Odio entre adolescentes: el 40% recibe mensajes ofensivos, solo el 9% denuncia y la Región de Murcia registra los peores datos

Murcia es la región española donde más mensajes de odio tipo LGTBI-fóbico se reciben y emiten por parte de los jóvenes.

Un estudio revela que el 40% de los adolescentes españoles ha recibido mensajes de odio, el 21% ha sido víctima directa y solo el 9% se atreve a denunciarlo. En regiones como Murcia, la situación es aún más alarmante.

Cuando digo que algo me molesta, se ríen más. Así que ya no digo nada.” No es una frase dramática de una película adolescente. Es real. La pronuncia una estudiante de secundaria en la Región de Murcia. No lo hace con rabia, ni con lágrimas. Lo hace con la calma de quien ya ha aprendido que, en su entorno, defenderse es exponerse, y exponerse es perder.

Esa voz, que podría ser la de cualquier joven en España, forma parte del estudio Mapeando la intolerancia juvenil, dirigido por María Pina y basado en más de 5.800 entrevistas a adolescentes de entre 14 y 20 años. El informe es una bomba de datos y verdades incómodas: un retrato colectivo de cómo el odio —ese que pensamos que solo aparece en titulares de crímenes extremos— se ha colado por las rendijas del lenguaje cotidiano, de los memes compartidos y del aula donde nadie corrige al que insulta.

Escucha aquí la entrevista completa a María Pina:

Lo que dicen los números y lo que no dicen

Los resultados abruman. Casi la mitad de los jóvenes encuestados reconoce haber recibido mensajes de odio con frecuencia. Uno de cada cinco ha sido víctima directa de un delito de odio, y solo un 9% se ha atrevido a denunciarlo. La mayoría, simplemente, calla.

La violencia no siempre tiene forma de golpe. A veces, se disfraza de chiste, de opinión “respetable”, de tradición. “Las feministas están locas”. La homosexualidad es antinatural”.Las personas trans están enfermas”. Son frases que, según el estudio, una parte significativa de la juventud española ni siquiera considera ofensivas. Sobre todo los varones. Sobre todo, en determinadas regiones.

La Región de Murcia, en la diana

En esa cartografía de la intolerancia que traza el informe, la Región de Murcia brilla, o más bien arde, con luz propia. Es donde más jóvenes reconocen haber recibido más mensajes de odio. Donde más los comparten. Y también donde más los justifican como «libertad de expresión».

Murcia es la comunidad donde más jóvenes reciben mensajes de odio (50,5%). Es también una de las que registra más víctimas directas de delitos de odio (28%). Y la tasa de denuncia es de las más bajas del país (solo un 7% denuncia lo sufrido). En la Región de Murcia el miedo es más fuerte. Y la costumbre también.

Los testimonios duelen. “Escuché en clase que las lesbianas están así porque no han probado un hombre de verdad. Nos reímos. El profe también. Nadie dijo nada”. Podría ser una excepción. No lo es. En muchos centros educativos de la región, según recoge el estudio, las víctimas no encuentran ni un adulto que actúe como freno.

«En concreto, donde más se reciben mensajes de odio tipo LGTBI-fóbico es en la Región de Murcia» confirma María Pina según los datos del estudio. Y no solo eso. También hay más jóvenes en la Región de Murcia que reconocen abiertamente haber emitido mensajes de odio, lo que revela una preocupante normalización.

¿Y por qué ocurre esto en la Región? «Se ha producido una legitimación de este discurso, que antes daba vergüenza y ahora se está normalizando en todas las esferas. En Murcia se está lanzando mucho más ese discurso de odio desde ciertos sectores políticos. Antes se hacía con la boca pequeña. Ahora se premia» dice Pina.

La respuesta institucional ha sido, hasta ahora, tibia. Los protocolos educativos están mal implantados o ni siquiera existen. La formación del profesorado en delitos de odio y diversidad es insuficiente. Y lo que no se nombra, no se combate.

A nivel nacional, el 27,8% de los mensajes de odio recibidos por adolescentes se producen en el contexto escolar. En la Región de Murcia, esa cifra supera la media. El aula, que debería ser un refugio para la diversidad, se convierte muchas veces en el primer escenario donde la diferencia se convierte en motivo de burla, aislamiento o violencia verbal.

“Me insultaban por cómo hablaba, por cómo vestía, por ser rara. Y lo peor es que nadie lo paraba. Nadie lo nombraba. Ni siquiera yo.” testimonio recogido en el estudio.

El informe insiste en que la formación del profesorado es clave. Muchos docentes, simplemente, no saben cómo intervenir o temen “politizar” el aula si hablan de género, diversidad o racismo.

Entorno rural: más difícil salir del armario, más miedo a señalarse

En el estudio Mapeando la intolerancia juvenil, María Pina y su equipo dedicaron especial atención a las diferencias entre los entornos urbanos y rurales. Según explica, en las zonas rurales el impacto del discurso de odio se agrava por la falta de anonimato y la presión social. «En un pueblo pequeño, si te etiquetan de raro, estás perdido», resume uno de los testimonios.

La infradenuncia en estos contextos es aún más alarmante: no solo hay miedo a las represalias, sino también a quedar expuesto públicamente ante vecinos, compañeros y, sobre todo, familiares. La diferencia es clara: en lo rural, el silencio duele más porque la soledad es mayor. María Pina relata uno de los casos más estremecedores recogidos durante la investigación: el de un adolescente que fue agredido por su propio padre con una barra de hierro por pintarse las uñas.

