La erupción del volcán Tajogaite, en La Palma, marcó un antes y un después en la gestión de emergencias volcánicas en España. Cuatro años después, aquella crisis sigue ofreciendo respuestas. Y no solo explicaciones a posteriori, sino una herramienta con capacidad real de anticipación.
Un equipo científico español ha desarrollado un método que permite pronosticar una erupción volcánica con hasta dos días de antelación, un avance que ya ha sido reconocido por Naciones Unidas como referente internacional.
El trabajo ha sido desarrollado por el Instituto Geológico y Minero de España (IGME-CSIC), el Instituto Geográfico Nacional (IGN) y la Universidad de Valencia, y publicado en la revista científica Scientific Reports. La Organización de las Naciones Unidas, a través de su Oficina para la Reducción del Riesgo de Desastres, lo ha seleccionado como una de las herramientas clave para mejorar la respuesta ante futuras crisis volcánicas.
La clave: el “recuerdo” del magma
La investigación parte de una premisa tan compleja como reveladora: el magma tiene memoria. No asciende de forma caótica hacia la superficie, sino siguiendo patrones persistentes que se reflejan en la sismicidad. Mientras el magma permanece “estancado” o avanza lentamente, los terremotos volcánicos mantienen una estructura reconocible. Pero cuando ese patrón se rompe, cuando la memoria del magma cambia, algo esencial ocurre.
Ese cambio genera una sismicidad irregular, distinta a la registrada hasta entonces, que indica que el magma ha iniciado un ascenso irreversible. Ese es el “punto de no retorno”, la antesala de la erupción. Detectarlo a tiempo es lo que permite este nuevo método.
Mediante algoritmos estadísticos aplicados a series temporales de terremotos volcánicos, el equipo investigador ha logrado identificar con precisión esa transición crítica unas 48 horas antes de que se produzca la erupción. Un margen temporal que, en términos de protección civil, puede resultar decisivo.
De La Palma al mundo
La metodología se apoya en un trabajo de campo excepcional. Durante casi 90 días, personal investigador del CSIC siguió hora a hora la evolución del volcán Tajogaite, surgido en la dorsal de Cumbre Vieja en 2021. Aquella erupción afectó a más de 8.000 personas, destruyó alrededor de 1.200 viviendas y se prolongó durante 86 días.
El análisis posterior reveló que esa duración no fue casual: estuvo alimentada por cinco inyecciones profundas de magma, procedentes de unos nueve kilómetros de profundidad. Esa información ha permitido construir un modelo robusto capaz no solo de anticipar el inicio de una erupción, sino también de detectar cuándo el volcán empieza a perder fuerza.
Cuando el indicador de “memoria” del magma se estabiliza, los científicos identifican una tendencia asintótica: una señal clara de que el motor eruptivo se está agotando. Esta capacidad resulta crucial para las autoridades, ya que facilita la toma de decisiones sobre el retorno de la población evacuada y el inicio de la reconstrucción.
Un nuevo paradigma en la vigilancia volcánica
El alcance del avance va más allá del caso canario. La ONU ha incorporado este método a PreventionWeb, su plataforma global de intercambio de conocimiento para la gestión de emergencias, con el objetivo de difundirlo entre los organismos responsables de la vigilancia volcánica en todo el mundo.
El estudio introduce así un nuevo paradigma en el análisis cuantitativo del volcanismo, especialmente relevante en zonas densamente pobladas o con riesgo de creación de nuevos volcanes. Reducir la incertidumbre temporal ante una erupción ya no es solo una aspiración científica, sino una posibilidad tangible.
España, una vez más, convierte una tragedia en conocimiento útil. Y demuestra que la ciencia pública, sostenida en el trabajo paciente y riguroso, puede salvar vidas cuando la Tierra decide hablar.