Recientemente, un lamentable suceso ha sacudido la tranquilidad de Torre Pacheco: la agresión a un anciano, presuntamente a manos de tres jóvenes de origen árabe. Este incidente, que por desgracia no es un hecho aislado en la crónica de sucesos de cualquier localidad, se ha visto magnificado por la reacción que ha generado en parte de la comunidad. Es crucial, en este punto, hacer una pausa y reflexionar sobre la naturaleza de tales reacciones, que, aunque dolorosas y a menudo irracionales, tienen raíces profundas en nuestra biología y nuestra historia colectiva.
Actos de violencia juvenil como este, motivados por la búsqueda de «diversión» o la falta de empatía, ocurren con una frecuencia preocupante en cualquier lugar del mundo, perpetrados por individuos de cualquier nacionalidad, raza o religión. La violencia gratuita, el desprecio por la autoridad o la fragilidad ajena, son fenómenos complejos que trascienden fronteras y orígenes. Sin embargo, lo que realmente interpela en el caso de Torre Pacheco es la respuesta colectiva, una que resuena con ecos de un pasado no tan lejano, donde se buscaban chivos expiatorios para canalizar frustraciones y miedos. La historia nos ha enseñado lecciones amargas sobre la criminalización de colectivos enteros: los judíos, las brujas, los gitanos, los «rojos»… La lista es larga y dolorosa, y en cada caso, la narrativa se construía sobre la base de la diferencia y el señalamiento.
La pregunta que surge es: ¿por qué se producen estas reacciones? Debemos entender que estas reacciones no son normales, pero sí naturales. Aquí reside una de las claves de la reflexión. Desde una perspectiva biológica y evolutiva, la cohesión del grupo era, en las etapas tempranas de la humanidad, una garantía de supervivencia. Cuando éramos Homo Erectus, la productividad era mínima y la obtención de alimento requería un esfuerzo constante y colectivo. La irrupción de un grupo extraño, o incluso de individuos foráneos, podía alterar dramáticamente el frágil equilibrio entre los recursos disponibles y la capacidad de sustento del grupo. En este contexto de escasez y vulnerabilidad, se fue forjando una reacción biológica de rechazo hacia el diferente, hacia el «otro», visto como una amenaza potencial a la supervivencia del propio clan. Paralelamente, se desarrolló un fuerte sentimiento de pertenencia al grupo y una propensión al uso de la violencia como mecanismo de defensa y de lucha por los recursos. Incluso los celos y la posesividad, tan presentes en la conducta humana, pueden interpretarse como el resultado de la necesidad biológica de asegurar la propia descendencia.
Así somos, y así hemos de aceptarnos en nuestra base más primitiva. Sin embargo, la grandeza y la complejidad del ser humano reside precisamente en nuestra capacidad de trascender esos instintos primarios. Somos seres sociales inteligentes, capaces de relacionarnos, de crear, de progresar, de negociar, de explorar y, lo más importante, de construir civilizaciones. La civilización, en su esencia, es un constructo artificial, una superestructura que hemos erigido sobre nuestra base biológica. El ser humano civilizado se diferencia del «cavernario» precisamente porque ha desarrollado leyes, normas, usos y costumbres que regulan la convivencia; ha creado necesidades complejas que van más allá de la mera supervivencia y, fundamentalmente, ha desarrollado un nivel de comprensión del mundo, un conocimiento científico, que nos permite discernir entre lo que es un impulso primario y lo que es una respuesta racional y justa.
La paradoja es evidente: nacemos con una predisposición biológica para vivir en la selva, pero nos vemos inmersos en un entorno civilizado para el cual no estamos inherentemente adaptados. Los recursos psicológicos que resultaban adaptativos en la selva -los celos, la violencia, el rechazo al diferente, el miedo a lo desconocido, la creencia en seres superiores para explicar el mundo y, sobre todo, el mantenimiento a ultranza de la cohesión del grupo- pueden convertirse en obstáculos para la convivencia en una sociedad compleja y diversa. Es aquí donde la EDUCACIÓN adquiere un papel insustituible. Necesitamos educación para adaptarnos a las complejidades, a menudo «nada naturales», de la vida civilizada. La educación no solo nos transmite conocimientos, sino que nos dota de herramientas para el pensamiento crítico, la empatía, el respeto a la diversidad y la capacidad de resolver conflictos de manera pacífica y justa.
Lo que lamentablemente estamos presenciando en Torre Pacheco, y en tantos otros lugares, donde la gente se organiza con la intención de buscar y linchar a quienes son diferentes, es una manifestación de esos instintos de la Edad de Piedra. Es una regresión a un pensamiento tribal que no tiene cabida en una sociedad que se precie de ser civilizada. Más allá de la reacción popular, y aún más sofisticado y criminal, es el uso que ciertos actores políticos intentan dar a estas situaciones. La instrumentalización del miedo, la división y el odio para obtener rentabilidad política, la maldad canalla de VOX (Violencia, Odio y Xenofobia), es una estrategia perversa que desgarra el tejido social y socava los cimientos de la convivencia democrática.
Es fundamental comprender que confundir los actos de uno o unos pocos individuos con la idiosincrasia de todo un colectivo es un signo de falta de civilización. Generalizar y estigmatizar a una comunidad entera por las acciones de unos pocos no solo es injusto, sino que es una manifestación de IGNORANCIA. No comprender que los inmigrantes son una parte vital de nuestra sociedad, que trabajan incansablemente en nuestros campos, que sirven nuestras comidas, que cuidan de nuestros mayores y que contribuyen de manera innegable a nuestra economía y bienestar, es de idiotas directamente.
En lugar de ceder a los impulsos primarios del miedo y el rechazo, debemos actuar con la madurez y la responsabilidad que nos confiere nuestra condición de seres civilizados. Dejemos que actúe la Justicia, con sus mecanismos y garantías, para esclarecer los hechos y aplicar las consecuencias que correspondan a los responsables, sin importar su origen. Y, sobre todo, miremos más allá de la superficie y preguntémonos, como sociedad, por qué a nuestros jóvenes, sean de la raza que sean, les parece «divertido» agredir a un anciano, a un mendigo, a una mujer, o a un sindicalista. Esa es la pregunta que realmente deberíamos estar intentando responder y abordar con urgencia.
Un saludo a todo el mundo.