UNICEF alerta: casi uno de cada cinco menores estudiados sufrió explotación o abuso sexual facilitado por la tecnología

UNICEF estima que unos 20 millones de menores de 12 a 17 años sufrieron en un año alguna forma de explotación o abuso sexual facilitado por la tecnología en los 21 países analizados; más de cuatro de cada diez no se lo contaron a nadie

El peligro no siempre llega de un desconocido escondido detrás de una pantalla. Puede ser un compañero, un amigo, una pareja sentimental o incluso alguien de la familia.

Y tampoco sucede necesariamente en un rincón oscuro de Internet. Puede empezar en Instagram, TikTok, WhatsApp, Snapchat, Facebook o incluso mientras un menor juega en línea.

Un nuevo informe de UNICEF pone cifras a una realidad difícil de ver precisamente porque una parte enorme permanece oculta.

Unos 20 millones de niños y adolescentes de entre 12 y 17 años de los 21 países analizados sufrieron, durante un solo año, al menos una forma de explotación o abuso sexual facilitado por la tecnología.

Es casi uno de cada cinco menores usuarios de Internet estudiados. Y posiblemente el dato más inquietante no sea ese. Es este: más de cuatro de cada diez no se lo contaron a nadie.

Y menos del 1 % de las experiencias llegó a conocimiento de la policía, un trabajador social o una línea de ayuda.

El informe se titula Through Children’s Eyes: How Digital Technologies Enable Child Sexual AbuseA través de los ojos de la infancia: cómo las tecnologías digitales facilitan el abuso sexual infantil– y fue publicado por UNICEF en septiembre de 2026.

Combina encuestas realizadas a cerca de 21.000 menores usuarios de Internet de 12 a 17 años con entrevistas en profundidad a 100 jóvenes que habían sufrido abusos durante su infancia.

¿Qué significa exactamente «abuso facilitado por la tecnología»?

Es importante aclararlo porque no se trata de una única conducta.

UNICEF utiliza este concepto para englobar las diferentes maneras en las que las tecnologías digitales pueden utilizarse para exponer a un menor a contenido sexual, solicitarle contenido, coaccionarle, extorsionarle, compartir imágenes sexuales o facilitar y amplificar abusos que pueden producirse tanto dentro como fuera de Internet.

Por tanto, no todo lo que contabiliza el informe responde a la misma situación ni tiene la misma gravedad.

Dentro de esos aproximadamente 20 millones de menores aparecen experiencias muy diferentes.

Más de 15 millones estuvieron expuestos a contenido sexual que no querían ver. Alrededor de 9 millones recibieron peticiones para mantener conversaciones sexuales o enviar imágenes sexuales contra su voluntad.

Y unos 4 millones habían sufrido la difusión de imágenes sexuales suyas sin consentimiento.

Detrás de las grandes cifras hay situaciones que pueden comenzar de una forma aparentemente cotidiana: un mensaje, una conversación privada, una petición de fotografía o el contacto de alguien que ya pertenece al entorno del menor.

El abuso ocurre en las plataformas que utilizan todos los días

Uno de los hallazgos más relevantes del informe rompe otra idea habitual: estos abusos no están concentrados necesariamente en páginas marginales o espacios poco conocidos de Internet.

Cerca del 60 % de los casos analizados se produjo en plataformas de redes sociales, entre ellas Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok y WhatsApp. Otro 14 % tuvo lugar en juegos en línea.

UNICEF pone el foco en las propias características de esas plataformas: herramientas de mensajería privada, posibilidad de abrir cuentas falsas y otras funciones que pueden ser aprovechadas para acercarse a los menores y ganarse su confianza.

Las diferencias entre países pueden ser muy grandes. En Montenegro, más del 80 % de los casos comunicados estuvieron relacionados con redes sociales. En Colombia, estas plataformas aparecieron vinculadas a más de la mitad de las experiencias detectadas.

La conclusión resulta incómoda porque desplaza el problema hacia lugares digitales absolutamente cotidianos.

Los mismos espacios en los que los adolescentes hablan con sus amigos, ven vídeos, comparten fotografías o pasan parte de su tiempo libre pueden convertirse también en el escenario del abuso.

El agresor muchas veces no es un desconocido

La imagen del adulto desconocido que utiliza un perfil falso para acercarse a un menor existe.

Pero no explica por sí sola lo que está ocurriendo. En los países analizados, el 57 % de los casos involucró a una persona que el menor ya conocía.

UNICEF incluye entre esas personas a otros niños y adolescentes, parejas sentimentales, amigos y miembros de la familia.

Es un dato importante porque cuestiona una de las ideas más extendidas sobre la seguridad infantil en Internet: que basta con enseñar a los menores a desconfiar de desconocidos.

En muchos casos no hay un extraño. Hay confianza previa.

Al mismo tiempo, el informe muestra la otra cara del problema: el 38 % de los menores tuvo su primer contacto con el agresor a través de Internet.

Aquí sí aparecen mecanismos como las cuentas falsas o los mensajes privados que permiten iniciar una relación que posteriormente puede derivar en abuso.

Son dos realidades que conviven. El agresor puede estar al otro lado del mundo. Pero también puede estar ya dentro del círculo social del menor.

Millones de menores guardan silencio

Si los abusos son difíciles de detectar, en buena medida es porque muchas víctimas no hablan.

Más del 40 % de las experiencias identificadas en la investigación nunca fueron contadas a nadie.

