Durante décadas, fue un elemento habitual en los laboratorios de química: un polvo amarillo, aparentemente inofensivo, utilizado como colorante, marcador de proteínas, fijador de tejidos e incluso como antiséptico para tratar quemaduras. Su nombre, ácido pícrico, apenas sonaba más que el de otros reactivos presentes en frascos polvorientos que pasaban de generación en generación de docentes. Pero ese compuesto, lejos de haber quedado atrás sin consecuencias, ha resurgido ahora como una amenaza latente: volátil, inestable y potencialmente explosiva.
Desde principios de este año, la Policía Nacional ha recogido un total de 12 kilos de ácido pícrico en la Región de Murcia, distribuidos en 43 envases hallados en 17 centros de secundaria, formación profesional y dos universidades: la Politécnica de Cartagena y diversas facultades de la Universidad de Murcia. El operativo forma parte de una campaña nacional iniciada en 2024 para la localización y neutralización segura de este material peligroso, que ha sido durante años una bomba de relojería olvidada en los estantes de laboratorios escolares.
De producto de laboratorio a residuo explosivo
El ácido pícrico -nombre técnico: 2,4,6-trinitrofenol- comenzó a utilizarse masivamente a principios del siglo XX. Fue uno de los primeros colorantes sintéticos estables y un precursor de ciertos explosivos militares, como el conocido «Lyddite». En entornos educativos, se usó sobre todo desde los años 70 y 80 para experimentos de identificación de proteínas y otras moléculas orgánicas. Su manipulación era cotidiana, a menudo sin medidas de seguridad que hoy se consideran básicas.
Con el tiempo, sin embargo, se descubrió que al secarse y cristalizar en las roscas de los frascos, el ácido pícrico se volvía peligrosamente inestable, inflamable y explosivo, pudiendo detonar por fricción, agitación o calor. Además, es tóxico por contacto con la piel. El problema es que muchos centros educativos que lo almacenaban no fueron informados de sus riesgos cuando se dejó de utilizar, y esos envases han quedado olvidados en vitrinas y almacenes durante décadas.
Operación con drones, sanitarios y agentes medioambientales
Ante el riesgo que suponía su presencia, la unidad TEDAX-NRBQ de la Policía Nacional (Técnicos Especialistas en Desactivación de Artefactos Explosivos y Neutralización de Riesgos Biológicos y Químicos) ha liderado la operación de retirada, contando con el respaldo de la Unidad de Drones de la Jefatura Superior de Policía en Murcia, Cruz Roja, el Servicio Murciano de Salud (a través del 061) y la Consejería de Medio Ambiente, a través de la Sección de Coordinación de Agentes Medioambientales.
En todos los casos, los envases fueron retirados sin incidencias y posteriormente neutralizados de forma controlada, garantizando la seguridad tanto de los centros como del entorno, ya que, según confirma la Policía, el proceso no genera residuos nocivos para el medio ambiente.
Muchos de estos productos fueron comprados en los años 80 y 90, cuando ni la legislación ni la cultura preventiva eran las de hoy. Se almacenaban como herramientas didácticas y, en no pocos casos, ni siquiera figuran en inventarios actualizados. El relevo generacional del profesorado ha contribuido a que esos frascos pasaran desapercibidos, sin que nadie supiera exactamente qué contenían o si era seguro conservarlos.
“Si hubieran sufrido un golpe, o se hubiera intentado abrir uno de esos botes secos, el riesgo de explosión era real”, explican fuentes policiales. La recomendación es clara: no abrir ni manipular envases antiguos sin identificar en laboratorios, y notificar inmediatamente a las autoridades cualquier material sospechoso.
¿Cuántos centros siguen en la misma situación?
Aunque la cifra recogida en Murcia -12 kilos en 43 envases- parece manejable, la existencia de material explosivo en al menos 17 institutos y dos universidades es preocupante. No se trata de un caso aislado. La campaña es nacional y está en curso, lo que indica que aún pueden aparecer nuevos hallazgos.