El Mar Menor cerró el primer trimestre de 2026 con una mezcla de alivio y preocupación. Alivio, porque la laguna no sufrió durante esos meses un episodio crítico de falta de oxígeno ni un deterioro sostenido de la calidad del agua. Preocupación, porque el último informe del Instituto Español de Oceanografía, integrado en el CSIC, señala un cambio de gran relevancia ecológica: la mancha blanca ha aumentado de forma notable y ha pasado de una extensión estimada de 11 kilómetros cuadrados en el periodo 2022-2025 a ocupar una superficie que ha llegado a superar los 50 kilómetros cuadrados.
El informe, elaborado dentro del proyecto BELICH, analiza los resultados del sistema de monitorización oceanográfica del Mar Menor entre el 1 de enero y el 31 de marzo de 2026. Se trata de un seguimiento científico iniciado tras el episodio de “sopa verde” de 2016 y que, desde 2023, se integra en el Marco de Actuaciones Prioritarias para la Recuperación del Mar Menor. El objetivo del documento es actualizar los datos generados por un sistema que permite observar la laguna en continuo y casi en tiempo real.
La principal conclusión del IEO-CSIC es que el primer trimestre estuvo condicionado por la inestabilidad meteorológica. Las lluvias frecuentes y los episodios de viento influyeron en varias variables clave: bajó la salinidad, subieron la clorofila y la turbidez en determinados momentos y se produjeron alteraciones de la calidad del agua. Sin embargo, el informe subraya que esos cambios no afectaron de forma significativa al funcionamiento general del ecosistema, porque los niveles de oxígeno y la luz disponible en el fondo se mantuvieron en condiciones favorables.
La señal más delicada está en la mancha blanca. El informe la describe como un fenómeno de whiting, asociado a la precipitación de carbonato cálcico, que genera una elevada turbidez. Desde abril de 2023 existe una estación específica de muestreo en la zona donde se observa esta masa de agua blanquecina, situada en el centro-oeste de la laguna. El propio documento recoge que estudios recientes sugieren una posible vinculación con descargas subterráneas ricas en bicarbonatos, capaces de favorecer la sobresaturación y posterior precipitación de carbonatos.
El salto de 11 a más de 50 kilómetros cuadrados no es un dato menor. El IEO-CSIC señala que la dinámica de la mancha blanca está estrechamente vinculada a la interacción entre la laguna y el acuífero, aunque advierte de que los factores que explican sus cambios de extensión no están claros. A largo plazo, su evolución parece correlacionarse con una respuesta lenta del acuífero; a corto plazo, la expansión reciente se relaciona más con una respuesta rápida, aunque el informe admite que podrían intervenir otros factores.
La preocupación científica ha llevado a reconstituir un equipo multidisciplinar con expertos que trabajan tanto en la laguna como en la cuenca vertiente, en ámbitos como la hidrogeología, la oceanografía, la ecología, la microbiología y la biogeoquímica. El informe es claro: conocer los mecanismos que determinan la dinámica y evolución de la mancha blanca es ahora clave para identificar su origen y establecer medidas de mitigación.
Junto a ese fenómeno, el documento recoge otros indicadores importantes. La temperatura del agua fue más baja de lo habitual para un invierno reciente. El primer trimestre de 2026 registró una media de 12,8 grados en superficie y 12,7 grados en el fondo, la más baja para esta época desde que comenzó el seguimiento in situ continuado en la laguna. El informe lo relaciona con las precipitaciones frecuentes y la inestabilidad meteorológica.
La salinidad mantuvo la tendencia descendente observada desde finales de 2025. Durante el primer trimestre se situó en 40,9 en superficie y 41 en el fondo, por debajo de los valores registrados en la misma época de 2025 y 2024. Las lluvias provocaron fluctuaciones transitorias, con valores inferiores a 39 sobre todo en las capas superficiales. Aun así, el informe indica que no se observó una estratificación halina persistente en el conjunto de la laguna, salvo diferencias puntuales y transitorias.
La clorofila-a, indicador de biomasa fitoplanctónica, también mostró un comportamiento llamativo. La concentración media del trimestre fue de 2,4 miligramos por metro cúbico, casi el doble de la mediana de la serie desde 2016. En febrero se registró una mayor variabilidad, con valores que superaron con frecuencia los 4 miligramos por metro cúbico y un máximo puntual de 9,2 el 14 de febrero, coincidiendo con fuertes vientos de componente noroeste. El IEO-CSIC apunta a dos posibles causas: los aportes asociados a las precipitaciones y la resuspensión de sedimentos del fondo por el viento.
