La menstruación no es solo un proceso biológico. Es, también, un factor social que condiciona rutinas, decisiones y relaciones. Más del 80% de las mujeres en España reconoce que su vida cotidiana se ve afectada durante el ciclo menstrual. Solo una de cada seis consigue mantener su rutina sin cambios.
Es la principal conclusión de un macroestudio con más de 4.000 participantes liderado por el Instituto INGENIO -centro mixto de la Universitat Politècnica de València y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas- y publicado en la revista BMC Women’s Health.
La investigación, que constituye la cuarta entrega de una de las radiografías más completas sobre salud menstrual en España, pone el foco en el impacto social del estigma asociado a la menstruación. Tras analizar en trabajos anteriores la educación menstrual, el acceso sanitario y la percepción social, este nuevo estudio aborda cómo la regla condiciona la participación social y el bienestar.
Los datos son elocuentes: solo el 15,4% de las mujeres encuestadas afirma mantener su vida cotidiana sin modificaciones durante la menstruación.El resto adapta su comportamiento, principalmente por dolor, sangrados abundantes o para evitar situaciones incómodas.
Entre las estrategias más habituales figuran cambios en la vestimenta -el 48% evita prendas blancas y el 36% descarta ciertos tipos de ropa-, la reducción de la práctica deportiva (21%) o la limitación de actividades como nadar o acudir a la playa (22%). El dolor es el principal detonante, pero no el único.
La investigadora Sara Sánchez-López, del INGENIO (UPV-CSIC), subraya que la vivencia de la menstruación “no depende únicamente de los síntomas físicos, sino también del contexto social en el que ocurre”. Ansiedad ante posibles manchas, ausencia de espacios adecuados o temor a reacciones negativas del entorno forman parte de un marco cultural que sigue relegando la salud menstrual al ámbito estrictamente privado.
Aguantar para no parecer menos comprometidas
El ámbito laboral y educativo aparece como uno de los escenarios donde el estigma se hace más visible. El 41% de las encuestadas se ha ausentado alguna vez por síntomas menstruales intensos, pero un 44% afirma no haber interrumpido su asistencia pese al dolor, las náuseas o la fatiga.
Los testimonios recogidos en el estudio revelan que muchas mujeres acuden a clase o al trabajo aun en condiciones incapacitantes por miedo a perder el empleo o a ser consideradas menos profesionales.
Sánchez-López advierte de que el malestar menstrual “no se reconoce como una necesidad legítima de apoyo, sino como algo que puede restar credibilidad”. En un contexto histórico donde la menstruación se utilizó como argumento para excluir a las mujeres de determinados espacios, mostrar vulnerabilidad sigue percibiéndose como un riesgo.
La investigación también documenta experiencias de burla y humillación, tanto en la adolescencia como en la vida adulta. En edades tempranas, estas situaciones se manifiestan en comentarios y ridiculizaciones por parte de compañeros. En la edad adulta, adoptan formas más sutiles: actitudes condescendientes, cuestionamiento de emociones o desacreditación en conflictos cotidianos.
La coautora Rocío Poveda Bautista señala que persiste el estereotipo que vincula la menstruación con “falta de control emocional o irracionalidad”, lo que puede traducirse en una menor credibilidad en entornos personales y profesionales.
Entornos comprensivos como factor protector
El estudio no se limita a describir el problema. También identifica factores que amortiguan el impacto del estigma. Contar con entornos comprensivos y flexibles -en el trabajo, la escuela o la familia- mejora la vivencia del ciclo menstrual y favorece la participación social.
Según Santiago Moll López, coautor del trabajo, “las experiencias más positivas se asocian a contextos donde hablar de menstruación no genera incomodidad y donde se reconocen las necesidades físicas o emocionales vinculadas al ciclo”.
Las conclusiones apuntan a una realidad que trasciende lo íntimo: la menstruación sigue siendo un factor relevante en términos de salud, equidad y participación social. Avanzar hacia entornos educativos, laborales y sanitarios más informados y sensibles no es una cuestión simbólica, sino una condición para garantizar igualdad efectiva.
Porque, como evidencian los datos, la regla no es solo biología. Es también estructura social.