La sostenibilidad ya no ocupa el mismo lugar en la vida de los españoles. Sigue importando, sí. Pero menos. O, al menos, con menos intensidad. Esa es una de las principales conclusiones del informe El consumo sostenible y los productos certificados 2026, elaborado a partir de una serie de estudios realizados entre 2019 y 2026, con más de 16.000 entrevistas acumuladas. El trabajo analiza cómo ha evolucionado la preocupación ambiental, la compra responsable, la confianza en los sellos certificados y el apoyo ciudadano a las políticas climáticas.
El estudio está impulsado por ClicKoala, con la participación de GfK An NIQ Company, la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) y Empírica.
El dato más claro es este: en 2019, el 67,1% de la población se declaraba “muy preocupada” por el cambio climático. En 2025, ese porcentaje baja al 42%. Son 25 puntos menos. No significa que el problema haya desaparecido de la cabeza de los ciudadanos, pero sí que se vive con menor urgencia. La preocupación moderada, en cambio, gana espacio: pasa del 26% al 35,5%.

El informe también detecta una pérdida de peso de la sostenibilidad como rasgo de identidad personal. En 2019, cuatro de cada diez españoles afirmaban que vivir de forma sostenible y respetuosa con el medioambiente definía su estilo de vida. En 2025, lo dice el 30%. La sostenibilidad sigue presente, pero queda por detrás de otros elementos mucho más cotidianos o emocionales: la familia, los viajes, la vida con amigos, la vida saludable, la gastronomía o la naturaleza.
La caída es especialmente intensa entre los jóvenes. El informe señala que el retroceso de la preocupación climática se concentra sobre todo entre los menores de 35 años. El caso más llamativo es el de los hombres de 16 a 24 años: en 2019, el 68% se declaraba muy preocupado por el cambio climático; en 2025, solo el 27,2%. Entre las mujeres de esa misma edad también cae con fuerza, del 73,9% al 35,2%.
El desgaste no afecta solo al cambio climático. También baja la preocupación intensa por otros problemas ambientales. El exceso de plásticos pasa del 66% de personas “muy preocupadas” en 2019 al 45% en 2025. La pérdida de biodiversidad cae del 63% al 42%. Y la contaminación urbana, del 59% al 40%. El medioambiente no desaparece de la agenda ciudadana, pero compite con otras inquietudes más inmediatas: en 2025, las guerras y conflictos bélicos encabezan las preocupaciones, con un 55,3%, seguidas de la situación política del país, con un 49,8%.
La ansiedad climática no siempre moviliza
Uno de los puntos más interesantes del informe es que no se limita a medir si la ciudadanía está preocupada. También intenta explicar qué ocurre después: si esa preocupación se convierte en acción, si genera bloqueo o si termina en desconexión.
En 2025, un 31,3% de los encuestados afirma que las noticias y pensamientos sobre el cambio climático suelen causarle ansiedad. Pero esa ansiedad no produce siempre el mismo efecto. Puede empujar a actuar cuando va acompañada de una sensación de eficacia; o puede convertirse en parálisis cuando la persona siente que sus decisiones individuales no sirven de nada.

De hecho, el 43,3% está de acuerdo con la afirmación de que sus acciones no sirven frente al cambio climático si quienes realmente pueden actuar no lo hacen. Este dato es clave porque matiza otro aparentemente positivo: más de la mitad de la población sigue creyendo que sus acciones deben formar parte de la solución. El problema no es solo la responsabilidad personal. Es la sensación de utilidad.
A partir de ese cruce entre ansiedad climática y autoeficacia percibida, el informe clasifica a la ciudadanía en cuatro perfiles. Las personas “transformadoras”, que representan el 11,5%, son las más comprometidas: sienten preocupación, pero también capacidad de actuar. Las “tranquilas”, el 20,2%, no viven el problema con tanta carga emocional, aunque mantienen hábitos responsables. Las “bloqueadas”, el 19,8%, sienten preocupación, pero también cansancio y frustración. Y las “desconectadas”, el grupo mayoritario, con un 48,6%, sitúan el cambio climático y la sostenibilidad en un segundo plano.
La diferencia entre perfiles se nota en los hábitos. Entre las personas transformadoras, el 52,2% considera que vivir de forma sostenible forma parte de su identidad. Entre las desconectadas, solo el 18,3%. También se observa en la compra ecológica: el 24,8% de las transformadoras compra habitualmente productos ecológicos, frente al 6,7% de las desconectadas. En moda, el patrón se repite: el 20,4% de las transformadoras se fija en que la ropa sea sostenible, frente al 4,7% de las desconectadas.
La compra responsable choca con el precio, la comodidad y la desconfianza
El informe muestra que la sostenibilidad cotidiana funciona mejor cuando se traduce en gestos sencillos: ahorrar agua y energía, donar o vender lo que no se usa, reparar antes de sustituir o elegir productos más duraderos. Pero se complica cuando exige interpretar etiquetas, comparar mensajes o entender el origen real de cada producto.
