un planeta con una temperatura estable.

Actúa sobre un mundo que ya se ha calentado debido al aumento de gases de efecto invernadero.

El Niño no provoca el cambio climático

Conviene separar ambos fenómenos. El Niño es natural. Ha ocurrido durante siglos y seguirá ocurriendo.

El cambio climático actual, en cambio, está asociado al aumento sostenido de gases de efecto invernadero producido principalmente por las actividades humanas.

Pero pueden superponerse. Es como colocar una oscilación natural sobre una escalera que cada vez está más alta. El Niño puede elevar temporalmente las temperaturas. El cambio climático ha elevado el punto de partida.

Por eso un episodio natural intenso puede producirse ahora en un planeta más caliente que hace varias décadas.

El problema no es solo 1,5

La cifra de 1,5 grados se ha convertido en un símbolo. Pero el mensaje del nuevo informe de Naciones Unidas va bastante más allá.

El problema no consiste simplemente en cruzar una línea. Consiste en cuánto seguimos calentando el planeta después. Cuánto tiempo permanecemos en esas temperaturas. Y cuántos daños se acumulan mientras tanto.

Porque detrás de cada décima adicional no hay únicamente un termómetro. Hay personas mayores soportando olas de calor. Agricultores pendientes de la lluvia. Ciudades intentando protegerse de inundaciones. Familias que necesitan agua. Ecosistemas que no pueden desplazarse. Y comunidades costeras que observan cómo el mar gana terreno.

El PNUMA reconoce que probablemente ya no podamos evitar superar temporalmente los 1,5 grados. Pero sostiene también que todavía podemos decidir hasta dónde llega ese sobrepaso.

La diferencia entre un mundo que alcance 1,8 grados y otro que supere ampliamente los 2 no es una cuestión académica. Es una diferencia que se medirá en vidas, alimentos, agua, ecosistemas, viviendas y dinero. El termómetro puede hablar en décimas.Las consecuencias no.

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