La denominada mancha blanca del Mar Menor no es únicamente una alteración del color del agua. La acumulación de partículas de carbonato cálcico que mantiene una extensa zona de la laguna permanentemente turbia ha provocado la desaparición completa de la vegetación submarina en su núcleo y una profunda simplificación de las comunidades de peces.
Es la principal conclusión de una investigación desarrollada por científicos del Instituto Español de Oceanografía, perteneciente al CSIC, y de la Universidad de Murcia. El trabajo proporciona, según sus autores, la primera evidencia empírica a escala mundial de que un episodio persistente de whiting -el término científico empleado para este tipo de manchas blanquecinas- puede desencadenar cambios ecológicos sustanciales en una laguna costera.
La investigación, publicada en la revista científica Marine Pollution Bulletin, describe un fenómeno excepcional por su duración. La mancha comenzó en 2022 y se ha mantenido activa y espacialmente estable durante más de tres años. Los episodios de este tipo estudiados hasta ahora suelen durar desde unas horas hasta varios días y, en circunstancias favorables, algunas semanas.
En el Mar Menor, sin embargo, la turbidez se ha convertido en una perturbación crónica.
Los investigadores sostienen que esta persistencia ha reducido la cantidad de luz que alcanza el fondo, ha favorecido la deposición continuada de partículas de calcita sobre la vegetación y ha terminado por transformar las praderas submarinas en fondos desnudos, de menor complejidad ecológica.
La alteración afecta a unos 12,3 kilómetros cuadrados, aproximadamente el 9% de toda la superficie del Mar Menor. Dentro de esa extensión, los científicos han identificado un núcleo de 6,7 kilómetros cuadrados en el que la vegetación submarina ha desaparecido completamente.
Un agua de apariencia lechosa
Los episodios de whiting se producen cuando partículas muy finas de carbonato quedan suspendidas en la columna de agua. Esa concentración de materiales minerales confiere a la superficie un tono blanquecino o azul lechoso que puede llegar a ser detectado desde los satélites.
Este tipo de fenómeno se ha documentado en lagos, lagunas costeras y plataformas marinas de distintas partes del mundo, especialmente en las Bahamas, el golfo Pérsico y algunas zonas de Florida. Hasta ahora, sin embargo, se consideraba que su relevancia ecológica era limitada debido a su carácter generalmente breve.
El caso del Mar Menor contradice esa percepción.
La mancha permanece localizada en la zona central y occidental de la laguna y presenta muy pocas variaciones espaciales de un año a otro. Las imágenes tomadas por los satélites Sentinel-2 durante 2023 y 2024 muestran una región de aguas persistentemente turbias, con su centro prácticamente inmóvil durante todo el periodo estudiado.
Para analizar su extensión, el equipo científico calculó la frecuencia con la que cada zona aparecía cubierta por aguas turbias en las imágenes de satélite. Los investigadores identificaron un área de entre 8,5 y 9,3 kilómetros cuadrados en la que la turbidez apareció en al menos el 75% de las observaciones disponibles. En la zona de máxima persistencia, con turbidez en al menos el 95% de las imágenes, la superficie osciló entre 3,7 y 5,3 kilómetros cuadrados.
Los autores advierten de que la teledetección no permite distinguir por sí sola todas las posibles causas de la turbidez. Sin embargo, señalan que la persistencia, la extensión y la estabilidad espacial del fenómeno no encajan con episodios temporales de lluvias, entradas de sedimentos o proliferaciones estacionales de algas. Las muestras recogidas directamente en el agua confirman, además, que la precipitación de carbonato cálcico es la causa dominante de esta mancha.
La luz deja de llegar al fondo
El principal efecto de la mancha blanca se produce bajo la superficie.
La vegetación bentónica, es decir, la que crece sobre el fondo de la laguna, necesita luz para realizar la fotosíntesis. La elevada concentración de partículas reduce drásticamente la penetración de esa luz y deposita una capa blanquecina sobre las hojas y los sedimentos.
Los investigadores midieron las condiciones de la columna de agua cada dos semanas entre octubre de 2023 y agosto de 2024. Compararon una estación situada dentro de la mancha con tres puntos de control distribuidos por otros sectores del Mar Menor.
La proporción media de luz que alcanzaba el fondo fue del 24% en las zonas no afectadas. En el interior de la mancha descendió hasta el 9,1%, aproximadamente 2,6 veces menos.
