Las jóvenes del Patronato: la red de reformatorios franquistas que encerró a miles de chicas “rebeldes”

España reconocerá por primera vez a mujeres internadas en los reformatorios del Patronato de Protección a la Mujer. Supervivientes como Consuelo García del Cid y Paca Blanco denuncian décadas de represión, silencio y explotación

Durante décadas casi nadie habló de ello. No aparecía en los libros de historia ni formaba parte del relato público de la transición española. Sin embargo, miles de adolescentes pasaron por una red de reformatorios creados por el Estado para controlar la moral femenina.

Aquella institución se llamaba Patronato de Protección a la Mujer. Fue creada en 1941 durante la dictadura de Francisco Franco y no desapareció hasta 1985, ya en democracia.

Durante más de cuatro décadas sirvió para encerrar a jóvenes consideradas “en riesgo moral”. En la práctica, bastaba con no encajar en el modelo de mujer que promovía el régimen. Muchas de ellas no habían cometido ningún delito.

Podían acabar internadas por decisión de sus propias familias, por denuncia de un sacerdote, por orden de autoridades locales o tras la intervención de asistentes sociales. El concepto de “riesgo moral” era tan amplio que incluía desde tener novio hasta llevar minifalda, escuchar música moderna o simplemente mostrar un carácter rebelde.

Ahora, el Estado español va a reconocer oficialmente por primera vez a algunas de aquellas mujeres como víctimas del franquismo.

El Gobierno entregará el próximo 20 de marzo declaraciones de reparación a medio centenar de supervivientes.

Entre quienes han dedicado años a contar lo ocurrido en aquellos centros están la escritora Consuelo García del Cid Guerra y la activista social Paca Blanco Díaz, las dos internadas siendo adolescentes.

Consuelo García del Cid: sedada y trasladada sin saberlo

Consuelo García del Cid nació en Barcelona en 1958 en el seno de una familia de clase media y profundamente conservadora. Siendo adolescente comenzó a interesarse por la política y a participar en movilizaciones contra la dictadura.

Ese comportamiento, unido al temor de su familia a que su hija se desviara del modelo social dominante, acabó provocando su internamiento en el Patronato.

Según ha relatado la propia García del Cid, el ingreso se produjo mediante un engaño. Un médico de confianza de la familia acudió a su casa durante la noche con el pretexto de administrarle una vacuna contra la gripe. En realidad, le inyectó un sedante. La joven fue trasladada inconsciente desde Barcelona hasta Madrid.

Cuando despertó, estaba encerrada en un reformatorio. Tenía 16 años. El centro era el de las Adoratrices, situado en la calle Padre Damián. “Era peor que una cárcel, porque no teníamos derechos”.

Según su testimonio, la vida dentro del reformatorio estaba marcada por el control absoluto. “Era un adoctrinamiento religioso constante, un maltrato psicológico para despersonalizarnos y que no tuviéramos identidad propia”.

Las internas vivían en pabellones de unas veinte jóvenes llamados “hogares”. Hablar entre ellas estaba prohibido. “Nos explotaban laboralmente en talleres de trabajo”.

La presión psicológica era constante. “Era horrible, espantoso. Lo primero que deseabas era matarte, quitarte la vida”.

Consuelo García del Cid, que el pasado 26 de febrero compareció ante la comisión de igualdad del Congreso de los Diputados, recuerda que algunas sanciones se aplicaban especialmente a las niñas más pequeñas.

Según su testimonio, a quienes se orinaban en la cama se les llegaban a colocar ortigas en la vulva como forma de castigo. También describe otra práctica humillante que consistía en obligarlas a lamer el suelo trazando cruces con la lengua, a veces durante horas.

Hacían que niñas pequeñas hicieran hasta 150 cruces en el suelo con la lengua hasta que se quedaba negra y no se la dejaban lavar”, ha denunciado la escritora.

Estos relatos forman parte de los testimonios que varias supervivientes han dado en los últimos años para explicar las condiciones de vida en algunos centros vinculados al Patronato de Protección a la Mujer. Según explican, el objetivo de ese sistema disciplinario era someter a las internas mediante el miedo, la humillación y el control constante.

Para soportar aquella situación, García del Cid se prometió que algún día contaría lo que sucedía dentro de aquellos centros.