Ni a sus padres. Ni a sus amigos. Ni a profesores. Ni a profesionales. En algunos países el silencio fue todavía mayor. En Armenia, por ejemplo, más de la mitad de los casos no se revelaron a ninguna persona.

Y cuando se observa cuántos terminaron llegando a instituciones capaces de intervenir, la cifra cae casi hasta desaparecer. Menos del 1 % fue comunicado a la policía, a trabajadores sociales o a una línea de ayuda.

Según UNICEF, la razón mencionada con más frecuencia por quienes no pidieron ayuda fue especialmente sencilla y preocupante: no sabían a quién acudir ni dónde contar lo sucedido.

El informe plantea así otro problema. No basta con crear canales de denuncia. Los menores tienen que conocerlos, confiar en ellos y sentir que contar lo ocurrido no empeorará su situación.

Miedo, vergüenza, confusión y aislamiento

Las cifras permiten medir la extensión del fenómeno. Las entrevistas permiten acercarse a sus consecuencias. Los jóvenes que participaron en la investigación hablaron de miedo, vergüenza, confusión y aislamiento.

Muchos tuvieron dificultades incluso para entender qué les había ocurrido o para saber cómo reaccionar.

El informe encuentra además una relación muy preocupante entre haber sufrido estas experiencias y distintos problemas de bienestar emocional.

Los menores que habían sufrido explotación o abuso sexual facilitado por la tecnología presentaban una probabilidad cuatro veces mayor de tener pensamientos o conductas suicidas y también cuatro veces mayor de autolesionarse que quienes no habían sufrido esas experiencias. Los niveles de ansiedad eran aproximadamente 11 puntos porcentuales superiores.

En México y Macedonia del Norte, el riesgo de pensamientos o conductas suicidas era más de ocho veces superior entre quienes habían sufrido estas formas de abuso. En Pakistán, el riesgo de autolesión era más de siete veces mayor.

No es un estudio mundial y España no está incluida

Las cifras son enormes, pero deben interpretarse correctamente. El estudio no permite afirmar que uno de cada cinco menores del mundo haya sufrido estas experiencias. Tampoco permite decir que uno de cada cinco menores españoles las haya sufrido.

España no forma parte de los 21 países investigados.

La primera ronda del proyecto recogió datos principalmente entre 2020 y 2021 en Camboya, Etiopía, Indonesia, Kenia, Malasia, Mozambique, Namibia, Filipinas, Tanzania, Tailandia, Uganda y Vietnam.

La segunda, desarrollada en 2024 y 2025, incorporó Armenia, Brasil, Colombia, República Dominicana, México, Montenegro, Macedonia del Norte, Pakistán y Serbia.

Además, las encuestas se realizaron únicamente entre menores que utilizaban Internet.

Por ello, UNICEF especifica que los resultados son representativos de los menores usuarios de Internet de esos países, no necesariamente de toda su población infantil, una diferencia especialmente importante en aquellos lugares donde la conectividad es menor.

El trabajo forma parte de Disrupting Harm, un proyecto desarrollado conjuntamente por UNICEF, ECPAT International e INTERPOL.

UNICEF pide que la solución no consista simplemente en decir a los niños que tengan cuidado

Una de las ideas más claras del informe es que la responsabilidad de evitar estos abusos no puede recaer exclusivamente sobre los propios menores.

No basta con decirles que no hablen con desconocidos, que no envíen fotografías o que tengan cuidado con lo que publican.

UNICEF reclama que las propias plataformas digitales sean más seguras desde su diseño.

Entre las medidas propuestas están mejorar la privacidad infantil, dificultar que los adultos puedan establecer contactos no solicitados con menores, hacer más seguros los sistemas de recomendación y reforzar las herramientas para detectar y denunciar abusos.

También reclama leyes capaces de responder a formas nuevas de explotación, entre ellas la extorsión sexual y el material de abuso sexual generado mediante inteligencia artificial.

A los gobiernos les pide sistemas de protección, justicia, salud y servicios sociales que resulten accesibles y en los que los menores puedan confiar.

Y a familias, escuelas y comunidades, que sepan responder cuando un niño decide hablar.

La petición de UNICEF es especialmente relevante a la vista de uno de los grandes datos del informe: si cuatro de cada diez víctimas no cuentan nada y menos del 1 % llega a los canales institucionales, existe una enorme distancia entre sufrir el abuso y recibir ayuda.

El problema está también en cómo diseñamos el mundo digital

Durante años buena parte del debate sobre menores e Internet se ha centrado en cuánto tiempo pasan delante de una pantalla.

Este informe coloca otra cuestión sobre la mesa.

No solo importa cuánto utilizan las redes sociales, sino qué ocurre dentro de ellas, quién puede ponerse en contacto con ellos y qué herramientas ofrecen las plataformas a quienes quieren abusar de su confianza.

Los 20 millones de menores estimados por UNICEF no están describiendo un peligro hipotético. Hablan de experiencias ocurridas durante un solo año en los países estudiados. Más de 15 millones expuestos a contenido sexual que no querían recibir. Nueve millones presionados para mantener conversaciones sexuales o enviar imágenes. Cuatro millones que vieron cómo imágenes sexuales suyas eran compartidas sin permiso.

Y detrás de todas esas cifras aparece quizá la más difícil de aceptar. Muchos estaban solos cuando sucedió. Y muchos siguieron estándolo después. Porque más de cuatro de cada diez no se lo dijeron a nadie.

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