La última noche de las Trece Rosas: las voces que el franquismo no pudo silenciar

Un estudio del historiador Fernando Hernández Holgado reconstruye los testimonios de las presas de la cárcel de Ventas que conservaron durante décadas el recuerdo de las trece jóvenes fusiladas el 5 de agosto de 1939

Ana López Gallego no quería que fueran a buscarla mientras dormía. Aquella noche permaneció despierta y cosiendo en la cárcel de Ventas. Sabía que, cuando se abría una puerta a determinadas horas y una funcionaria pronunciaba un nombre, podía significar que había llegado el momento de morir. Esperó. Pasó la hora en la que habitualmente se producían las sacas y, por un instante, debió de pensar que aquella vez no irían a por ella.

Entonces se acostó. Poco después, la puerta volvió a abrirse.

Esta escena, conservada por las mujeres que compartieron prisión con ella, forma parte de las memorias que el historiador Fernando Hernández Holgado analiza en «Mitos y memorias. Una arqueología del mito martirial y de las memorias subterráneas de las “Trece Rosas”», publicado en Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, de la Universidad de Alicante.

El artículo no estudia únicamente cómo las Trece Rosas se convirtieron en un símbolo de la represión franquista. Se adentra también en un territorio más íntimo: el de las presas que presenciaron su última noche, las ayudaron a prepararse para salir de la cárcel y conservaron durante décadas el recuerdo de lo sucedido.

Antes del mito estuvieron ellas. Las mujeres que miraron. Las mujeres que escucharon. Las mujeres que recordaron.

Una puerta que se abre de madrugada

Las trece jóvenes habían sido recluidas en la prisión de mujeres de Ventas, en Madrid. Siete eran menores de 21 años, la mayoría de edad legal de la época, y por eso eran conocidas en la cárcel como «las menores«.

No pasaron su última noche todas juntas. Algunas se encontraban en la galería de menores y otras permanecían repartidas por diferentes dependencias de una prisión masificada.

En la madrugada del 5 de agosto de 1939, una funcionaria comenzó a llamarlas.

Carmen Machado recordó el momento en el que fueron a buscar a Martina Barroso, Victoria Muñoz y Ana López Gallego. Ana comprendió lo que estaba ocurriendo y pidió que no despertaran bruscamente a sus compañeras: ella misma se encargaría de hacerlo.

Victoria pensó en su madre. Su hermano había sido fusilado pocos días antes y ahora ella iba a correr la misma suerte. No habló únicamente de su propia muerte, sino del dolor que aquella segunda ejecución causaría en su casa.

Son detalles mínimos frente a la enormidad de lo que estaba sucediendo. Pero son precisamente esos detalles los que impiden que la historia quede reducida a una fecha, una cifra o una consigna.

Una mujer que piensa en su madre. Otra que intenta no despertar de golpe a sus compañeras. Otra que ha pasado la noche cosiendo para que la muerte no la encuentre dormida.

Las manos que temblaban

Las presas ayudaron a las jóvenes a vestirse. Josefina Amalia Villa, enfermera y militante comunista, recordó años después aquella escena. Las manos de las mujeres que las ayudaban temblaban más que las de las condenadas.

Ana López Gallego terminó de arreglarse y preguntó si llevaba bien puestas las medias.

La pregunta parece pertenecer a una mañana cualquiera: una joven que consulta a otra si está correctamente vestida antes de salir. Pero aquella madrugada no iban a llevarla a una visita, a un interrogatorio ni a un juicio. Iban a sacarla de la cárcel para fusilarla.

La trivialidad del gesto vuelve la escena todavía más dolorosa. Las medias derechas. El vestido bien colocado. El pelo arreglado. La apariencia de normalidad conservada durante unos minutos frente a una muerte ya decidida.

Hernández Holgado utiliza estos testimonios para estudiar lo que denomina las «memorias subterráneas» de las Trece Rosas: recuerdos que no ocuparon durante años el espacio público, pero que siguieron circulando entre las antiguas presas, sus familias y las redes de militancia y solidaridad.

