Hay discursos que no necesitan señalar con el dedo para ser inequívocos. El mensaje de Navidad del rey Felipe VI es uno de ellos. Sin citar partidos ni siglas, el jefe del Estado lanzó una advertencia directa sobre los riesgos que hoy amenazan a la democracia española. Y lo hizo con palabras tan claras que solo pueden ignorarse de manera deliberada.
“Las ideas propias nunca pueden ser dogmas, ni las ajenas, amenazas”. La frase no es retórica navideña. Es una enmienda frontal a una forma de hacer política basada en la exclusión, el señalamiento del adversario y la deslegitimación del discrepante. Exactamente el marco mental en el que se mueve la extrema derecha en España.
Felipe VI insistió en que avanzar como país no consiste en “correr a costa de la caída del otro”, sino en caminar juntos, con acuerdos y renuncias compartidas. Una afirmación que choca de lleno con la lógica de confrontación permanente que Vox ha convertido en seña de identidad: ellos contra todos, patria contra traidores, buenos contra malos.
El Rey fue todavía más explícito cuando advirtió de que “el miedo solo construye barreras y genera ruido”. De nuevo, una descripción casi literal de la estrategia política de la extrema derecha, basada en la exageración del conflicto, la fabricación de amenazas internas y la explotación del resentimiento como combustible electoral.
Resulta profundamente revelador que estas advertencias procedan del mismo monarca al que sectores ultras insultan llamándolo “Felpudo VI”. El Rey al que desprecian es, paradójicamente, quien mejor está describiendo los riesgos que representan para la convivencia democrática.
Porque cuando Felipe VI recuerda que la convivencia es “una construcción frágil” y alerta contra el extremismo y la desinformación, no está hablando en abstracto. Está describiendo un clima político concreto, reconocible, que ya tiene nombre, discurso y representación parlamentaria.
Y aquí emerge una cuestión incómoda que el discurso real deja en evidencia: el papel del Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo. Un partido que reivindica institucionalidad y moderación mientras gobierna, o aspira a gobernar, apoyándose en Vox. Pactos que no son excepcionales ni coyunturales, sino sostenidos y normalizados.
El Rey apeló a la “responsabilidad” y al “compromiso con el bien común”. Conceptos incompatibles con asumir el marco ideológico de quienes cuestionan derechos fundamentales, niegan consensos democráticos básicos y convierten al adversario político en un enemigo a batir.
Felipe VI no pronunció el nombre de Vox. No lo necesita. Su advertencia es clara para cualquiera que quiera escucharla. Lo verdaderamente preocupante no es que la extrema derecha insulte al jefe del Estado, eso entra dentro de su lógica antisistema, sino que la derecha tradicional haya decidido convivir políticamente con aquello de lo que el propio Rey está alertando.
A este escenario se suma Isabel Díaz Ayuso, cuya estrategia política ha demostrado ser tan peligrosa como la de Vox, aunque envuelta en un barniz institucional más sofisticado. Ayuso no solo ha normalizado muchos de los marcos discursivos de la extrema derecha, la confrontación permanente, la deslegitimación del adversario, el desprecio al consenso y el uso político del miedo, sino que los ha amplificado desde una posición de poder. Su forma de gobernar Madrid, basada en la crispación constante y en la identificación del pluralismo como una amenaza, encaja plenamente en aquello de lo que el Rey advierte. No hace falta militar en Vox para actuar como su principal vector de normalización: basta con asumir su lógica y convertirla en discurso de gobierno.
El mensaje navideño no fue neutro. Fue institucional, sí, pero también profundamente político en el sentido más democrático del término: la defensa de la convivencia, del pluralismo y de las reglas del juego. Ignorarlo, minimizarlo o fingir que no va con ellos es una forma más de irresponsabilidad política.
Esta vez, la advertencia ha sido explícita. Está en las palabras del Rey. Y están escritas negro sobre blanco.