El informe también detecta patrones locales de clorofila que no afectan a toda la laguna. Las imágenes satelitales muestran una franja de hasta 1.000 metros de ancho frente al litoral noroeste, desde Santiago de la Ribera hasta Los Alcázares, con altas concentraciones de clorofila. El documento la relaciona probablemente con un frente de descarga de aguas continentales subterráneas ricas en nutrientes, principalmente nitratos, y con aportes puntuales de pluviales. También señala que en la zona de la mancha blanca las concentraciones de clorofila son de forma consistente más elevadas que en el resto de la laguna.
La turbidez volvió a aumentar durante parte del trimestre. El IEO-CSIC recuerda que en 2025 ya se había producido un deterioro claro de la transparencia del agua, con una reducción de la luz disponible en el fondo. En los primeros meses de 2026, el coeficiente de atenuación de la luz volvió a crecer hasta mediados de marzo, con valores medios de 0,55 m⁻¹, propios de aguas turbias.
Pese a esa turbidez, el oxígeno ofreció una de las conclusiones más favorables del informe. A diferencia de lo ocurrido en octubre de 2025, las precipitaciones del inicio de 2026 no provocaron desviaciones notables en los niveles de oxígeno. La concentración media fue de 8,5 miligramos por litro, superior a la mediana de la serie temporal, situada en 7,17 mg/l, y similar a la media de décadas anteriores citada por el informe.
Retroceso en 2025
El informe mira a 2025 como el año que volvió a torcer algunos de los avances observados en la laguna. Después de que en 2024 la salinidad se hubiera recuperado hasta valores próximos a los considerados normales antes del colapso de 2016, las lluvias de marzo de 2025 rompieron esa tendencia. Y el golpe definitivo llegó en otoño, con la DANA Alice: la entrada masiva de agua dulce volvió a empujar la salinidad por debajo de lo habitual para esa época del año. Esa inercia no se detuvo con el cambio de calendario y continuó durante el primer trimestre de 2026.
Pero 2025 no solo dejó huella en la salinidad. El IEO-CSIC constata también un deterioro claro de la transparencia del agua. La laguna fue perdiendo luz en el fondo conforme avanzaba el año, hasta alcanzar en el último trimestre niveles limitantes para los productores bentónicos, es decir, para los organismos que viven fijados o asociados al fondo y dependen de esa luz para desarrollarse.
El oxígeno fue otro de los indicadores más sensibles. El informe recuerda que la ola de calor del verano de 2025 y la DANA Alice alteraron de forma importante la columna de agua, hasta alcanzar condiciones de anoxia en la zona sur. Dicho de otro modo: hubo áreas en las que el oxígeno llegó a desaparecer. Después, la laguna inició una recuperación progresiva hasta volver a niveles elevados y estables propios del invierno.
Así, 2025 aparece en el informe como un año bisagra: no fue el punto de partida de los problemas del Mar Menor, pero sí un ejercicio en el que varios indicadores volvieron a mostrar la fragilidad del sistema. La salinidad bajó, la transparencia empeoró, la luz en el fondo se redujo y el oxígeno llegó a niveles críticos en la zona sur. Esa es la herencia inmediata con la que la laguna entró en 2026.
El resultado final es una laguna que, según el IEO-CSIC, mostró capacidad de recuperación tras las perturbaciones meteorológicas. Una vez cesaron los episodios de lluvia y viento, los parámetros tendieron a volver a valores más bajos o basales: la clorofila se estabilizó en marzo en torno a 0,73 mg/m³, más propia de la época, aunque volvió a repuntar ligeramente al final del mes.
La lectura del informe no permite hablar de normalidad plena. Tampoco de colapso. Lo que dibuja el IEO-CSIC es un ecosistema vulnerable, sometido a cambios rápidos por la meteorología, los aportes continentales, el viento, la relación con el acuífero y los procesos internos de la laguna. El Mar Menor terminó marzo con aguas mejor oxigenadas y con capacidad de respuesta, pero arrastra señales que no se pueden minimizar: una salinidad por debajo de los valores de años anteriores, episodios de turbidez, clorofila elevada durante parte del trimestre y, sobre todo, una mancha blanca en expansión.
La conclusión más relevante es precisamente esa: el Mar Menor respiró durante el primer trimestre de 2026, pero no está fuera de peligro. El sistema de monitorización permite ver con mucha más precisión lo que ocurre en la laguna. Y lo que muestra ahora es un ecosistema que aguanta, pero sigue sometido a presiones complejas. La mancha blanca, por su extensión y por las incertidumbres que aún rodean su origen, aparece en el informe como el fenómeno que exige más atención científica y más capacidad de respuesta pública.
El IEO-CSIC recuerda que, en su estado actual, el ecosistema marino del Mar Menor es “mucho más vulnerable” tanto a los impactos antropogénicos locales como a los efectos asociados al cambio climático, entre ellos el calentamiento global.