Puede tener 25 años, encontrarse perfectamente, no haber sufrido nunca un problema de corazón y, aun así, haber empezado a desarrollar aterosclerosis.
Sin dolor. Sin cansancio. Sin ningún aviso.
Ese es probablemente el dato más inquietante que deja REACT, uno de los mayores estudios realizados hasta ahora para observar cómo aparece la aterosclerosis a lo largo de la vida adulta.
Los investigadores examinaron a 16.808 personas de entre 18 y 70 años de España y Dinamarca que no tenían diagnosticada ninguna enfermedad cardiovascular aterosclerótica.
No les preguntaron simplemente si fumaban, cuánto colesterol tenían o cuál era su tensión arterial.
Miraron directamente sus arterias. Y encontraron placas de aterosclerosis en el 57,1 % de los participantes.
Pero el dato que cambia la perspectiva aparece mucho antes de llegar a la madurez: entre los jóvenes de 18 a 29 años, la enfermedad ya podía detectarse en aproximadamente una de cada 13 personas. En concreto, estaba presente en el 8,7 % de los hombres y el 6,7 % de las mujeres de ese grupo de edad.
A partir de ahí, la frecuencia aumentaba progresivamente hasta aparecer en alrededor de nueve de cada diez personas entre los 60 y los 70 años.
El estudio, publicado el 29 de agosto de 2026 en The New England Journal of Medicine, dibuja así algo parecido a un mapa de cómo la aterosclerosis va ocupando nuestras arterias a medida que cumplimos años.
Y plantea una pregunta incómoda: ¿estamos empezando a preocuparnos por nuestro corazón demasiado tarde?
Una enfermedad que puede trabajar durante décadas en silencio
La aterosclerosis está detrás de buena parte de los infartos de miocardio y los ictus.
Se produce cuando van apareciendo placas en las paredes de las arterias. Con el tiempo, esas lesiones pueden crecer, alterar el flujo sanguíneo y desencadenar complicaciones graves.
El problema es que este proceso puede desarrollarse durante muchos años sin producir síntomas.
Una persona puede sentirse sana y, sin embargo, tener ya enfermedad en sus arterias.
Precisamente por eso los investigadores hablan de aterosclerosis silenciosa o subclínica.
Hasta ahora, gran parte de la prevención cardiovascular se ha apoyado en calcular qué probabilidades tiene una persona de sufrir una enfermedad en los años siguientes.
Para hacerlo se tienen en cuenta factores como la edad, el sexo, el tabaco, la presión arterial o el colesterol.
REACT parte de una idea distinta.
En lugar de calcular únicamente la probabilidad de que la enfermedad aparezca, sus investigadores se preguntaron: ¿y si miramos directamente si ya está ahí?
“Hasta ahora, las decisiones preventivas se basaban en una estimación del riesgo, pero no sabíamos si la enfermedad ya estaba presente”, resume Henning Bundgaard, profesor de Cardiología del Rigshospitalet de Copenhague y uno de los responsables del proyecto.
Esa diferencia -estimar riesgo o buscar directamente la enfermedad- está en el centro de esta investigación.
Más de 16.000 personas y tres territorios arteriales
REACT está dirigido conjuntamente desde Dinamarca y España por Henning Bundgaard y por Borja Ibáñez, director científico del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares Carlos III (CNIC), cardiólogo del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz y jefe de grupo del CIBER de Enfermedades Cardiovasculares.
Para esta primera fase se reclutaron 16.808 adultos.
La edad media era de 45 años y el 51,4 % eran mujeres.
Una de las fortalezas del diseño es que los participantes se distribuyeron previamente por grupos de edad y con una presencia equilibrada de hombres y mujeres. De esta manera, los investigadores podían comparar qué ocurría en diferentes momentos de la vida adulta.
No se limitaron además a estudiar una única arteria.
Utilizaron ecografía vascular tridimensional para buscar placas en las arterias carótidas, situadas en el cuello, y en las femorales, en las piernas.
Para estudiar las arterias coronarias, las que llevan sangre al corazón, recurrieron a una angiografía por tomografía computarizada.
Eso permitió observar no solo si una persona tenía aterosclerosis, sino también dónde aparecía y cómo cambiaba su extensión con la edad.
A los veinte años, la aterosclerosis ya existe
El grupo más joven probablemente sea el que más llama la atención.
Entre los participantes de 18 a 29 años, el estudio detectó aterosclerosis en el 8,7 % de los hombres y el 6,7 % de las mujeres.
Dicho de otra manera: la inmensa mayoría de los jóvenes no tenía placas detectables, pero una minoría nada despreciable ya había empezado a desarrollar la enfermedad.
