En el que vemos cómo don Lopejote se rasca la sementera

Crónica delirante de un señorito que cabalga la política como si fuera romería, guiado por el rascado eterno de su sementera

Hallábase don Lopejote repantigado en su butacón, los pies sobre el escritorio. Desde su despacho, que se asomaba sobre los muros de un antiguo convento, se sentía el rey del mundo. ¿Qué rey? Era un dios. Desde luego, vivía como Dios. Todo el santo día de fiesta en fiesta, rascándose la sementera cuando no. Lo de trabajar en el gobierno de su ínsula…, ¡sape, sape! Aparta de mí ese cáliz. Trabajar es de rojos.

Una ligera picazón le acometió en la entrepierna. Estuvo a un tris de llamar a Antonancho Rasca Panza para que lo rascara, pero se contuvo. Desde que se había visto forzado a lamerle la rabadilla al maromo de la secta ultra con la que el popular contubernio de don Lopejote se había encamado, éste se había ensañado con sus subalternos. Rasca Panza fue colocado en el cónclave de la ínsula sólo por pelotillero. Era tan zote que no había sacado ninguna carrera en sus tres décadas de vida ni trabajado en nada que no fuera de lameculos. El pijodalgo no quería que su escudero olvidara que todo se lo debía a él.

Don Lopejote dejó volar su mente rememorando el último mes. Sabedor de que el regidor de su capital era un capillitas y no perdía oportunidad para que lo vieran en toda procesión, romería o novena que recorriera su municipio, eclipsando así a su excelencia el gobernador don Lopejote, fuése el mentado a su villorrio. Allí volvió a encaramarse a una cuadriga, a la que guió ataviado a lo Nerón, mientras que la multitud lo llamaba Tontosio el Memo. Al capillitas le hizo sombra también cuando se presentó en el festejo pagano que seguía tras los cirios y golpes de pecho de Semana Santa: acudió vestido con una especie de pijama de raso policromado y se puso a repartir pitos y otras bagatelas de plástico junto a los que de verdad mandaban. ¿No quieres procesiones y mascletás, tontolnabo burgomaestre? Chúpate el frasco, carrasco.

Dióle en todos los morros a su rival acudiendo a otro pueblo de su ínsula en donde corrían unos caballos y se hizo fotografiar por todo quisque, ajeno a que más de uno le espetara que aquella era una carrera para caballos no para acémilas.

La guinda la puso cuando se fue a la feria abrileña hispalense a “bailar” sevillanas, estando en alerta naranja su región. Si canut Mandilón estuvo de farra por ventas y ventorrillos mientras se le ahogaban sus súbditos, ¿por qué no iba a poder irse a ponerse como el quico de rebujito él?

Total: los suyos habían conseguido que los caganchanos fuesen mansos como bueyes con los señoritingos, que sólo se encendieran cuando les ponían por delante al réprobo Perro Sánxez, mientras hundían la cerviz ante los caciques.

Caganchanos de dinamita dijo un poetastro. Don Lopejote se rió para sus adentros: de dinamita serían en tiempos de maría castaña. Ahora son de malaquita. Más moldeables que la plastilina.

Fue otro poeta, uno de la huerta profunda, quien mejor retrató a los caganchanos que se humillaban ante la patulea caciquil de don Lopejote y allegados. Sólo que su abulia, su desidia servil para los de siempre y su impiedad para los de abajo, el vate las llamó cansera.

¿Pa qué quiés que vaya? / Anda tú, si quieres,
No te canses, que no me remuevo; / anda tú, si quieres, y éjame que duerma,
¡á ver si es pa siempre!… ¡Si no me espertara! / ¡Tengo una cansera!…

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