Cuando compran, los españoles quieren información clara y útil. Lo que más valoran es saber si el producto no contiene sustancias nocivas para la salud, con un 55%. Después aparece el origen nacional, con un 50,2%, y la ausencia de explotación infantil, con un 49,6%. El respeto al medioambiente queda en el 45,7%. El informe destaca que desde 2019 ganan peso el origen y el bienestar animal, mientras pierde fuerza el respeto ambiental.
En alimentación, la compra sigue concentrada en supermercados e hipermercados, utilizados por el 69,3%. Los hábitos más vinculados a una compra consciente retroceden: cae la compra en comercios de barrio, baja la tendencia a evitar sobreenvases y plásticos de un solo uso y disminuye la compra de productos ecológicos. En moda, el precio sigue siendo el criterio dominante: el 52,3% se fija sobre todo en cuánto cuesta la ropa. Los criterios de sostenibilidad siguen siendo minoritarios: solo el 9% se fija en que la ropa sea sostenible y el 6,1% en que sea de comercio justo.
Los hábitos del hogar muestran una fotografía algo distinta. Ahí pesan más las prácticas ya normalizadas o con retorno económico claro. El 62,7% tiene iluminación LED en casi toda la casa y el 58,4% separa la basura para reciclar al menos tres tipos diferentes de residuos. Sin embargo, también aquí se percibe cierta pérdida de empuje en prácticas que requieren más implicación, como restaurar muebles o cultivar alimentos en casa.
Sellos certificados: visibles, pero no siempre decisivos
El informe dedica una parte importante a los productos certificados. La conclusión es clara: los sellos siguen siendo útiles para orientar la compra, pero tienen límites. La confianza en ellos continúa por encima de la desconfianza, aunque se ha erosionado en los últimos años. Además, su capacidad para influir en la compra también se ha debilitado.
El problema no parece ser un rechazo frontal a las certificaciones, sino una relación más cauta. Los consumidores necesitan señales, pero esas señales tienen que ser claras, creíbles y comprensibles. Cuando la información se acumula sin ayudar a comparar, deja de orientar y se convierte en ruido.
La brecha entre reconocer un sello y comprar productos que lo llevan es amplia. Según el informe, algunos certificados son relativamente conocidos, pero solo una parte de quienes los identifican afirma comprar productos con ese sello. En la mayoría de los casos, el reconocimiento supera ampliamente a la compra.
Aquí aparece uno de los grandes retos del consumo sostenible: la confianza. Una certificación debería responder de forma rápida a una pregunta sencilla para el consumidor: si ese producto es realmente mejor para el medioambiente o para las personas. Si la respuesta no se entiende, el sello deja de facilitar la decisión. Y cuando el ciudadano ya duda de que su compra pueda cambiar algo, esa confusión puede reforzar todavía más la distancia.
Los expertos consultados por el informe apuntan en esa dirección. A diferencia de la ciudadanía, distinguen mejor entre certificados con mayor o menor impacto, pero precisamente por eso sitúan la educación en consumo como una herramienta clave. No se trata solo de pedir al consumidor que se informe más, sino de construir un entorno donde la información sea comprensible, verificable y comparable.
Acción climática sí, pero no “cueste lo que cueste”
La parte política del informe deja otro mensaje de fondo: la ciudadanía sigue pidiendo acción ambiental, pero ya no desde el mismo apoyo incondicional. En 2019, el 64,7% defendía que los políticos debían hacer mucho más en temas ambientales “cueste lo que cueste”. En 2025, esa posición baja al 34,9%. En paralelo, crece la opción de quienes creen que se debe hacer más, pero “no a cualquier precio”, que alcanza el 41,5%.
El informe interpreta este cambio como una señal de que la preocupación no desaparece, pero el apoyo a las medidas se vuelve más sensible al coste, al reparto del esfuerzo y al uso político del clima. Ya no basta con apelar a la urgencia. Hace falta explicar mejor para qué sirve cada medida, quién paga, quién debe asumir más esfuerzo y qué beneficios concretos puede generar.
La predisposición ciudadana aumenta cuando las medidas se perciben como justas, eficaces y dirigidas a quienes más contaminan o tienen mayor capacidad de contribuir. En cambio, se vuelve más frágil cuando el coste se plantea como una carga general añadida a la vida cotidiana. La transición ecológica necesita confianza, pero también legitimidad.
Una sostenibilidad menos épica y más exigente
El informe deja una lectura incómoda para instituciones, empresas y organizaciones ambientales. La sostenibilidad ya no puede darse por supuesta como causa movilizadora. Tampoco basta con multiplicar mensajes de alarma, etiquetas verdes o apelaciones genéricas a la responsabilidad individual. La ciudadanía parece