La lógica militar del asesinato sistemático de niños y niñas es implacable. “Son futuros terroristas”. Dejarles morir por enfermedad o de hambre forma parte de la misma racionalidad. Están documentados decenas y decenas de casos de niños asesinados de un disparo en la cabeza por parte de un francotirador del ejército israelí.
Esta “guerra contra la infancia”, perpetrada en Gaza, no es ninguna novedad en la historia de Israel con la población palestina. El historiador Illan Pappé, en su libro clásico La limpieza étnica de Palestina, organizada militar y políticamente en 1948 por el recién creado Estado de Israel, documenta numerosos casos de asesinato intencionado de niños y niñas por parte del ejército israelí con la finalidad de infundir terror en las aldeas palestinas y obligar a su población a abandonarlas. Cuando se traspasa la línea roja de asesinar con premeditación a niños y niñas de un disparo o con un explosivo ya no hay vuelta atrás. La matanza de 18.430 niños y niñas palestinas en la denominada “guerra” de Gaza es el síntoma de una pérdida del sentido de humanidad. Es el fascismo en toda su crudeza.
Pero quien se sienta en el banquillo del Tribunal Supremo del Estado de Israel es el pediatra palestino Hussam Abu Safiya. El pediatra que dirigía el hospital Kamal Adwan, al norte de Gaza. Fue detenido en su hospital en diciembre de 2024, mientras trataba de salvar la vida de niños y niñas. El hospital fue reducido a escombros, el único espacio en el que la población palestina podía refugiarse del espanto de los genocidas.
Hemos visto la imagen de Hussam Abu Safiya cuando el pasado 10 de junio acudió ante el tribunal en Jerusalén. 530 días encarcelado por el Estado de Israel, sin cargos y bajo acusaciones secretas que ni siquiera su abogado conoce. Miro la fotografía de Hussam una y otra vez, sentado ante el tribunal, con las manos atadas, extremadamente delgado, pero pulcramente afeitado y peinado; viste una camiseta y un pantalón blanco. La viva imagen de la humillación. Este es el mensaje de Israel -también lo vimos en el trato dado a los integrantes de la última Flotilla-: despojar de heroicidad a aquellos que se le enfrentan, para presentarlos públicamente humillados, sumisos, degradados. El Estado de Israel ya no miente sobre la naturaleza de su maquinaria de guerra. Kafka es el único escritor que nos ha proporcionado referencias literarias para entender qué significa ser un palestino acusado por el ejército israelí. “Combatiente ilegal”. Un pediatra.
Desde su fundación en 1948, el Estado de Israel ha sido incapaz de construir en su territorio “un proceso de civilización”, en el sentido que le da a este término el sociólogo Norbert Elias: la pacificación interior de un territorio propiciada por la constitución del monopolio estatal de la violencia y reforzada con el largo proceso de civilización de las costumbres e interiorización de contenciones y prohibiciones de conductas incivilizadas o violentas.
Este es el fracaso de Israel como Estado, su incapacidad para constituir una pacificación interior y su sustitución por la violencia permanente. El que una parte de su población viva fanatizada en la religión, el que el genocidio de Gaza cuente con el respaldo de la mayor parte de la población israelí o que los colonos de Cisjordania emulen los siniestros métodos del Ku-Klux-Klan para aterrorizar al vecindario palestino son síntomas del fracaso de su proceso de civilización.
En sus mismos orígenes, el hecho fundacional de Israel es una limpieza étnica. Más de 800.000 palestinos fueron obligados a abandonar sus viviendas, aldeas y tierras en un proceso de violencia organizada por el recién creado Estado de Israel. Lo peor es que esta violencia étnica se ha perpetuado durante casi 80 años, hasta hoy. Y ha culminado en un atroz genocidio. 80 años de guerra, tortura, represión, ningún respeto al derecho internacional. ¿Puede un Estado garantizarse un futuro existencial con este siniestro currículum? El último libro del mencionado Illan Pappé da la respuesta: El final de Israel (Akal, 2026).
La reciente película La voz de Hind, dirigida por Kaouther Ben Hania -pueden verla en Filmin-, es un documento indispensable cuya valía reside en haber encontrado una estrategia narrativa coherente con el espanto del acontecimiento genocida del que quiere dar cuenta. Hind es solo una voz, la voz de una niña atrapada en un coche destruido por los tanques israelíes y que, rodeada de sus familiares muertos, pide auxilio por teléfono. Ante esta historia, el espectador se hace inevitablemente una pregunta: ¿cómo es posible este horror? Es una pregunta, desde luego, inquietante, pero desgraciadamente nos resulta familiar, pues nos la hemos hecho en tantas otras ocasiones… Desde luego, es la pregunta que ha perseguido a montones de historiadores ante la realidad del Holocausto nazi. Pero el interrogante del espectador ante la evidencia del genocidio de Gaza tiene unos contornos específicamente siniestros, que se derivan precisamente de eso, de nuestra condición de “espectadores” de unas matanzas atroces e insoportables.
La complicidad de EE. UU. y de las potencias europeas -con dignas excepciones- con el genocidio palestino nos ha convertido en “espectadores” del horror. Recientemente he leído de continuo casi toda la obra del escritor francés Éric Vuillard. Su obra consiste en seleccionar hechos históricos -Búfalo Bill, la guerra francesa en Vietnam, la reunión de Hitler con la oligarquía empresarial alemana, el inicio de la Gran Guerra de 1914…- y recrearlos con forma literaria. Casi todos sus libros nos recuerdan los materiales empleados por el hombre blanco para construir “la línea de color” contra aquellos que, estando al otro lado de esa línea imaginaria -pero con efectos reales-, son concebidos como bárbaros, cuasianimales, no blancos.
En 1948, el Estado de Israel fue legitimado por EE. UU. y las potencias occidentales. Tras el Holocausto, la población judía fue admitida a este lado de la línea de color. Bienvenidos al mundo blanco. Pero la línea de color seguía vigente. Solo que ahora los israelíes eran de los nuestros. Y los palestinos eran los otros, los bárbaros, por tanto, exterminables. Nuestra época está viendo de nuevo el trazado de la línea de color, desde Gaza a Ucrania, dejando al lado de la no occidentalidad, por supuesto, a Líbano e Irán.
La “línea de color” es un concepto fundamental de la sociología. Lo formuló en 1903 el sociólogo y activista afroamericano W. E. B. Du Bois: “El problema del siglo XX es el problema de la línea de color”. Así, teorizó la división, segregación y jerarquía racial que estructuró el siglo XX y se refería a la relación entre las razas más oscuras y las más claras en todo el mundo, no solo en Estados Unidos, sino extendiéndose al colonialismo en Asia y África.
Algunos de los libros más importantes de Du Bois están ya traducidos al castellano –Las almas del pueblo negro, Reconstrucción negra-. Es un autor que, desgraciadamente, todavía no ha entrado en los planes de estudio de las carreras universitarias en ciencias sociales. Por mi parte, me propongo hacerle un espacio el curso que viene en mi asignatura de Teoría Sociológica Clásica en la Universidad de Murcia. Es un gesto menor, ya lo sé, pero si el nuevo fascismo global odia tanto a las universidades -pues nos consideran parte de “La Catedral”, según la jerga de la denominada Ilustración Oscura-, por algo será.