López Miras debe dar la cara

Demasiadas mentiras para seguir diciendo que no sabían nada. López Miras debe dar la cara y asumir responsabilidades políticas

La trama de las prótesis ya no puede despacharse como un fraude cometido por unos cuantos empleados que engañaron al Servicio Murciano de Salud. No estamos ante una factura equivocada, una irregularidad aislada ni un fallo puntual de los controles.

Estamos ante una red que pudo actuar durante años, moverse por distintos niveles de la sanidad regional y extender su actividad a cinco hospitales. Una trama en la que se investiga la compra y facturación de material sanitario con sobreprecios desorbitados, productos que no se correspondían con los que aparecían en las cuentas, prótesis caducadas y documentos incapaces de aclarar qué se colocó realmente a algunos pacientes.

Y mientras crecen las preguntas, el Gobierno de Fernando López Miras hace lo de siempre: negar, minimizar, ganar tiempo y esperar que el escándalo acabe enterrado bajo la siguiente noticia.

La versión oficial resulta demasiado cómoda. El Gobierno regional no sabía nada. El Servicio Murciano de Salud fue engañado. La Administración descubrió el fraude. Los controles funcionaron. Y no hay responsabilidades políticas porque, hasta ahora, ningún consejero aparece investigado por un juez.

Pero gobernar no consiste únicamente en no cometer delitos. Gobernar es controlar el dinero público. Vigilar los contratos. Proteger a los pacientes. Escuchar las alertas. Saber qué ocurre en los hospitales que dependen de ti. Y actuar antes de que una trama se lleve millones de euros y deje a personas preguntándose qué les implantaron dentro de su cuerpo.

Si no lo sabían, no estaban gobernando

La operativa investigada se habría prolongado entre 2018 y 2025. Siete años.

Siete años de facturas, pedidos, intervenciones quirúrgicas, informes clínicos, hojas de implantes y pagos. Siete años durante los que determinados productos habrían sido registrados con códigos que no se correspondían con el material realmente utilizado. Siete años de sobrecostes que, en algunos casos, alcanzaban cifras disparatadas. Siete años en los que el perjuicio económico pudo acercarse a los siete millones de euros.

No estamos hablando de una aguja ni de una caja de guantes que desapareció de un almacén. Estamos hablando de prótesis vasculares, stents y material que se introduce en el cuerpo de una persona.

Y ahora el Gobierno regional pretende que aceptemos que nadie vio nada.

Puede que López Miras no conociera cada factura. Puede que un consejero no supiera qué stent se utilizaba en una operación concreta. No es eso lo que se les exige. Lo que se les exige es que expliquen cómo pudo funcionar durante tanto tiempo una trama dentro del sistema que ellos dirigen.

Porque solo hay dos posibilidades. Si no sabían nada, el descontrol era absoluto. Si lo sabían y no actuaron, la situación es todavía más grave. En ninguno de los dos casos pueden presentarse como simples víctimas.

El Gobierno de la Región de Murcia no es una empresa ajena al Servicio Murciano de Salud. El SMS depende de la Consejería de Salud. Sus responsables son nombrados por el poder político. Sus sistemas de compras, sus presupuestos y sus controles están bajo la responsabilidad del Ejecutivo regional.

López Miras no puede hablar del SMS como si la trama hubiera ocurrido en una institución remota sobre la que su Gobierno no tenía ninguna autoridad.

Hubo advertencias

Tampoco es cierto que el caso apareciera de repente. Hubo informes internos. Hubo avisos sobre el aumento del gasto. Hubo responsables de gestión que alertaron de irregularidades en la compra de implantes, de problemas de trazabilidad y de posibles riesgos para los pacientes.

En el Hospital Virgen de la Arrixaca se advirtió de que algunos productos podían estar siendo utilizados y después facturados bajo códigos diferentes. Es decir, una cosa era lo que figuraba en la documentación clínica, otra lo que aparecía en los registros administrativos y otra la que terminaba pagando el Servicio Murciano de Salud.

Esto no solo podía encarecer artificialmente el producto. También podía impedir saber con seguridad qué prótesis llevaba cada paciente. Las alertas existieron.

Por eso las preguntas son inevitables: ¿quién recibió esos informes?, ¿quién los leyó?, ¿hasta dónde llegaron?, ¿qué medidas se adoptaron?, ¿por qué la operativa pudo continuar?, ¿quién decidió que no era necesario intervenir antes?

El Gobierno no puede limitarse a repetir que fue la propia Administración la que acabó denunciando el caso. Descubrir un fraude después de años no convierte automáticamente en eficaces los controles que permitieron que creciera.

Apagar un incendio cuando el edificio ya está ardiendo no demuestra que el sistema contra incendios funcionara.

