Un día de sol

"En esta “revolución solar” para romper con los combustibles fósiles, la Región de Murcia tiene mucho que ganar y aportar... si no fuera por la ceguera negacionista de sus actuales dirigentes políticos"

No es otro nada más que el sol de abril quien hace centellear de amarillo todo el terruño que se extiende tras la ventana. Bajo las paredes de caliza, la ladera desciende en pronunciada pendiente hacia las magníficas aguas de La Azohía. Se aprecian los restos de antiguas pedrizas, bajo la densa vegetación, que fueron levantadas por ancestrales manos campesinas para retener suelo y cultivar en terrazas. Prodigiosas construcciones, resultado del secular arte de la piedra seca, practicado desde la Antigüedad por las culturas mediterráneas, las cuales apenas ya se conservan tras haber sido abandonadas hace décadas. Sobresalen de entre la densa maraña de lentiscos, espinos, cornicales, albaidas y palmitos. La Torre de Santa Elena se pide coronar el paisaje alzándose sobre los acantilados.

“Que mis ojos vean el sol y se sacien de luz”. Palabras escritas hacia el siglo XIV antes de Cristo en el Antiguo Egipto (del Himno a Atón) y que retengo tras la lectura del maravilloso libro reciente de Antonio Moreno, “En torno al sol” (Newcastle Ediciones, 2025). Un ensayo reflexivo sobre el sol, una exploración de su “región interior”, esto es, el espacio espiritual o simbólico construido por el ser humano a partir de su relación con el sol a lo largo de la historia. Desde la pintura (Turner, Sorolla, Fortuny, etc.) a la poesía (Whitman, Sánchez Rosillo, Espronceda, etc.), pasando por la astronomía u otras artes, Antonio Moreno compone un mosaico de las múltiples imbricaciones del espíritu humano con el sol. Se atreve, incluso, a proponer una “sociología del sol” a partir de la observación de que “el hábito de broncear la piel se estrenó siendo un privilegio de gentes acaudaladas” (p. 143). ¡Qué buena labor está haciendo la editorial murciana Newcastle acogiendo en su catálogo a este escritor ilicitano!

La lectura del libro de Antonio Moreno me induce a fijarme en el resplandor amarillento de las inflorescencias de las cañahejas. Se trata de una planta alargada, con cierto parecido al hinojo, que sobresale formidable por encima del manto vegetal. Sus destellos salpican toda la ladera de la Punta de La Azohía. Es como si la luz que ilumina la cañaheja surgiera desde su interior. Y en cierto modo así es. Sol y planta forman una unidad indiscernible. Tal es así que, en la mitología griega, Prometeo cuando roba el fuego a los dioses para entregárselo a los humanos, lo oculta en el interior de la cañaheja. Desde muy antiguo, los hombres y mujeres del mediterráneo han aprovechado la pulpa blanca del tronco de la cañaheja al secarse como combustible, pues prende con facilidad y lentamente.

El sol, ese regulador de las diferentes estaciones del año, también está presente en el momento en que los pescadores de La Azohía extienden un complejo laberinto de redes, conocido como almadraba, para esperar y atrapar a los bonitos, lechas y bacoretas cuando, en estas fechas de inicios de la primavera, emprenden sus migraciones al Mediterráneo oriental para desovar. Ahí abajo, extendidas en la mar, se aprecia la composición de las redes de la almadraba, cuyo “copo” es alzado periódicamente para extraer la pesca. Una labor que se viene haciendo desde el tiempo de los fenicios o de los árabes hasta hoy.

La problemática relación con el sol en tiempos de cambio climático no aparece abordada en el ensayo de Antonio Moreno. Pero leyendo ayer en la prensa, la entrevista a la ministra española para la Transición Energética, Sara Aegesen, es fácil constatar que se perfila una prometedora “economía política del sol”. La terrible guerra de EEUU e Israel contra Irán (y Líbano, Gaza y Cisjordania) debe alentar, dice la ministra, una agenda de impulso a las energías renovables (sol y viento) que nos aleje de la dependencia de los combustibles fósiles (y del fascismo fósil del nuevo imperialismo trumpista).

En esta “revolución solar” para romper con los combustibles fósiles, la Región de Murcia tiene mucho que ganar y aportar… si no fuera por la ceguera negacionista de sus actuales dirigentes políticos. Pero hemos de seguir insistiendo en la ventaja geográfica que la Región de Murcia ofrece para convertirse en un referente mundial para atraer inversiones en energía solar fotovoltaica y hacer un modelo de desarrollo industrial sostenible, no basado en el abaratamiento del factor trabajo, sino en el abaratamiento del factor energía.

Por otro lado, desde una perspectiva de “sociología del sol”, se abre una problemática que impone el cambio climático sobre las clases sociales más vulnerables. Ciertamente, estoy hablando de aquellos estratos sociales con menos posibilidades de acondicionar sus viviendas para afrontar las altas temperaturas o cuyos trabajos estén expuestos al sol, como los que laboran en el campo, en la obra o en la hostelería. Los colegas de México, con los que coincidí a inicios de marzo y que están estudiando el impacto de la incidencia solar sobre los jornaleros de Sonora u otras regiones del caluroso norte mexicano, han acuñado la denominación de “sufrimiento climático”.

Este sufrimiento climático, en forma de “golpes de calor”, afecciones de piel u otras enfermedades laborales, también se aprecia entre los trabajadores del campo, u otros mercados laborales, de la Región de Murcia. Por ello, el cambio climático debe integrarse en la negociación colectiva como un elemento estructural de la organización del trabajo, tal y como lo ha defendido recientemente una investigación de la catedrática Gloria Rojas Rivero, de la Universidad de La Laguna.

Cae la tarde en La Azohía y el sol se oculta tras la lorquina Sierra de Almenara allá en el horizonte (Almenara es un topónimo que tiene su origen en el árabe al-mänâra, que significa «el lugar de la luz» o «faro»). Es un momento mágico, en el que el mar se tiñe de dorado por el reflejo de los últimos rayos de sol.

Minutos antes del atardecer, son muchos los visitantes de La Azohía que han buscado un lugar desde el que contemplar el hermoso momento en el que el sol da paso a la noche. Quizás este ritual rememora aquel otro momento de la historia en el que los pobladores árabes ubicaron en este rincón un emplazamiento para el culto religioso (La Azohía viene de la palabra árabe al-zawilla y significa “monasterio”), atraídos también por hacer un lugar para la meditación en torno a los movimientos del sol.

El día se puede terminar con esta cita del médico y filósofo alemán Ludwig Büchner, cuyo libro “Luz y Vida”, fuera editado en España en 1888 y que encuentro entre las páginas del libro de Antonio Moreno:

“¿Quién no se ha parado a admirar, una vez siquiera en su vida, el incomparable espectáculo de la salida y la puesta del sol? Resplandeciente como un inmenso disco de metal enrojecido, el astro espléndido se eleva por un punto del horizonte, derramando olas de luz purpúrea sobre el cielo y sobre todos los objetos que tocan sus rayos”.

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