Fernando López Miras dice que los españoles “estamos hartos de la decadencia y los escándalos del Gobierno de Pedro Sánchez”. Muy bien. Pero, puestos a hablar de decadencia y corrupción, empecemos por casa. Porque si algo ilustra el concepto de decadencia política es la Región de Murcia, convertida en un erial social y democrático tras décadas de un mismo partido agarrado al poder como una garrapata.
Decadencia, según la RAE, significa ir a menos, disminuir, deteriorar. Analicemos el imparable deterioro que sufre la Región de Murcia que el PP gobierna desde hace 30 años. Solo datos objetivos, hechos contrastables.
En esta tierra que López Miras gobierna desde 2017 -tras ser elegido a dedo por su antecesor Pedro Antonio Sánchez, condenado por corrupción en el caso Auditorio– hay más pobreza, más trabajadores pobres y más niños en exclusión que en ningún otro rincón de España. Lo dicen todos los informes oficiales: la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, Cáritas, la Fundación FOESSA, Save The Children, Unicef, el Observatorio de la Exclusión Social de la Universidad de Murcia. Hasta el Consejo Económico y Social de la Región de Murcia.
En total, más de 122.000 niños y niñas viven en situación de pobreza en la Región de Murcia. Somos líderes, sí, pero en lo peor. Salarios bajos, pensiones bajas, obesidad infantil, contaminación atmosférica, menor esperanza de vida, líderes en casas de apuestas y ludopatía…La Región de Murcia está echa un solar. Colegios con amianto, niños en barracones, colegios e institutos donde se asan los chavales por falta de aire acondicionado… A la cola de la cola en los principales indicadores sociales y económicos. Los datos son fácilmente verificables. No me quiero extender.
El Gobierno regional incumple leyes que pueden mejorar la vida de la gente, como las leyes de vivienda (la estatal y la autonómica). No construye viviendas de promoción pública. Incumple la Ley del Mar Menor, sigue sin frenar la contaminación en origen mientras presume de haber gastado 41 millones de euros de dinero público en retirar ova de la laguna. No paga las ayudas a las que tienen derecho miles de murcianos que han invertido en autoconsumo y movilidad eléctrica…
¿Eso no es decadencia, señor presidente?
El modelo que defiende López Miras ha sido, durante años, el de la desregulación salvaje, la destrucción del Mar Menor, la privatización de lo público y la gestión clientelar de los recursos públicos. El mismo modelo que mantiene a 30 casos de corrupción a la espera de juicio en la Región, según el mapa judicial. La mayoría, vinculados a gobiernos del Partido Popular.
Y si tiramos del hilo llegamos al origen de esta cadena: Ramón Luis Valcárcel, el gran patriarca del PP murciano, que se sentará en el banquillo de los acusados por el caso La Sal, relacionado con la desaladora de Escombreras, la obra más cara y ruinosa de la historia hidráulica reciente en España que está esquilmando las arcas regionales junto al aeropuerto de Corvera donde solo vuela el dinero.

Resulta chocante, por no decir vergonzoso, escuchar a López Miras atribuir corrupción y decadencia al PSOE, como si no llevara las siglas del PP tatuadas en la solapa. Un partido condenado en firme por corrupción. Hay que tener cuajo. Mucho cuajo.
Como si no perteneciera al partido que rompía discos duros a martillazos. Al que defenestró a Pablo Casado por atreverse a señalar las irregularidades de Díaz Ayuso y su familia. Al de los sobresueldos para “M. Rajoy”. Al de la trama Gürtel, la trama Kitchen, Púnica, Lezo, el tesorero Bárcenas en prisión y los audios de Cospedal con Villarejo. Al de los paseos en yate con narcotraficantes. Al que montó una policía patriótica para fabricar pruebas contra adversarios políticos. Al del máster fake de Cristina Cifuentes. Al del pelotazo continuo. Al de la impunidad estructural. Al partido de las cloacas. El fontanero del PP era el propio ministro Jorge Fernández Díaz.
¿De verdad vienen a dar lecciones? No pueden. No deben. Y, sobre todo, no les queda ni un gramo de credibilidad para hacerlo. ¿Cuántos ministros del Gobierno de Aznar han entrado en prisión? Rato, Zaplana, Matas...
