Dos personas pueden tener 50 años y, sin embargo, sus organismos no haber envejecido al mismo ritmo.
La fecha de nacimiento nos dice cuánto tiempo llevamos vivos, pero no necesariamente cómo ha envejecido nuestro cuerpo. Y una gran revisión científica apunta ahora a que las condiciones sociales y económicas en las que vivimos pueden estar relacionadas con esa diferencia.
Investigadores del Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano, en Alemania, y de la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, han analizado 140 estudios con 65.919 participantes de 23 países para estudiar la relación entre la situación socioeconómica y el llamado envejecimiento biológico.
La conclusión es clara, aunque debe interpretarse con prudencia: las personas con una situación socioeconómica más desfavorable tienden a mostrar una mayor edad biológica y un ritmo de envejecimiento más rápido que quienes se encuentran en una posición más acomodada.
El trabajo, publicado en Nature Human Behaviour, reúne 1.065 resultados procedentes de 79 cohortes diferentes y participantes con edades comprendidas entre el nacimiento y los 86 años.
Un reloj que no está en la muñeca
¿Cómo se puede saber si alguien está envejeciendo biológicamente más deprisa?
Los científicos utilizan, entre otras herramientas, los llamados relojes epigenéticos. No son relojes en el sentido convencional ni permiten decir de forma sencilla que una persona de 50 años «tiene un cuerpo de 60».
Estos sistemas estudian determinadas modificaciones químicas del ADN, principalmente patrones de metilación, que cambian a lo largo de nuestra vida. A partir de ellas, los investigadores pueden obtener información sobre el envejecimiento del organismo.
Durante los últimos años se han desarrollado distintas generaciones de estos relojes.
Los primeros estaban diseñados fundamentalmente para estimar la edad cronológica. Los posteriores incorporaron información relacionada con el riesgo de mortalidad y con el ritmo al que envejecen diferentes sistemas del organismo.
Y esa diferencia resulta importante.
El metaanálisis encontró que la relación entre situación socioeconómica y envejecimiento era muy pequeña en los relojes de primera generación, pero considerablemente más consistente en los de segunda y tercera generación.
Es precisamente una de las principales aportaciones del estudio.
Durante años, algunas investigaciones no encontraban una relación clara entre desigualdad social y envejecimiento epigenético. Los autores sostienen que parte de esas diferencias puede explicarse por las herramientas utilizadas para medirlo.
Los relojes más nuevos parecen captar mejor esas desigualdades.
La infancia también cuenta
Uno de los resultados más interesantes aparece cuando los investigadores miran hacia atrás.
El equipo analizó estudios en los que se conocía la situación socioeconómica que habían tenido los participantes durante su infancia y se medía su envejecimiento biológico cuando ya eran adultos.
En total se estudiaron 173 resultados procedentes de seis países.
Las personas que habían crecido en familias con una situación socioeconómica más baja tendían, ya en la edad adulta, a mostrar una mayor edad biológica y un ritmo de envejecimiento más rápido que quienes habían crecido en hogares más favorecidos.
La investigación no permite afirmar que una infancia con menos recursos determine inexorablemente cómo envejecerá una persona. Tampoco establece que exista una relación directa de causa y efecto.
Pero sí muestra que las diferencias sociales de los primeros años de vida aparecen asociadas décadas después con marcadores biológicos relacionados con el envejecimiento.
La desigualdad se observa también durante la edad adulta
El patrón se repite cuando los investigadores analizan la situación económica y social presente de los adultos.
En esta parte del metaanálisis reunieron 622 resultados, correspondientes principalmente a estudios realizados en Estados Unidos y Reino Unido.
De nuevo, los adultos situados en los niveles socioeconómicos más bajos tendían a presentar un envejecimiento biológico más acelerado que aquellos con un nivel socioeconómico superior.
Y, una vez más, la relación aparecía con mayor claridad cuando se utilizaban los relojes epigenéticos de última generación.
Para establecer la posición socioeconómica, los trabajos analizados utilizaron distintos indicadores, entre ellos el nivel educativo, los ingresos y la ocupación. No todos los estudios midieron la desigualdad de la misma forma, algo que los autores tuvieron en cuenta al realizar el análisis conjunto.
¿Qué tiene que ver la posición social con nuestras células?
El estudio no ofrece una única explicación ni identifica un mecanismo concreto que permita establecer por qué aparece esta asociación.
Su objetivo era otro: comprobar si, al analizar conjuntamente la evidencia científica disponible, existía una relación consistente entre los determinantes sociales de la salud y los relojes biológicos.
Los investigadores parten de que la situación socioeconómica condiciona numerosos aspectos relacionados con la salud, desde el acceso a recursos hasta la exposición a determinados riesgos ambientales o al estrés crónico.
Pero el metaanálisis no permite separar cuánto corresponde a cada uno de esos factores ni demostrar cuál provoca directamente el envejecimiento observado.
Por eso resulta importante no convertir el resultado en una afirmación más rotunda de lo que permiten los datos: el estudio no demuestra que ser pobre «envejezca» inevitablemente a una persona.
Lo que encuentra es que, al reunir decenas de investigaciones realizadas durante años, una peor posición socioeconómica aparece repetidamente asociada a señales de envejecimiento biológico más rápido.
Una fotografía todavía muy occidental
El estudio tiene además limitaciones importantes.
Aunque reúne datos de 23 países, más de la mitad de las cohortes analizadas -el 52 %- procedían de Estados Unidos y otro 9 % de Reino Unido.
Además, el 57 % de las cohortes estaban formadas mayoritariamente por participantes blancos.
Los propios investigadores reconocen que existe una sobrerrepresentación de países de renta alta, lo que obliga a ser prudentes antes de trasladar los resultados al conjunto de la población mundial.
Aun así, para comprobar si sus conclusiones seguían vigentes, los autores realizaron después una búsqueda de investigaciones más recientes, publicadas entre febrero de 2024 y septiembre de 2025.
Encontraron otros 33 estudios que cumplían los requisitos.
Sus resultados siguieron, en términos generales, el mismo patrón: los relojes epigenéticos más modernos mostraban de manera más consistente la relación entre una peor situación socioeconómica y un envejecimiento más rápido.
Tener los mismos años no significa haber envejecido igual
La investigación aporta así una nueva pieza a una pregunta mucho más amplia: por qué algunas personas llegan a determinadas edades en mejores condiciones que otras.
Los autores no sostienen que los genes o las circunstancias sociales escriban un destino irreversible. Tampoco que exista un único marcador capaz de resumir toda la complejidad del envejecimiento humano.
Pero sus resultados respaldan la idea de que las diferencias sociales no se quedan necesariamente fuera del organismo.
La educación, los ingresos o la ocupación son datos que solemos colocar en estadísticas económicas y sociales.
Esta investigación sugiere que sus efectos también pueden aparecer reflejados en marcadores biológicos. Porque podemos cumplir los años al mismo ritmo. Otra cosa muy distinta es cómo los envejece nuestro cuerpo.