El caminante que se adentra en estos terruños, los que componen los pueblos y gentes de la Sierra Minera La Unión-Cartagena, siente un imperativo del paisaje, esto es, la necesidad de modular la retina. No es suficiente con el hecho de mirar, sino que hay que encontrar el enfoque adecuado. Algo así como cuando vamos a la óptica a probarnos unas gafas y requerimos previamente de una evaluación de las dioptrías para decidir qué lentes son las más apropiadas.
¿Cómo mirar este paisaje? Me he hecho tantas veces esa pregunta. Está siempre ahí, con demasiada historia, tanta que hasta inquieta. Fue un Portus Magnus del Imperio Romano y luego devino en zona de sacrificio del desarrollismo de la dictadura franquista.
Desde el viejo puerto de la anegada Bahía de Portmán, la mirada se pasea por esas montañas removidas hasta lo más hondo de sus entrañas y cuyas texturas y tonalidades pergueñan un relato de lo que allí aconteció.
Quizás la pregunta sobre la forma de aprehender este paisanaje sea una emergencia, máxime desde que supimos hace unos años que esos depósitos de estériles mineros aún son dañinos para la salud de la gente de los pueblos de la Sierra Minera. Aún recuerdo la congoja que para muchos fue escuchar a las madres del colegio del Llano del Beal relatar sus miedos ante los diagnósticos edafológicos que detectaban elevadas concentraciones de metales pesados en los espacios de juego de sus hijos.
Reconozco en mi memoria la intensidad de una conmoción ante aquella ocasión, siendo muy joven, en la que el viscoso vertido de miles de toneladas de residuos al mar en Portman se fijó en mi visión del mundo quizás para siempre. Seguramente en aquel momento nos hicimos ecologistas. Pero no solamente, en la Sierra Minera de La Unión Cartagena se dirimen cuestiones de justicia social que lleva aplazándose desde hace demasiado tiempo. Pues se trata de una geografía que, voy a decirlo de una vez, es una geografía trágica.
Demasiada historia rezuma en este paisaje minero, en estas comunidades humanas, en estas rocas, en estas ramblas, en estos caminos, en aquellas fotografías en blanco y negro -las que están colgadas en las paredes de la Casa Cegarra y que muestran cómo era antes todo, la bahía y el mar-, en esos ojos, en aquellas casas, en tal o cual camino, en ese trovo, en la conversación de la mañana en un bar. Una historia que siempre remite a una historia de destrucción. El Cante de las Minas es la poesía del sufrimiento que rezuman aquellas rocas.
Hay demasiada historia concentrada en tan poco espacio que irremediablemente lo desborda para componer una totalidad. El paisaje remite a la totalidad del mundo.
Sea el momento que sea, de los muchos que he vivido en esa geografía, una especie de perturbación a menudo se abre paso en mi interior. Como una agitación. Una vez esta inquietud la formulé en forma de pregunta: ¿para qué sirve la política en la Sierra Minera?
Ciertamente en el momento de la toma de decisiones sobre el vertido de estériles en la Bahía de Portman, la dictadura franquista, no existía la política y la multinacional Peñarroya impuso una lógica de dominación colonial y patriarcal que anuló la posibilidad de la política y la palabra.
Pero después vino la democracia y a la multinacional Peñarroya se le dejó operar a su libre albedrío. Incluso cuando decidió marcharse, nadie le exigió contrapartidas por el perjuicio ambiental y social que dejaba tras cuarenta años operando en la sierra minera.
Entre 1957 y 1990 el lavadero Roberto vertió al mar Mediterráneo más de 58 millones Tm de residuos mineros con elevados niveles de metales pesados (especialmente plomo, zinc, cadmio y arsénico) que no solo enterraron la bahía de Portmán, sino que tapizan los fondos marinos en una gran extensión, calculados en estudios recientes en 8,6 km². Nadie pidió explicaciones ni responsabilidades a la multinacional por esta barbarie. Luego vinieron las promesas de regeneración y se acumularon las dejaciones y las decisiones infortunadas.
La incompetencia no solamente se manifestó en Portman. También en otros muchos puntos de la Sierra Minera. Señores de la Comunidad Autónoma, ¿cómo se pudo obrar con tanta dejación en la regeneración de la balsa Jenny en las inmediaciones del Llano para que al final se dispersaran los metales pesados en un montón de puntos de la sierra? ¿Y las ramblas de la Sierra Minera que desembocan en el Mar Menor cargadas de aguas tóxicas? ¿Cuántas decenas de años han permanecido aquellos depósitos de estériles esperando una política de suelos contaminados?
A las gentes de Portman, por medio del autoritarismo político de una dictadura y la política patriarcal de una multinacional que anulaba su voluntad, les fue negado el derecho a la protesta por lo que estaba sucediendo ante sus ojos, el anegamiento de una bahía. Cuando la multinacional echó la persiana, las gentes de Portman se convirtieron en “braceros” de los complejos turísticos que en sus cercanías proliferan. Un destino de trabajo barato como compensación a la devastación ambiental y territorial que les rodea.
La historia de los diferentes proyectos de regeneración de la bahía de Portman requiere de un escritor que replique a Kafka. Una historia de promesas y promesas, de dinero público tirado al mar, y todo para nada, todo sigue igual, tal y como lo dejó Peñarroya.
Ahora sabemos que los metales pesados que hay acumulados en la bahía requieren muchas precauciones con lo que allí vaya a hacerse. Mientras tanto la deuda histórica con la gente de Portman y con el resto de pueblos de la Sierra Minera, permanece. ¿Es posible buscar soluciones técnicas para que un nuevo proyecto de restauración de la Bahía de Portman reduzca las afecciones al medio ambiente y a la salud que actualmente se producen? Que la política sirva para saldar una injusticia histórica que todavía hace sufrir a las gentes de la Sierra Minera de La Unión-Cartagena.