Cada cierto tiempo las sociedades humanas experimentan emergencias en las que se tambalean sus cimientos constitutivos, se abren puntos de inflexión y profundas incertidumbres. Estamos en una de esas crisis de época. Y como señalaba el gran sociólogo norteamericano C. Right Mills, en 1961, en esos momentos, “los hombres [y mujeres] buscan en todas partes saber dónde están, a dónde van y qué pueden hacer -si es que pueden hacer algo- sobre el presente como historia y el futuro como responsabilidad”. Y añadía: “cada época da sus propias respuestas”.
A raíz de su reciente fallecimiento, estos días se multiplican los reconocimientos hacia la enorme figura intelectual del filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas. Autor de una densa obra desde la década de los 60, las aportaciones teóricas y políticas de Habermas han sido una auténtica brújula moral para las democracias europeas. Solamente basta con leer sus frecuentes artículos e intervenciones públicas de las últimas décadas, para darse cuenta de la atención con la que el pensador examinaba los agitados tiempos que nos han tocado vivir y la lucidez de sus juicios, inclusive cuando no se estuviera del todo de acuerdo con los mismos. Habermas fue la autoconciencia de una época especialmente convulsa, para la que trató de elaborar, casi nada, propuestas de respuesta para sus interrogantes.
A Jürgen Habermas se le suele asociar con la denominada segunda generación de la Escuela de Frankfurt. Fue alumno de Theodor W. Adorno -una de las figuras más emblemáticas de la primera generación de pensadores frankfurtianos- y a mediados de la década de 1950 inició su etapa de colaborador científico en el célebre Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt.
A inicios de la década de los 70 rompió con la herencia marxista. Esto supuso una ruptura importante con muchos de los postulados de la Teoría Crítica de la Sociedad elaborados por la generación clásica de la Escuela de Frankfurt (la de la década de 1930: Adorno, Horkheimer, Marcuse, Lowenthal, etc.). Tampoco compartía el nihilismo trágico con el que La Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer pensaron el horror del Holocausto nazi. Consideró que la democratización de las sociedades de posguerra había desplazado el ideario revolucionario marxista definitivamente. La época exigía otras respuestas.
Su gran aportación, la teoría de la acción comunicativa, publicada en 1981, da cuenta de un complejísimo proceso de elaboración intelectual a modo de una gran síntesis teórica. Aquí encontramos su respuesta a los interrogantes de la época: la defensa del valor de la democracia como un espacio de conversación e intercambio comunicativo en el que se construyen consensos y certezas. A la fundamentación de esta idea va a dedicar mil cien páginas en las que dialoga con lo más fecundo de las ciencias sociales y humanas (asombra la capacidad de integración y puesta en diálogo de las corrientes sociológicas clásicas y contemporáneas –Max Weber, Talcott Parsons, Emile Durkheim, Marx, el interaccionismo simbólico, etc.-, así como filosóficas).
La respuesta fue, por tanto, una democracia sustantiva. Para ello, se abandonaba a Marx y el paradigma del trabajo (lucha de clases, imperialismo, etc.). Dicho sea de paso, y entre paréntesis, este abandono tendrá sus consecuencias, pues sin ese paradigma quedarán difuminadas las violencias políticas y sociales (precarización y superexplotación laboral, crisis climática, retorno de la usurpación imperialista, etc.) que proliferaron en las décadas neoliberales y se intensifican hoy con los vientos del nuevo fascismo. Pero, en efecto, Habermas desplaza el trabajo, como relación social básica en la tradición marxista, para conceder una importancia central a la interacción, el lenguaje y la comunicación en la vida social.
Habermas teorizó un nuevo modelo de acción social que va a denominar acción comunicativa, según el cual, los actores cuando actúan conjuntamente discuten sobre la validez de las normas y valores y tratan de llegar a un entendimiento y producir un consenso.
En la acción comunicativa fundará la posibilidad de una profundización de la democracia liberal. Esto es, una democracia comunicativa que resista a la racionalidad técnico-instrumental del capitalismo. A su vez, el mundo de la vida, la esfera pública propiamente democrática y comunicativa, está continuamente amenazada por la racionalidad económico-capitalista y burocrático administrativa. A estas amenazas las conceptualizó en términos de colonización del mundo de la vida.
