Trump ha celebrado su 80 cumpleaños y el 250 aniversario de la independencia de EEUU con un espectáculo de lucha en el que Topuria, georgiano nacionalizado español, fue machacado frente a las cámaras por el estadounidense Justin Gaethje.
Una victoria televisivamente metafórica en plan America First. Sangre, sudor, esteroides y testosterona corriendo a raudales por las pantallas, convirtiéndose en síntoma y modelo de nuestra época, extendiendo una forma incivilizada de entender la vida. El cumpleaños del tirano naranja ha sido un auténtico y genuino programa electoral: los hombres de verdad deben luchar hasta la extenuación o la muerte.
Sangre y testosterona, los dos elementos que gobiernan el mundo ahora mismo, un mundo que ya no resuelve sus problemas con la diplomacia sino con la guerra. Un mundo en el que el genocidio de Gaza ha dejado de importar (si es que alguna vez lo hizo), en el que el estado genocida de Israel puede participar en Eurovisión y en eventos deportivos internacionales sin que el resto de los países participantes llegue a pestañear ante la incongruencia criminal.
La glorificación de la violencia y el desprecio por la vida humana que propicia la política internacional de Trump están bien representados en el ring. Se creen valientes, machos auténticos. La bondad les parece una debilidad intolerable. Esta complacencia en la lucha y en la sangre educa a la población en la barbarie. A un tipo que está disfrutando mientras a otro le destrozan la cara a golpes dile que la diplomacia es la vía para que podamos entendernos entre naciones que verás dónde te manda. Es lo correcto puesto que el POTUS (President of the United States) lo ha validado. La masculinidad dominante que se expresa así, a golpes, sin piedad, sin respeto por el adversario, convierte a la guerra no solo en un medio y sino también en un fin.
Este sentimiento ha sido promovido y explotado en beneficio propio por Trump y su administración, especialmente en este segundo mandato. Antes de este periodo, esa base ultra en lo religioso y en lo político que son los votantes MAGA acérrimos aún sentían cierto escrúpulo quizás no a pensar como pensaban (y piensan) pero sí a decirlo en público. Y esto es así porque había en el Zeitgeist de la época un consenso cierto sobre la pertinencia de los derechos humanos a nivel global y sobre la necesidad de la bondad y el respeto a nivel local y familiar. Ahora todo ese consenso ha volado por los aires y quienes defendemos la democracia y todos sus valores estamos en franca minoría frente a quienes nos quieren imponer la barbarie y la ley del más fuerte como forma de vida. Los buenos sentimientos que son los que garantizan una convivencia en paz están siendo acorralados.
Trump ha aglutinado todo ese anhelo de barbarie, los medios de comunicación y las redes sociales, liderados por hombres ultrarricos, blancos, heterosexuales, enfadados contra un paradigma que propugnaba la igualdad, la justicia social, los derechos humanos y el sentido común han logrado convencer a una gran masa de la población y llevársela a lo cavernario.
Ese paradigma de mundo distópico representado por una sesión de lucha libre en la sede de gobierno del líder mundial es un ejemplo planetario. Sin tapujos, sin complejos ya, han abierto las puertas a los peores sentimientos que se pueden albergar y los han hecho valer como modelo a seguir, espejo del mundo.
Esos malos sentimientos se extienden a lo largo y ancho del planeta, legitiman la discriminación por razón de sexo, raza, religión y origen. Amparado por este nuevo-viejo y terrible paradigma un diputado de Vox en Murcia ha dicho que, de todas las maldades del comunismo, la peor fue sacar la homosexualidad del listado de trastornos mentales y meterla en el catálogo de derechos humanos, que a quién se le ocurre, un derecho humano poder amar a quien tú quieras, hasta ahí podíamos llegar.
Para ellos la homosexualidad era, es y deberá seguir siendo para siempre una enfermedad, un pecado y un vicio, una expresión del amor y de la sexualidad que debe ser reprimida o en caso contrario llevada al psiquiátrico o a la cárcel.
Es este mundo horrendo el que nos está trayendo la ultraderecha, un mundo en el que puedes escuchar algo así en un parlamento sin que pase nada. Un mundo en que la sede de gobierno de un líder mundial se ha convertido en un circo romano con gladiadores y masas de gente rugiendo. Esos son sus valores, esa es su aportación. Y a eso llaman freedom.