No es solo dinero: hay personas que no saben qué llevan dentro

El Gobierno regional ha intentado reducir la trama a un fraude económico. Según ese relato, el SMS habría pagado de más, pero los pacientes no habrían sufrido consecuencias.

Es una forma de alejar el caso de los quirófanos y llevarlo a una hoja de cálculo. Pero detrás de cada prótesis hay una persona.

Hay pacientes que entraron en un hospital confiando en que todo el material utilizado estaba controlado, identificado y en condiciones. Personas que dieron su consentimiento para una operación sin imaginar que, años después, tendrían que preguntarse si el dispositivo que llevan dentro estaba caducado, si era realmente el que figuraba en su historial o si alguien manipuló los registros para cobrar otro producto.

La UDEF ha detectado productos caducados y contradicciones entre informes de alta, partes quirúrgicos, hojas de implante y facturas. En algunos casos, la documentación no permite determinar con seguridad qué material se utilizó. Eso es gravísimo.

La trazabilidad no es un trámite inventado para llenar formularios. Es lo que permite localizar a un paciente cuando aparece un problema con un lote. Es lo que permite saber quién fabricó una prótesis, cuándo caducaba y qué medidas deben adoptarse si existe una alerta.

Sin trazabilidad, el paciente queda a oscuras. No sabe exactamente qué lleva dentro. No sabe si debe preocuparse. No sabe a quién creer. Y no sabe por qué nadie le llamó antes para darle explicaciones.

Los pacientes han tenido que organizarse porque la Administración no les daba respuestas

El dato más humano de este escándalo es también uno de los más duros: los pacientes han terminado organizándose por su cuenta.

Se ha creado una asociación de afectados por la trama de las prótesis. No porque esas personas quisieran convertirse en activistas ni porque buscaran protagonismo. Se han unido porque sienten miedo, incertidumbre y abandono.

Quieren acceder a sus historiales. Quieren conocer el número de lote del material que les implantaron. Quieren saber si estaba caducado, si había sido correctamente autorizado, si se pagó otro producto distinto o si sus documentos clínicos coinciden con las facturas.

En definitiva, quieren algo tan básico como saber qué llevan en su propio cuerpo.

La frase pronunciada por los afectados -“no sabemos lo que llevamos dentro”- debería perseguir al Gobierno regional cada vez que intenta reducir el caso a una cuestión de dinero. Porque ahí está el verdadero escándalo.

No solo en los millones presuntamente defraudados. No solo en los contratos o en los códigos falsos. El escándalo está en que haya pacientes que se hayan enterado por la prensa y por la Policía de que la prótesis que les implantaron puede estar bajo sospecha.

Personas que han pasado por intervenciones graves, que viven con miedo a una trombosis, a una complicación o a tener que volver al quirófano, y que ahora cargan además con una duda que nadie debería soportar: la de no saber si el sistema sanitario les protegió o los utilizó como la última pieza de un negocio.

Ya existe una primera reclamación patrimonial. Un paciente pide 150.000 euros después de conocer que el stent que le implantaron en marzo de 2022 habría caducado el mes anterior. Después tuvo que someterse a nuevas operaciones.

Será la investigación la que determine si existe relación entre ese dispositivo y sus problemas posteriores. Pero hay algo que no necesita sentencia: ese paciente tenía derecho a saber qué material recibió y en qué condiciones.

No cuatro años después. No porque lo descubriera una investigación policial. No después de leerlo en los periódicos. Tenía derecho a saberlo desde el primer día.

Cinco hospitales: la excusa del caso aislado se derrumba

La investigación sobre la posible presencia de la trama en cinco hospitales cambia la dimensión del escándalo.

Es importante ser precisos: que la UDEF investigue cinco centros no significa que todos sus profesionales estén implicados ni que se hayan acreditado las mismas irregularidades en cada hospital. Pero sí significa que ya no puede hablarse de un pequeño foco aislado.

La trama pudo moverse por distintos centros. Pudo aprovechar las derivaciones a hospitales privados. Pudo penetrar en los sistemas de compra y facturación. Pudo contar con ayuda en diferentes escalones administrativos y sanitarios.

Eso exige una investigación política seria, pública y completa. No una comparecencia llena de frases preparadas. No una nota de prensa. No un “confiamos en la Justicia”. No un cambio de consejero para que todo siga igual.

Isabel Ayala no puede declararse ajena a lo ocurrido

Fernando López Miras eligió como consejera de Salud a Isabel Ayala, que había sido gerente del Servicio Murciano de Salud durante parte del periodo investigado. El nombramiento resulta difícil de entender.

Si Ayala dirigía el SMS, debe explicar cómo pudo mantenerse una operativa de estas dimensiones sin que la cúpula detectara a tiempo lo que estaba pasando.