Décadas después cumplió esa promesa. Ha publicado varios libros sobre el Patronato, entre ellos «Las desterradas hijas de Eva«, «Las insurrectas del Patronato«, «La niña del rincón» o «Ruega por nosotras«.

Un sistema diseñado para que no se supiera nada

Según Consuelo García del Cid, el Patronato estaba organizado para impedir que las familias conocieran lo que realmente ocurría dentro de los centros.

Las cartas eran censuradas. Las llamadas telefónicas estaban vigiladas. Las visitas familiares se realizaban siempre en presencia de una monja. “Estaba todo montado para que tú no pudieras contar la verdad de lo que sucedía”.

Por eso, explica, muchas familias creían que sus hijas estaban simplemente en un internado disciplinario. “Las primeras engañadas fueron las familias”.

Los castigos podían incluir celdas de aislamiento, privación de comida, horas de rodillas rezando o lavados con agua helada. Las internas también relatan humillaciones públicas y prohibiciones estrictas de hablar entre ellas.

En muchos casos, las adolescentes eran internadas sin proceso judicial y permanecían meses o años sometidas a un régimen disciplinario que las propias supervivientes describen como carcelario.

Las guardianas de la moral

Según su relato, las llamadas “guardianas de la moral” vigilaban espacios públicos como bailes, cines, piscinas o bares en busca de adolescentes cuyo comportamiento consideraran inapropiado.

Bastaba con que una joven fumara, se besara con un chico en un cine o bailara “agarrado” para que llamaran a la policía. La chica podía ser detenida y trasladada al Centro de Observación y Clasificación (COC), gestionado por religiosas.

Allí permanecía encerrada durante días mientras se evaluaba su destino dentro del sistema.

Uno de los aspectos que más recuerda García del Cid es el examen ginecológico al que eran sometidas las menores. “Pasaban por un examen ginecológico. En el expediente constaba como ‘completa’ la que era virgen e ‘incompleta’ la que no lo era. Eso determinaba a qué reformatorio te enviaban”. Las jóvenes consideradas más problemáticas eran enviadas a centros más duros.

Especialmente duros con las homosexuales

Consuelo García del Cid sostiene que el Patronato fue especialmente cruel con las jóvenes consideradas homosexuales. Según su testimonio, estas internas eran señaladas como una amenaza para el resto y castigadas con especial dureza. “Las homosexuales fueron especialmente maltratadas y castigadas por la institución”, explica.

En muchos casos eran trasladadas a psiquiátricos vinculados al Patronato, como los de Ciempozuelos o Arévalo, en Ávila, donde existían pabellones específicos para las llamadas “patronatas”. Allí ingresaban sin diagnóstico médico alguno más allá de su orientación sexual o de lo que las religiosas calificaban como “trastorno de conducta”. “A las lesbianas se las acusaba de corromper al resto o de hacer exhibición de su condición sexual”.

Según el relato de García del Cid, estas jóvenes eran sometidas a tratamientos psiquiátricos que incluían electroshocks y otros procedimientos coercitivos. Muchas de ellas nunca salieron de esos centros. “Ingresaban sin otro diagnóstico que homosexualidad y muchas murieron allí. Nunca salieron”.

La amenaza de ser enviada a uno de estos psiquiátricos se utilizaba también como forma de disciplina dentro de los reformatorios. “Todas teníamos auténtico pavor a los psiquiátricos”.

Para muchas internas, explica, el miedo a acabar en esos lugares era suficiente para quebrar cualquier intento de rebelión o resistencia frente al sistema disciplinario del Patronato.

Consuelo García del Cid sostiene que la desesperación dentro de algunos reformatorios era tan grande que las autolesiones y los intentos de suicidio eran frecuentes. Según su relato, muchas jóvenes llegaron a quitarse la vida para escapar del sistema. «Nosotras no tenemos muertas en las cunetas; tenemos suicidas que se quitaron la vida antes de seguir soportando aquel infierno”.

En su testimonio explica que algunas de esas muertes se producían dentro de los propios centros. “Los suicidios se justificaban como intentos de fuga. Se tiraban por la ventana o por el hueco de las escaleras».

«Las dejaban parir solas como animales»

También denuncia las condiciones en las que muchas adolescentes daban a luz dentro de las maternidades vinculadas al Patronato, especialmente en el centro de Peñagrande. Según su testimonio, las jóvenes embarazadas eran presionadas desde el momento de su ingreso para entregar a sus hijos en adopción.