Y aún así gritan: “¿Mafia o democracia?” ¿A qué mafia exactamente se refieren? ¿De qué democracia hablan quienes pactan con la ultraderecha que quiere acabar con la democracia y ensalza la dictadura franquista?
Pero hay más. Mucho más.
Porque en 2021, López Miras se mantuvo en el poder tras frustrar una moción de censura gracias a la compra política de cuatro tránsfugas de Ciudadanos. No lo digo yo. Lo dijo la Comisión de Expertos del Pacto Antitransfuguismo del Congreso, que lo declaró formalmente “inductor y beneficiario de la conducta tránsfuga”. Así, sin paños calientes. López Miras: primer presidente tránsfuga. Inductor de la desvergüenza.
Y por si todo esto fuera poco, decadencia también es colocar al frente de la Delegación del Gobierno a un personaje como Francisco Bernabé, cuya gestión es recordada por las cargas policiales contra los vecinos del soterramiento del AVE en Murcia. Gente que solo pedía dignidad, seguridad y una ciudad unida, fue respondida con porrazos, identificaciones arbitrarias y criminalización. Eso no es gobierno. Eso es represión.
Decadencia también es meter en su gobierno a la extrema derecha, darle poder a Vox, blanquear su discurso, naturalizar el odio. Decadencia es convertir la política en trinchera, el consenso en amenaza y el gobierno en espectáculo ideológico con cuadriga o sin ella.
Y decadencia -de la más cutre- es convertir la administración pública en una agencia de colocación para familiares, amigos y cargos del partido. Premiados con sueldos públicos mientras la sanidad colapsa, la educación se desangra y la infancia crece entre privaciones. ¿Queda algún “hijo de” sin colocar? En la Región de Murcia, los altos cargos se heredan como si fueran fincas. Ahí tienen, por ejemplo, en la Consejería de Economía, al inefable Francisco Álvarez -“Paco el Autoridades”- cuyo currículum se resume en vender jamones y chorizos de El Pozo porque no tiene estudios. Cobra 36.720 euros al año como asesor en el gabinete de comunicación. Más decadente y más desvergonzado, imposible.
Decadencia también es cargarse el Consejo de la Transparencia, el órgano que garantizaba el derecho a saber. Pero en el modelo de López Miras, cuanta menos transparencia, más poder. Por cierto, el Ejecutivo murciano aún no ha publicado la lista de altos cargos que, como el obispo, se vacunaron contra la covid cuando no les tocaba. ¿Olvido? No. Impunidad.
Y decadencia -de la más nauseabunda- es arropar y apoyar a Carlos Mazón con 228 muertos mientras él hacía no sé qué en el Ventorro. ¿Cuántas manifestaciones multitudinarias van ya en Valencia pidiendo la dimisión de Mazón?
Aquí, en esta tierra gobernada desde hace casi 30 años por el mismo partido político, la decadencia no es un discurso. Es un hecho medido, documentado, sufrido. No es una hipérbole. Es una estadística. Y acaba de echarse en brazos, otra vez, de la ultraderecha más rancia. López Miras está blanqueando el discurso ultra para salvar sus cuentas. ¿Hay algo más decadente? ¿De qué Democracia habla?
Señor López Miras: si los españoles están hartos de algo es de la hipocresía política, de la miseria consentida, del descaro institucional y del uso torticero de la palabra “decadencia” por quienes la ejercen a diario.
El Partido Popular ha puesto en marcha su hormigonera ideológica donde lo mezcla todo. Y esa mezcla deliberada no busca unir, sino confundir. No pretende resolver nada, sino empujar a la gente al desencanto. Porque cuando todo se percibe igual de corrupto, igual de inútil, igual de manipulador… ¿quién gana? Gana la desafección. Gana la abstención. Y gana la extrema derecha, que ni se despeina, ni se mancha, ni hace el más mínimo esfuerzo. Solo espera, paciente, al borde del barrizal, mientras el PP le limpia el camino.
Es una estrategia calculada: degradar el debate, embarrar el discurso, destruir los matices. Que nadie se salve. Que todo parezca lo mismo. Que todos parezcamos culpables de algo. Así se alimenta un país que deja de creer en sus instituciones, en sus medios y en su gente. Un país que, poco a poco, deja de tener defensas.
Y cuando la democracia enferma, no viene una cura. Viene un régimen.