Y si el Gobierno sostiene que la gerente no tenía forma de conocerlo ni de impedirlo, cabe preguntar qué méritos de control y gestión justifican que ahora dirija toda la sanidad regional.

En cualquier Administración normal, un escándalo de este tamaño abriría un debate sobre quién vigilaba, quién falló y quién debe marcharse.

En la Región de Murcia, los fallos de gestión no suelen conducir a una dimisión. A veces conducen a un ascenso.

El Gobierno cambió de consejero, pero se negó a reconocer que el relevo estuviera relacionado con la trama. No hubo asunción de responsabilidades. No hubo una explicación completa. No hubo una disculpa clara a los pacientes. Se cambiaron algunos nombres para evitar cambiar la política.

El PP no quiere una comisión que pueda incomodarlo

La actitud del Partido Popular en la Asamblea Regional termina de revelar sus intenciones.

La oposición pidió una comisión de investigación específica sobre la trama de las prótesis. El PP no ha accedido. También se intentó que la comisión ya existente sobre derivaciones a la sanidad privada abordara de lleno este caso. El Partido Popular limitó su objeto e impidió que se convirtiera en una investigación integral sobre la trama.

El mensaje es evidente: el PP dice que quiere saber qué ocurrió, pero no permite que el Parlamento investigue con todas sus herramientas. Prefiere dejarlo todo en manos del juzgado.

Y no porque confíe más en la Justicia, sino porque una causa judicial ofrece al Gobierno una excusa perfecta para callar. Secreto de las actuaciones. Respeto a la investigación. Presunción de inocencia. Imposibilidad de facilitar documentos.

Pero la responsabilidad política no depende de una condena penal.

Un consejero puede no haber cometido un delito y ser responsable de un descontrol monumental. Un gerente puede no haberse llevado un euro y tener que explicar por qué no detectó un fraude sostenido bajo su mando. Un presidente puede no haber firmado una sola factura y, aun así, responder por la falta de controles de su Gobierno.

La Justicia deberá averiguar quién cometió delitos. La Asamblea Regional debe averiguar por qué la Administración no protegió el dinero público ni garantizó la seguridad y la trazabilidad de los implantes.

Impedir esa investigación parlamentaria no protege la presunción de inocencia. Protege al Gobierno de las preguntas.

Tapar también es cansar a la gente

Un escándalo no se tapa únicamente destruyendo papeles. También se tapa quitándole importancia. Se tapa hablando solo de fraude económico. Se tapa negando una comisión de investigación. Se tapa retrasando las explicaciones. Se tapa escondiéndose detrás del juzgado. Se tapa respondiendo con tecnicismos hasta que la gente se cansa.

Y se tapa esperando que llegue agosto, que cambie el ciclo informativo y que los pacientes se queden solos con sus dudas. Eso es lo que el Gobierno de López Miras parece estar haciendo.

Pero este caso no puede cerrarse con una operación de comunicación. Hay personas que necesitan respuestas. Hay profesionales honestos que no merecen trabajar bajo una sospecha general. Hay empleados públicos que dieron la voz de alarma. Y hay millones de euros que salieron de una sanidad que siempre dice no tener suficiente dinero para reducir las listas de espera, contratar profesionales o mejorar la atención.

Cada euro desviado era dinero de los pacientes. Cada informe ignorado fue una oportunidad perdida para detener la trama. Cada producto sin trazabilidad puso a una persona en riesgo. Y cada negativa a investigar hace más difícil creer que el Gobierno esté interesado en conocer toda la verdad.

López Miras debe dar la cara

Fernando López Miras debe comparecer y explicar qué sabía su Gobierno, cuándo lo supo y qué hizo.

Debe publicar una cronología completa de los avisos recibidos. Debe facilitar una auditoría independiente. Debe permitir una comisión de investigación sin límites impuestos por el PP. Debe garantizar que cada paciente reciba información individual, comprensible y completa sobre el material que le fue implantado.

Y debe asumir responsabilidades políticas.

Porque después de siete años de posibles irregularidades, cinco hospitales bajo investigación, millones de euros presuntamente defraudados, productos caducados, documentos contradictorios y pacientes organizándose para descubrir qué llevan dentro, ya no basta con repetir que nadie sabía nada.

Si nadie sabía nada, el Gobierno no controlaba la sanidad que tenía la obligación de dirigir. Y si alguien sabía, pero decidió callar, estamos ante algo mucho peor. En ambos casos, López Miras debe responder.

No ante un juez, salvo que la investigación determine otra cosa. Ante los ciudadanos. Ante los profesionales sanitarios. Y, sobre todo, ante esos pacientes a quienes el sistema operó, facturó y después dejó solos con el miedo.

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