Las internas solían dar a luz dentro del propio centro, asistidas por comadronas y religiosas. En ocasiones, relata, las dejaban solas durante gran parte del proceso. “Las dejaban solas con los dolores de parto en una habitación llamada ‘La Dolorosa’, para después parir como animales ayudadas por otras internas”.

El trato, asegura, estaba acompañado de insultos y humillaciones constantes. “Puta, golfa, desgraciada, has destrozado tu vida”.

También recuerda frases que las religiosas les repetían durante el parto. «Si te diste el gusto, aguanta ahora el disgusto”, “No te dolía cuando lo tenías debajo, puta”, o “¿Quieres un espejo para ver cómo pare una perra?”.

Tras dar a luz, muchas jóvenes tenían que levantarse casi de inmediato y lavar con agua fría las sábanas manchadas de sangre y otros restos del parto, sin tiempo de recuperación. Según denuncia García del Cid, en algunos casos los bebés desaparecían después del nacimiento con la explicación de que habían muerto o estaban gravemente enfermos.

Paca Blanco: internada por su propia familia

La historia de Paca Blanco fue diferente, pero el resultado fue el mismo. Fue internada con apenas 15 años.

En su caso fueron las propias mujeres de su familia quienes decidieron enviarla al Patronato. Su carácter rebelde preocupaba en casa. Iba a manifestaciones, escuchaba música rock y salía a bailar con minifalda. Además, su padre había estado en la cárcel durante el franquismo por su militancia política.

La familia temía nuevos problemas con las autoridades. Por eso decidieron internarla en uno de los centros del Patronato. La joven fue enviada a un reformatorio gestionado por religiosas.

Paca Blanco

Allí comenzó una experiencia que recuerda como profundamente traumática. “Me metieron en una celda de castigo que no te podías poner estirada ni te podías poner de pie”.

La celda estaba completamente a oscuras. “No sabía si era de día o de noche” Las internas podían pasar días enteros en esas condiciones. “Salías ciega de allí porque no te había dado la luz”.

Además de las celdas de castigo, recuerda otros castigos habituales. Las obligaban a lavarse con agua helada, las dejaban sin comer o las forzaban a pasar horas de rodillas rezando. Hablar entre ellas estaba prohibido.

Escapar era casi imposible

Paca Blanco pasó por varios centros del Patronato. Su objetivo constante era fugarse. Y lo consiguió varias veces. Pero cada intento tenía consecuencias. “Cuando una chica se fugaba, la iban llevando a reformatorios cada vez más duros”.

Las fugas se trataban como delitos. “Cuando tú te fugas de un reformatorio, te ponen en busca y captura como a los delincuentes”. Cuando la detenían, la enviaban al llamado Centro de Orientación y Clasificación.

Allí se decidía su destino dentro del sistema. “Era muy importante el reconocimiento médico. Ponía completa o incompleta en el expediente”. En el lenguaje del Patronato, “completa” significaba que la joven era virgen.

Un sistema que sobrevivió al franquismo

Uno de los aspectos más sorprendentes del Patronato es que no desapareció tras la muerte de Franco. El sistema siguió funcionando durante la transición democrática.

No fue clausurado definitivamente hasta 1985. Para Consuelo García del Cid, ese hecho demuestra hasta qué punto la sociedad ignoró lo que ocurría en aquellos centros. “Nos olvidaron y pasaron de nosotras como la bazofia”. Javier Moscoso, ministro de la Presidencia con el gobierno de Felipe González, presidió el patronato por Navarra.

Los historiadores estiman que entre 30.000 y más de 40.000 niñas y jóvenes pasaron por centros vinculados al Patronato de Protección a la Mujer entre 1941 y 1985, aunque la cifra exacta es difícil de determinar por la pérdida de archivos y la falta de registros completos.

La red del Patronato llegó a contar con 900 reformatorios en toda España, entre reformatorios, hogares de clasificación, centros maternales y casas gestionadas en su mayoría por congregaciones religiosas que vivían del trabajo esclavo de las jóvenes encerradas. Su trato, según las supervivientes, fue despiadado.

Ahora, décadas después, algunas de aquellas jóvenes serán reconocidas oficialmente como víctimas del franquismo. Para muchas de ellas, el reconocimiento llega tarde. Pero al menos supone que su historia deje de ser invisible.

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