Y esas personas no habían acudido al estudio porque hubieran sufrido un infarto, un ictus o síntomas de enfermedad cardiovascular.
Precisamente habían sido seleccionadas entre adultos sin enfermedad aterosclerótica conocida.
En estas edades tempranas, las lesiones se encontraban sobre todo en arterias periféricas y habitualmente estaban limitadas a un único territorio vascular.
Con los años, la fotografía cambiaba.
Las placas aumentaban, aparecían en más territorios arteriales y el volumen total de aterosclerosis crecía de manera muy marcada.
El trabajo describe, de hecho, un aumento exponencial del volumen de placa asociado a la edad.
No se trata únicamente, por tanto, de que cada vez haya más personas con aterosclerosis.
Quienes la tienen a edades más avanzadas también tienden a presentar una enfermedad más extensa.
De uno de cada 13 jóvenes a nueve de cada diez mayores
Si los veinte años muestran el comienzo, las décadas siguientes dejan ver cómo se expande el proceso.
La prevalencia aumenta siguiendo una curva en forma de S. En el conjunto de participantes, el 57,1 % presentaba alguna placa. Y entre quienes tenían entre 60 y 70 años, la aterosclerosis aparecía ya en aproximadamente el 90 %.
Es importante interpretar bien este dato. Tener una placa no significa que esa persona vaya necesariamente a sufrir un infarto. El estudio tampoco establece que todas las lesiones tengan la misma gravedad ni el mismo riesgo.
Lo que demuestra es otra cosa: que el proceso aterosclerótico está extraordinariamente extendido mucho antes de que aparezca la enfermedad cardiovascular que reconocemos clínicamente.
La arteria puede llevar años cambiando antes de que el paciente sepa que existe un problema.
Los hombres empiezan antes
El estudio encuentra además una diferencia clara entre hombres y mujeres.
En los hombres, la aterosclerosis comienza a aumentar antes.
Según los investigadores, su trayectoria se encuentra aproximadamente entre cinco y diez años adelantada respecto a la de las mujeres. Eso no significa que ellas estén protegidas. Significa que la curva se comporta de otra manera.
Durante las primeras décadas adultas, las mujeres muestran menos aterosclerosis que los hombres de su misma edad. Pero después ocurre algo muy llamativo.
En las mujeres, el aumento se acelera en la mitad de la vida
Entre aproximadamente los 40 y los 60 años, la prevalencia de aterosclerosis en las mujeres experimenta una subida especialmente pronunciada.
Es un periodo que coincide, de manera general, con la transición a la menopausia.
El estudio no demuestra que la menopausia sea la causa directa de ese aumento y conviene no dar ese salto.
Lo que los investigadores observan es una coincidencia temporal entre esa etapa vital y una aceleración importante de la aterosclerosis femenina.
Para el equipo de REACT, este patrón refuerza la necesidad de estudiar estrategias de prevención cardiovascular diferentes según el sexo y el momento de la vida.
El propio CNIC tiene en marcha una línea específica para analizar la aterosclerosis en las mujeres.
Hasta ahora, buena parte de la percepción social sobre el riesgo cardiovascular femenino ha estado condicionada por la idea de que las mujeres sufren menos enfermedad que los hombres.
REACT matiza mucho esa imagen. La enfermedad aparece más tarde, pero cuando llega determinada etapa de la vida, la diferencia se estrecha rápidamente.
La aterosclerosis no es solo una enfermedad del corazón
Otro resultado ayuda a entender mejor cómo se comporta esta enfermedad.
Cuando pensamos en aterosclerosis solemos imaginar inmediatamente las arterias coronarias.
Pero REACT demuestra que el proceso es sistémico.
Es decir, puede afectar simultáneamente a diferentes territorios del organismo.
La mayoría de las personas que tenían aterosclerosis en las arterias coronarias presentaban también placas en las arterias del cuello o de las piernas.
En cambio, encontrar aterosclerosis exclusivamente en las coronarias era poco frecuente.
En todos los grupos de edad, la enfermedad coronaria aislada no superó el 9,3 % de los hombres ni el 5 % de las mujeres.
Este dato tiene una consecuencia práctica que interesa especialmente a los investigadores.
Las arterias carótidas y femorales se pueden estudiar mediante ecografía.
Y una ecografía es mucho más sencilla que realizar una tomografía computarizada del corazón.
¿Una ecografía del cuello para saber cómo están nuestras arterias?
Aquí aparece una de las propuestas más ambiciosas de REACT. Los investigadores plantean que en el futuro podría utilizarse la ecografía vascular para detectar aterosclerosis precozmente.