Silencios que matan

Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio es la naturalización del odio. Muchos adolescentes no identifican como violencia aquello que han escuchado desde siempre. Si una madre repite que los migrantes “vienen a quitarnos el trabajo”, si un hermano comparte memes transfóbicos por WhatsApp, si un profesor ríe una broma lesbófoba en clase… ¿por qué habría un joven de verlo como algo grave?

En la Región de Murcia, el informe señala que el entorno familiar y escolar actúa como espacios de reproducción del discurso de odio, más que como barreras de contención. “¿Cómo voy a denunciar si quien me llama puta y bollera es un profesor?”, se pregunta una alumna del Noroeste.

La situación se agrava en entornos rurales, donde el anonimato es menor y las consecuencias sociales del señalamiento, mayores. “Si en un pueblo te etiquetan de raro, estás perdido”, resume un joven de un instituto del Altiplano.

La infradenuncia no solo es estructural: es cultural. Los adolescentes no denuncian porque no confían, porque no saben que pueden hacerlo, o porque temen represalias.

Peor aún: muchos ni siquiera identifican como delito lo que han sufrido. Lo viven como algo inevitable.

En el caso murciano, se suman otros factores: entornos familiares conservadores, escasa diversidad en los contextos sociales, y una falta de referentes positivos visibles.

Redes sociales: acelerador de intolerancia

La adolescencia se vive hoy más en los móviles que en los parques. Instagram, TikTok, WhatsApp o YouTube se han convertido en canales privilegiados para la expansión del odio. Según el informe, el 74% de los mensajes discriminatorios que circulan entre jóvenes lo hacen a través de redes sociales.

Ahí el odio se vuelve viral. Tiene ritmo. Tiene filtros. Se disfraza de humor. Y el algoritmo sabe perfectamente qué contenido engancha más: el más radical, el que más polariza, el que más indigna. Las plataformas no están diseñadas para frenar la intolerancia, sino para capitalizarla.

La lógica es sencilla: cuanto más polémico o provocador el contenido, más visibilidad obtiene. Los algoritmos no premian la empatía, premian la reacción. Y el odio, hoy, reacciona bien.

“Me han llegado memes sobre personas trans, sobre musulmanes, sobre feministas… y todos decían lo mismo: ‘es solo una broma’.

¿Y la escuela?

La escuela debería ser el primer dique. Pero el informe revela que, en demasiadas ocasiones, es un escenario más del problema. En la Región de Murcia, la frecuencia de mensajes de odio dentro del aula supera la media nacional, especialmente hacia alumnas, personas racializadas, migrantes y jóvenes LGTBI.

Las autores del estudio lo dejan claro: no basta con declarar que el centro es inclusivo. Hace falta formar al profesorado, dotar de herramientas al alumnado, activar protocolos claros y garantizar que la diversidad no sea una anécdota en el currículo.

Lo que se puede cambiar

El estudio no es un epitafio, sino una llamada de urgencia. Propone medidas realistas: educación en diversidad, revisión de materiales escolares, implicación de las familias, formación obligatoria para docentes, campañas públicas. Nada que no se haya pedido antes. Pero que ahora tiene detrás un mapa. Datos. Testimonios. Y una certeza: el odio no es inevitable. Se aprende. Pero también se puede desaprender.

El informe plantea medidas concretas, tanto a nivel nacional como autonómico:

  • Formación obligatoria del profesorado en prevención de delitos de odio.
  • Inclusión de contenidos sobre diversidad, derechos humanos y convivencia en el currículo escolar.
  • Protocolos de detección, atención y actuación ante discursos y delitos de odio en los centros.
  • Campañas públicas para desmontar bulos y estereotipos.
  • Fortalecimiento de los canales de denuncia y acompañamiento a las víctimas.

Lo que está en juego

No hablamos solo de “niños siendo crueles”. Hablamos de vidas marcadas por la exclusión, la ansiedad, el silencio, la autonegación. De jóvenes que no se atreven a decir quiénes son. De aulas donde el miedo es norma. De redes sociales donde el insulto tiene más clics que la empatía.

Lo que este informe nos recuerda es que la adolescencia debería ser una etapa para descubrirse, no para esconderse. Y que si el odio se cuela en las aulas, en los hogares y en nuestros móviles, es porque no hemos hecho lo suficiente para frenarlo.

Mapeando la intolerancia juvenil no deja lugar para la duda. Ni para la indiferencia. En la Región de Murcia y en toda España, el odio no se combate con excusas. Se combate con educación, con acción política, con responsabilidad institucional y con una ciudadanía que no calle cuando alguien, al lado, empieza a agachar la cabeza.

El odio no empieza con una agresión física. Empieza con un comentario. Con una risa. Con una frase que nadie corrige. Si ese gesto no se cuestiona, se repite. Si se repite, se normaliza. Y si se normaliza, se convierte en estructura.

Los adolescentes están creciendo en un entorno donde ser diferente sigue teniendo un coste. Y eso, en pleno 2025, debería dolernos más que cualquier estadística. Porque cuando una alumna o alumno se sienta en clase y aprende que callar es más seguro que hablar, hemos fallado como sociedad.

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