Habermas representa, sin duda, una cima de la Teoría Crítica de la Sociedad y un paso obligado para todos aquellos que quieran persistir en esa tradición, cuya convicción fue -desde que Max Horkheimer elaborara el manifiesto fundacional de la Escuela de Frankfurt en la década de los 30-, la elaboración de proyectos de emancipación humana fundamentos empíricamente en las ciencias sociales.
Axel Honneth, el discípulo contemporáneo más importante de Habermas, ha escrito un hermosísimo obituario el que asegura que la tragedia intelectual de su fallecimiento reside en que representa el final de un diálogo en que está en juego la propia “supervivencia de la Teoría Crítica”.
Sin embargo, nuestra época, esto es, nosotros que habitamos en esta crisis epocal en la que de nuevo cabalgan las fuerzas imperiales del fascismo debilitando las democracias, y en un contexto de crisis climática, necesitamos de ese legado de la Teoría Crítica de la Sociedad.
Desde la década de los 30, los pensadores del Instituto de Investigación de Ciencias Sociales de la Universidad de Frankfurt no han dejado de someter a interrogantes y reflexiones el devenir de las sociedades contemporáneas. Las diferentes generaciones que han pasado por el Instituto hasta hoy han mantenido un continuo debate y diálogo de una enorme fecundidad. Su estudio paciente sigue siendo necesario para todos aquellos que vivimos con perplejidad los acontecimientos del presente.
El citado Axel Honneth ha propuesto actualizar el paradigma del trabajo, que Habermas desplazó de su corpus teórico para propiciar los intercambios comunicativos. Sin este prisma, no podemos entender el fenómeno de la precariedad laboral que tanto ha lacerado el cuerpo social en las últimas sociales debilitando o degradando el vínculo social.
Otra referencia del Instituto frankfurtiano, Stephen Lessenich, ha planteado que el concepto habermasiano de colonización del mundo de la vida no debe velar la importante teorización que tuvo lugar en el marxismo de los años 20 sobre el imperialismo. Pensadoras como Nancy Fraser, Rahel Jaeggi o Moishes Postone han realizado contribuciones de enorme interés para volver a incorporar al marxismo (y al feminismo) en la Teoría Crítica de la Sociedad. ¿Cómo entender el capitalismo fósil de hoy y su pugna por el control de las últimas reservas de petróleo y gas natural (véase Venezuela o la actual ofensiva contra Irán), sin considerar la historia de los proyectos coloniales e imperiales? ¿O cómo entender el mundo de hoy sin la cuestión feminista, otra ausencia clamorosa en la obra de Habermas?
En uno de sus últimos artículos públicos, Habermas hizo una férrea defensa de la integración política de la Unión Europea frente a la nueva deriva imperial del trumpismo. En otras intervenciones, defendió que la UE debía dejar de enviar armas a Ucrania e implicarse en una salida negociada de la guerra. La democracia europea siempre fue la referencia práctica del ethos comunicativo del mundo de la vida en el que se desenvolvía el ideal de Habermas.
Muchos le reprocharemos siempre a Habermas su incapacidad para entender la violencia colonial ejercida por el Estado de Israel contra la población palestina. Asombra su insensibilidad hacia el genocidio en marcha en Gaza. Sin embargo, en la década de los años 30, un destacado miembro de aquella Escuela de Frankfurt, Leo Lowenthal, ya vaticinó la lógica colonial de la tragedia que caería sobre los árabes con el desarrollo del proyecto sionista, tal y como ya empezaba a perfilarse en sus aspectos más excluyentes respecto a la población palestina.
Despedimos a Habermas. Deja una enorme y valiosa obra que habremos de seguir leyendo y estudiando para afrontar las incertidumbres de la época. A través de Habermas, una conversación de cien años de duración sigue posibilitando pensar las encrucijadas históricas que ha afrontado el inacabado proyecto de la emancipación humana.