La situación fue todavía más acusada entre el 22 de abril y el 20 de agosto de 2024. Durante esos 120 días, solo llegó al fondo de la zona afectada una media del 3,9% de la luz disponible en superficie. En las áreas de control alcanzó el 18,3%.
Los valores de temperatura, salinidad y oxígeno disuelto fueron, en cambio, muy similares dentro y fuera de la mancha. Los autores interpretan que el deterioro observado no puede atribuirse a diferencias generales en esas variables, sino a las condiciones ópticas locales: el incremento de la turbidez, la reducción de la luz y la deposición constante de partículas sobre el fondo.
De la pradera submarina al fondo desnudo
El equipo científico grabó más de diez horas de vídeo submarino, recorrió cerca de 40 kilómetros de fondo y obtuvo 390 observaciones georreferenciadas.
Las imágenes revelan una transición gradual desde las zonas no afectadas hasta el núcleo de la mancha.
En el exterior, el fondo estaba cubierto por densas praderas de Caulerpa prolifera, una macroalga que domina actualmente buena parte de la vegetación submarina del Mar Menor. Al aproximarse a la zona turbia, los científicos observaron una deposición creciente de partículas blanquecinas sobre las hojas.
Más cerca del centro, el depósito mineral se hacía más intenso. Las hojas mostraban signos visibles de deterioro y muchas aparecían tumbadas sobre el sustrato. Después, la pradera se fragmentaba hasta formar un mosaico de zonas vegetadas y áreas desnudas.
En el núcleo, la vegetación desaparecía completamente.
La superficie afectada por algún grado de deposición alcanzaba los 12,3 kilómetros cuadrados. En la zona exterior de la mancha, que ocupa unos 2,7 kilómetros cuadrados, la vegetación todavía conservaba una cobertura completa, aunque presentaba depósitos de intensidad baja o moderada.
A medida que aumentaba la exposición, la cobertura vegetal disminuía progresivamente. El proceso culminaba en una zona de 6,7 kilómetros cuadrados de fondo completamente desprovisto de vegetación.
Los autores concluyen que la combinación de falta continuada de luz y sedimentación de calcita ha provocado la mortalidad de las comunidades vegetales. El fenómeno no se limita, por tanto, a cubrir las hojas: acaba destruyendo la estructura física y funcional del hábitat.
Solo tres especies de peces en la zona más afectada
La desaparición de la vegetación repercute directamente sobre los animales que dependen de ella para refugiarse, alimentarse o reproducirse.
Los investigadores capturaron y analizaron 4.055 peces pertenecientes a 12 familias y 22 especies. Las muestras se tomaron en tres tipos de zonas: lugares no afectados utilizados como control, el área de transición o ecotono y el núcleo de la mancha blanca.
Las diferencias fueron muy acusadas.
En las zonas de control se detectaron 21 especies. En el ecotono, donde la vegetación comenzaba a deteriorarse, aparecieron diez. En el núcleo de la mancha únicamente se encontraron tres: la anchoa europea, Engraulis encrasicolus; el lagarto o dragoncillo, Callionymus risso; y el gobio negro, Gobius niger.
Esta última especie dominaba claramente las capturas en la zona más degradada.
La abundancia total de peces, su biomasa, la riqueza de especies y los índices de diversidad fueron significativamente menores dentro de la mancha que en las zonas de control.
Las comunidades del ecotono presentaron valores intermedios. Aunque en esa franja todavía aparecieron algunas especies asociadas a hábitats vegetados, su composición ya reflejaba la transición hacia un ecosistema más simple y empobrecido.
Los autores describen un efecto en cascada. La mancha reduce la luz y deposita partículas sobre las plantas; la vegetación se deteriora y termina desapareciendo; el fondo pierde complejidad y capacidad para ofrecer refugio y alimento; y las comunidades de peces quedan reducidas a unas pocas especies generalistas, oportunistas o adaptadas a sustratos desnudos.
En las zonas de control, especies como el pez aguja de río –Syngnathus abaster– y el zorzal gris –Symphodus cinereus– aparecieron estrechamente asociadas a los fondos vegetados. Ninguna especie, en cambio, mostró una asociación estable con el interior de la mancha durante todo el periodo estudiado.
El gobio negro fue muy abundante en el núcleo afectado, pero también apareció en otros hábitats, por lo que los investigadores no lo consideran una especie exclusivamente indicadora de la mancha.