No eran relatos construidos desde la distancia. Nacieron dentro de la cárcel, entre mujeres que habían conocido a las condenadas o que habían contemplado directamente las horas anteriores a su ejecución.

Trece cartas antes del amanecer

Antes de abandonar la prisión, las condenadas pudieron escribir sus últimas cartas.

María Lacrampe, enfermera socialista que estuvo con ellas en la capilla, dejó una de las imágenes más poderosas recuperadas por el estudio. Recordó a las jóvenes inclinadas sobre el papel, concentradas en sus despedidas como colegialas que estuvieran haciendo sus deberes. Escribían a sus padres, a sus madres, a sus hermanos, a sus hijos.

Intentaban dejar unas últimas palabras cuando ya no quedaban palabras capaces de explicar lo que estaba ocurriendo.

La escena une dos mundos incompatibles: el de unas muchachas que escriben con aplicación y el de un Estado que se dispone a ejecutarlas al amanecer.

Entre aquellas cartas se encontraba la que Julia Conesa dirigió a su familia y cuya última frase terminaría convirtiéndose en una de las expresiones más conocidas vinculadas a las Trece Rosas: el deseo de que su nombre no se borrara de la historia.

Pero antes de transformarse en una frase pública, aquellas cartas fueron objetos privados. Pedazos de papel escritos por mujeres que se despedían de quienes amaban. La memoria comenzó también allí: en la necesidad de dejar algo detrás.

Un bordado escondido

No solo sobrevivieron las palabras. Juana Corzo, conocida como Juanita, conservó clandestinamente un bordado confeccionado por Dionisia Manzanero. Lo guardó durante años como quien protege una parte de la persona que lo hizo.

Un bordado es un objeto humilde. No está concebido para explicar la Historia. No lleva fechas solemnes ni proclamas políticas. Está hecho de tela, hilo, paciencia y tiempo. Precisamente por eso posee una fuerza especial.

Mientras el relato público de las Trece Rosas tardaba en construirse, aquel objeto permanecía escondido. Había pasado por las manos de una de las jóvenes fusiladas y se convertía, sin necesidad de palabras, en una prueba de su existencia. Dionisia había estado allí. Había tocado aquella tela. Había elegido los hilos. Había dejado unas puntadas. El franquismo pudo matarla, pero aquellas puntadas atravesaron los años.

El poema que dio nombre a las rosas

En la cárcel nació también un poema.

La maestra Rafaela González Quesada, conocida como Rafita, escribió Cuando mueren las estrellas en torno a la ejecución de las trece jóvenes. El texto utilizaba la imagen de las rosas para recordarlas y constituye uno de los primeros testimonios de la denominación con la que acabarían entrando en la memoria colectiva.

El poema logró salir de España y llegar a París a través de Juan Cristóbal, hermano de Rafaela. De ese modo, el recuerdo de las jóvenes comenzó a circular fuera de las fronteras de la dictadura.

La metáfora era poderosa: trece rosas segadas, jóvenes, inocentes, convertidas en emblema del sufrimiento y el sacrificio.

Pero el artículo de Hernández Holgado invita a mirar también lo que la metáfora puede ocultar.

Porque una rosa no tiene biografía. No tiene familia. No cose para permanecer despierta. No pregunta si lleva bien colocadas las medias. No piensa en el dolor de su madre. Las trece sí.

La fabricación de un símbolo

El estudio distingue entre dos corrientes de memoria. Por un lado, la narración que fue elaborándose en el exilio comunista y que convirtió a las Trece Rosas en un mito martirial: un símbolo colectivo de juventud, inocencia, heroísmo y resistencia antifranquista.

Por otro, las memorias surgidas dentro de la cárcel de Ventas. Eran relatos más fragmentarios y menos solemnes, pero también más próximos a la experiencia vivida. Conservaban gestos, conversaciones, objetos y detalles personales.

