En la mayoría de las economías avanzadas, el crecimiento de la población -y por tanto de su fuerza de trabajo- dependerá en las próximas décadas casi exclusivamente de la inmigración. Y sin embargo, los inmigrantes siguen teniendo muchas más dificultades que los nativos para acceder a un empleo digno, bien remunerado y estable. Una brecha conocida, pero que ahora ha sido cuantificada con más precisión que nunca gracias a un estudio de enorme alcance que analiza los salarios de 13,5 millones de trabajadores en nueve países desarrollados, incluyendo España, Estados Unidos y Canadá.
En el mercado laboral español, no todos los trabajadores son iguales ante el salario. Si bien comparten tareas, sector o empresa, el origen marca la diferencia. Y en España, más que en ningún otro país del entorno.
Un estudio comparativo recientemente publicado en la revista Nature ha medido con datos duros la distancia salarial entre inmigrantes y nativos en nueve países desarrollados -entre ellos, España, Canadá, Estados Unidos, Alemania o los países nórdicos-. El resultado sitúa a España en el último lugar en términos de equidad: los inmigrantes ganan, de media, un 29% menos que los nacidos en el país. En el extremo contrario, en Suecia la diferencia cae al 7%, y en Dinamarca apenas supera el 9%.
El informe, que analiza información de 13,5 millones de trabajadores mediante datos administrativos que cruzan empleadores y empleados, no solo revela la dimensión de la desigualdad, sino también sus causas. ¿Discriminación directa? ¿O segregación ocupacional? La respuesta es ambas, pero con distinto peso.
Mismo trabajo, menos sueldo
Una de las conclusiones más inquietantes del estudio es que la brecha salarial no desaparece ni siquiera cuando inmigrantes y nativos ocupan el mismo puesto dentro de la misma empresa. En el caso español, esa diferencia persiste en torno al 7-8%, cifra muy por encima de la media del resto de países analizados, donde las diferencias por igual empleo suelen rondar entre el 2% y el 5%.
Este dato apunta a posibles sesgos en la asignación de responsabilidades, promociones o negociaciones salariales, incluso cuando se ha superado la primera barrera: el acceso al empleo.
Pero el factor que más influye en la desigualdad es otro. El análisis señala que tres cuartas partes de la brecha salarial total (el 74%) se explican por la concentración de inmigrantes en trabajos peor remunerados, como la hostelería, los cuidados, la construcción o la agricultura. Se trata de una forma de exclusión estructural: no es que cobren menos por el mismo trabajo, es que no acceden a los trabajos mejor pagados aunque muchos de los inmigrantes tienen estudios superiores.
Entre los obstáculos que perpetúan esta situación destacan: l no homologación de títulos o cualificaciones extranjeras, las barreras lingüísticas y culturales, l escasa inclusión en redes laborales y sociales del país de destino y el desconocimiento del mercado de trabajo local. Todo ello impide no solo acceder a mejores empleos, sino también desarrollarse profesionalmente dentro del sistema.
No todos los orígenes sufren igual
El informe también desglosa la brecha según la región de procedencia de los inmigrantes. Los más perjudicados son los originarios de África Subsahariana y Oriente Medio, cuyos ingresos anuales son entre un 24% y un 26% inferiores a los de los trabajadores nativos. Le siguen los procedentes de Asia y América Latina, con brechas del 19% al 20%. Por el contrario, los inmigrantes de Europa occidental y Norteamérica presentan diferencias inferiores al 10%.
¿Mejora en la segunda generación?
Hay un dato esperanzador: aunque no se dispone de información específica para España, en el resto de países sí se observa que las diferencias salariales se reducen significativamente entre los hijos de inmigrantes, sobre todo cuando se comparan personas que trabajan en el mismo sector y empresa. Una señal de que la integración, aunque lenta, puede avanzar si se eliminan las barreras más flagrantes.
El estudio, liderado por el profesor Are Skeie Hermansen (Universidad de Oslo), incluye una batería de recomendaciones para reducir la desigualdad. Entre ellas:
- Reforzar los programas de formación lingüística y profesional adaptados al entorno productivo.
- Mejorar el reconocimiento de cualificaciones extranjeras.
- Facilitar el acceso a redes laborales, incluyendo intermediación con empresas.
- Combatir activamente los sesgos en contratación, promociones y asignación de tareas.
- Impulsar políticas de asentamiento e integración que fortalezcan los vínculos sociales y laborales.
En un país que dependerá cada vez más de la inmigración para sostener su mercado laboral, ignorar estas desigualdades no es solo una injusticia: es un error estratégico. El talento existe. El reto está en no desperdiciarlo.