Un ecógrafo portátil permitiría observar las arterias carótidas y femorales sin realizar una prueba invasiva.
Borja Ibáñez sostiene que estas herramientas podrían llegar a incorporarse al cribado cardiovascular desde edades tempranas.
Pero hay que separar claramente la hipótesis de lo que ya está demostrado.
REACT ha demostrado que las placas pueden encontrarse mediante imagen y que están presentes en muchas personas consideradas aparentemente sanas.
Todavía no ha demostrado que someter a la población a este tipo de cribado reduzca los infartos, los ictus o la mortalidad.
Esa es precisamente la siguiente pregunta que el proyecto pretende responder.
Y es una diferencia fundamental.
Detectar más enfermedad no siempre significa necesariamente mejorar la salud de la población. Para justificar un programa de cribado hay que demostrar que localizar esas placas antes permite intervenir de una forma que produzca mejores resultados clínicos. Eso todavía está por comprobar.
El problema de calcular el riesgo cuando se es joven
Los resultados ponen también el foco sobre las herramientas que utilizamos actualmente para calcular el riesgo cardiovascular.
Un joven puede tener buenos resultados en una escala de riesgo precisamente porque es joven.
La edad pesa mucho en esos cálculos.
Por eso una persona de 30 años puede presentar un riesgo relativamente bajo de sufrir un problema cardiovascular en los siguientes diez años y, sin embargo, haber empezado ya a desarrollar aterosclerosis.
Saber que existe una placa no es lo mismo que saber qué ocurrirá con ella
Aquí conviene introducir una de las grandes cautelas del estudio.
La primera publicación de REACT ofrece esencialmente una fotografía de la aterosclerosis en diferentes edades.
Observa personas de 18, 30, 40, 50 o 60 años y compara lo que encuentra en sus arterias.
Eso permite reconstruir cómo cambia la enfermedad a lo largo de la vida a escala poblacional.
Pero no significa que los investigadores hayan seguido todavía a una misma persona desde los 20 hasta los 70 años observando cómo crecen sus placas.
Por tanto, cuando se habla de progresión con la edad, se describe el patrón observado entre diferentes grupos de edad.
La investigación tendrá que continuar para saber cómo evoluciona la enfermedad en cada individuo y, sobre todo, qué sucede cuando se interviene de manera temprana.
REACT quiere dar ahora el siguiente paso
El proyecto está concebido para desarrollarse durante varios años.
La primera fase, REACT-DETECT, comenzó en 2024 y es la que está permitiendo cartografiar la aterosclerosis silenciosa.
La siguiente, denominada REACT-PROTECT, está prevista entre 2027 y 2032, siempre que se obtenga la financiación necesaria. Y ahí llegará la prueba decisiva.
Los investigadores pretenden realizar un gran ensayo clínico aleatorizado para comparar dos estrategias de prevención.
Por un lado, el sistema actual basado fundamentalmente en factores de riesgo.
Por otro, una estrategia en la que las decisiones preventivas también se apoyen en detectar directamente la aterosclerosis mediante técnicas de imagen.
Entonces podrán saber si descubrir una placa antes y actuar en consecuencia consigue realmente reducir infartos, ictus y otros acontecimientos cardiovasculares.
Hasta que no exista esa respuesta, REACT no puede utilizarse para afirmar que toda persona joven debería someterse a una ecografía vascular.
Lo que sí demuestra esta primera fase es que la aterosclerosis puede empezar mucho antes de lo que sugieren sus manifestaciones clínicas.
Un cambio de mirada: prevenir cuando todavía no duele
Tal vez la aportación más importante del estudio no sea únicamente ese uno de cada 13 jóvenes.
Es el cambio de perspectiva. Durante mucho tiempo hemos asociado la enfermedad cardiovascular con la segunda mitad de la vida.
El infarto llega a los 50, los 60 o los 70 años y tendemos a situar ahí el problema.
Pero la placa que termina provocando una complicación no aparece necesariamente el día anterior.
Puede haber comenzado muchos años antes.
REACT muestra que, en una parte de la población, esa historia ya ha arrancado antes de cumplir los 30.
Al principio suele afectar a un único territorio. Después se hace más frecuente. Con la edad aumenta el volumen de las placas. Y aparecen cada vez más arterias afectadas.
La enfermedad que un día puede manifestarse de forma brusca lleva, en realidad, mucho tiempo escribiéndose en silencio.
La pregunta que ahora intenta responder la medicina cardiovascular es si podemos encontrarla suficientemente pronto como para cambiar ese final.