La prensa comunista del exilio no comenzó a prestar una atención continuada al caso inmediatamente después de los fusilamientos. El relato fue desarrollándose con los años, hasta adquirir una forma política y simbólica reconocible.

Las antiguas presas, en cambio, no necesitaban construir un emblema. Habían conocido a las jóvenes.

Para ellas no eran únicamente mártires. Eran compañeras.

Esa diferencia es esencial en la investigación de Hernández Holgado. El mito contribuyó a impedir el olvido, pero también tendió a fundir trece vidas distintas en una sola imagen. La memoria de las presas devolvía a esas vidas parte de su individualidad.

Tomasa Cuevas: una grabadora contra el olvido

Durante la dictadura, gran parte de estos testimonios permaneció confinada al ámbito privado. Las antiguas presas los compartían entre ellas, los transmitían a personas cercanas y mantenían viva una memoria que no tenía acceso a los medios de comunicación, las instituciones ni los libros de historia.

Décadas después, Tomasa Cuevas desempeñó un papel decisivo.

Antigua presa política, recorrió España con una grabadora para recoger los testimonios de otras mujeres encarceladas por el franquismo. Escuchó relatos que llevaban años encerrados en cocinas, salones familiares y encuentros de antiguas compañeras.

Gracias a ese trabajo, muchas de aquellas voces pasaron de la conversación privada a la memoria escrita.

Cuevas no se limitó a reunir información. Rescató tonos de voz, silencios, vacilaciones y recuerdos que quizá habrían desaparecido con sus protagonistas. Las mujeres que habían permanecido fuera del relato oficial comenzaron a narrar su propia historia. Entre esas memorias estaban las de quienes vieron marcharse a las Trece Rosas.

Recordar sin convertirlas en estatuas

Con el paso de los años, las Trece Rosas han inspirado novelas, películas, homenajes, placas y monumentos. Su historia se ha convertido también en un espacio de disputa política.

El artículo advierte de la aparición de nuevos mitos y contramitos: desde la idealización que borra la complejidad de sus trayectorias hasta los intentos de desacreditarlas o responsabilizarlas de hechos que no cometieron.

La investigación histórica exige algo más difícil que venerar o condenar: reconstruir. Separar los hechos de las apropiaciones posteriores. Comprender cómo se formó el símbolo. Escuchar a quienes estuvieron allí. Y devolver a las protagonistas su dimensión humana.

Las Trece Rosas no necesitan ser figuras perfectas para que su muerte resulte injusta ni para que su historia merezca ser recordada. Fueron mujeres jóvenes, con militancias, familias, trabajos, afectos y circunstancias diferentes, sometidas a un proceso represivo y ejecutadas en los primeros meses de la dictadura franquista. Reducirlas a una estampa hermosa puede ser otra manera de alejarlas.

Lo que sobrevivió

Aquella madrugada, las puertas de la cárcel de Ventas se cerraron detrás de ellas.

Las trece fueron trasladadas a las inmediaciones del cementerio del Este, hoy cementerio de La Almudena, y fusiladas junto a 43 hombres.

El régimen pretendía acabar con sus vidas y borrar lo que representaban. Sin embargo, no pudo controlar todo lo que quedó dentro de la prisión. No pudo impedir que una presa recordara a Ana cosiendo para no dormirse. No pudo borrar las manos que ayudaron a vestirlas. No pudo hacer desaparecer la pregunta sobre unas medias. No pudo silenciar a Victoria pensando en su madre. No pudo destruir todas las cartas. No pudo deshacer las puntadas del bordado de Dionisia. No pudo evitar que un poema atravesara la frontera.

Durante décadas, esas pequeñas escenas permanecieron bajo tierra, guardadas por mujeres que sabían que recordar también era una forma de resistencia.

Antes de convertirse en mito, las Trece Rosas fueron trece compañeras a las que otras presas vieron salir una madrugada.

Y mientras alguien siguiera contando cómo se vistieron, qué dijeron, qué escribieron y quiénes fueron, el propósito último de sus verdugos -borrarlas- nunca llegaría a cumplirse.

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