Una perturbación que dura años
Los científicos subrayan que el carácter excepcional del fenómeno reside en su duración.
Los episodios de whiting conocidos hasta ahora eran tan breves que apenas se les atribuían consecuencias ecológicas duraderas. En el Mar Menor, la permanencia de la mancha ha permitido que una alteración inicialmente óptica y geoquímica termine transformando el fondo y sus comunidades biológicas.
El estudio señala que el proceso ha sido capaz de eliminar los hábitats vegetados en menos de dos años y sustituirlos por sedimentos desnudos de menor calidad ecológica.
A diferencia de las perturbaciones puntuales, tras las cuales algunas comunidades de peces pueden recuperarse en cuestión de meses, la continuidad de la mancha blanca mantiene las condiciones que impiden la regeneración de la vegetación.
El resultado es una simplificación prolongada de las comunidades bentónicas y de peces.
Los autores recuerdan que el ecosistema del Mar Menor ya había sufrido durante la última década las consecuencias de la eutrofización y de episodios de mortalidad masiva. La expansión de Caulerpa prolifera y la regresión de otras praderas submarinas habían modificado previamente la estructura de los hábitats.
La mancha blanca añade una nueva presión sobre un sistema que ya había perdido parte de su capacidad de resistencia y recuperación. Los investigadores plantean que esta perturbación podría empujar a la laguna más allá de un umbral ecológico crítico, aunque presentan esta posibilidad como una hipótesis derivada de la acumulación de impactos y no como un hecho ya demostrado.
El posible papel del acuífero
El trabajo se centra en las consecuencias ecológicas de la mancha, no en determinar nuevamente su origen. Para explicar su persistencia, los autores se remiten a investigaciones anteriores que señalan como causa más probable la descarga submarina de aguas procedentes del acuífero cuaternario del Campo de Cartagena.
Según esa hipótesis, el agua subterránea, enriquecida en nitratos y bicarbonatos tras décadas de actividad agrícola intensiva, modifica la química del agua de la laguna. El aumento del pH en las zonas influenciadas por esas descargas favorece la precipitación de cristales de calcita.
Esos cristales permanecen suspendidos, aumentan la turbidez y terminan depositándose sobre la vegetación y el fondo. La continuidad de las descargas contribuiría así a mantener activo el fenómeno durante años.
Los investigadores presentan este mecanismo como la explicación que cuenta actualmente con mayor respaldo científico, aunque la investigación publicada se ocupa principalmente de medir sus efectos sobre los hábitats y las comunidades animales.
Riesgo para otras especies
La expansión de la zona afectada podría comprometer la supervivencia de especies de especial valor ecológico.
El estudio destaca la proximidad de la mancha a una de las pocas poblaciones restantes de nacra, Pinna nobilis, un gran molusco bivalvo emblemático del Mediterráneo y catalogado como especie amenazada.
Los científicos advierten de que un aumento de la superficie turbia podría deteriorar nuevas áreas de vegetación, alterar todavía más la red ecológica de la laguna y alcanzar hábitats sensibles.
La investigación no afirma que la mancha haya afectado ya directamente a esa población de nacras, pero señala su cercanía como un motivo de preocupación y una razón para vigilar la evolución espacial del fenómeno.
Un fenómeno de relevancia mundial
El estudio considera que el Mar Menor ofrece la primera prueba clara de la magnitud que pueden alcanzar los efectos ecológicos de un whiting marino cuando deja de ser temporal y se convierte en crónico.
La investigación cuestiona la idea de que estas manchas son procesos visualmente llamativos, pero ecológicamente irrelevantes. Cuando persisten el tiempo suficiente, pueden reestructurar los hábitats del fondo, eliminar la vegetación y modificar profundamente las comunidades de peces.
Los autores advierten de que el fenómeno puede adquirir una importancia creciente en un contexto marcado por la contaminación de los acuíferos costeros y por las alteraciones climáticas de la temperatura y de la química de los océanos.
Un eventual aumento de la frecuencia, duración o intensidad de estos episodios podría generar procesos de degradación en otras lagunas y ecosistemas marinos poco profundos.
El título de la investigación, Paint it black, juega precisamente con esa contradicción. Bajo la apariencia blanca de las aguas, sostienen los científicos, se oculta un proceso capaz de oscurecer el futuro del ecosistema al erosionar su estructura, su diversidad y su funcionamiento.