La escena posee una densidad simbólica muy difícil de exagerar, ya que mientras dos millones de personas sobreviven en Gaza entre escombros, frío y colapso sanitario, el Foro Económico Mundial de Davos acogió hace unos días la presentación del proyecto de Trump para construir, sobre ese mismo devastado territorio, una nueva ciudad turística y de negocios. Rascacielos frente al Mediterráneo, urbanizaciones de lujo, un gran centro de comunicaciones internacionales.
El proyecto fue explicado por Jared Kushner, asesor para Oriente Medio y yerno del presidente norteamericano, con el entusiasmo característico de quien describe una oportunidad de inversión, no un territorio destruido por décadas de conflicto. “No hay plan B”, dijo. La frase, habitual en el mundo empresarial, adquiere aquí un significado inquietante: no hay alternativa política.
La escena concentra buena parte de los rasgos de la política contemporánea. Gaza aparece convertida en un espacio abstracto, vaciado de historia y de seres humanos, listo para ser rediseñado. El conflicto se presenta como un problema técnico susceptible de resolverse mediante arquitectura, capital y conectividad. La sociología lleva tiempo advirtiendo de esta deriva. Zygmunt Bauman describió cómo el poder moderno tiende a presentarse como gestión inevitable, eliminando la posibilidad misma de discutir las alternativas. La política no desaparece sino que se disfraza de administración eficiente.
No es casual que la propuesta adopte una forma de ordenación del territorio. Desde hace años, el urbanismo neoliberal ha funcionado como una de las principales herramientas de reorganización del poder. Saskia Sassen y David Harvey lo han explicado con claridad, cuando afirman que las ciudades se convierten en mecanismos para absorber capital y producir rentabilidad, incluso cuando ello implica desigualdad y expulsión.
Estos autores mantienen que ahora no se construyen “ciudades par que la gente viva”, se construyen “para que la gente invierta en ellas, y a los inversores no les importa necesariamente la calidad de vida en la ciudad” (Harvey, 2018). La “ciudad hoy es el escenario de la construcción de inmuebles, donde el peso de ser el activo financiero, es mayor al ser el lugar para que la gente viva” (Sassen, 2017). La “Nueva Gaza” encaja perfectamente en ese esquema. El territorio no se concibe como espacio de derechos, sino como activo. La población existente queda fuera del plano, como si la vida real estorbara al diseño.
El sociólogo francés Henri Lefebvre habló del derecho a la ciudad como el derecho a producir y habitar colectivamente el espacio urbano. En la propuesta presentada en Davos, ese derecho desaparece. Gaza se imagina desde fuera, desde arriba, y para otros. Se trata de una operación de desposesión simbólica que precede -y legitima- cualquier desposesión material. Saskia Sassen ha descrito estos procesos calificándolos como “expulsiones», En su libro Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global, presentado en Murcia con motivo de su investidura como Doctora Honoris Causa por la Universidad de Murcia, analiza cómo determinados territorios son integrados en los circuitos globales de valor mientras sus habitantes quedan excluidos de las garantías más básicas.
La elección de Davos como escenario no es un detalle menor. El Foro Económico Mundial funciona desde hace décadas como un espacio donde las élites políticas y económicas ensayan un lenguaje común, ajeno al conflicto y al disenso. Guy Debord advirtió que el espectáculo no consiste solo en imágenes, sino en una forma de relación social. La presentación de una ciudad futurista sobre un mar de escombros es, en ese sentido, una imagen perfecta, ya que promete un futuro brillante mientras silencia el presente. La paz se convierte en pura estética y el conflicto se reconfigura como un problema de diseño.
El mismo día en que se presentaba la propuesta para Gaza, Trump firmó el documento fundacional de la llamada Junta por la Paz, una plataforma internacional para intervenir en conflictos globales en la que él mismo tendría siempre la última palabra. La ausencia de democracias avanzadas entre los firmantes y la limitada presencia europea refuerzan la impresión de que se está proponiendo una forma de gobernanza alternativa a la que hasta ahora regia la política internacional, menos basada en el derecho y más en la autoridad personal. Max Weber reconocería en ese giro una actualización del liderazgo carismático, cada vez más frecuente en un contexto de debilitamiento institucional.
Mientras tanto, sobre el terreno, la realidad sigue desmintiendo cualquier relato de normalización. La paradoja es evidente. El alto el fuego no ha detenido la muerte cotidiana en Gaza, donde muchas personas fallecen por falta de atención médica, por frío o por ataques; periodistas son asesinados mientras trabajan y la ayuda humanitaria sigue bloqueada. El intelectual camerunés Achille Mbembe ha descrito estos escenarios como espacios de necropolítica, donde el poder decide quién puede vivir y quién puede morir. La promesa de una ciudad de lujo no neutraliza esa lógica, sino que la oculta.
La propuesta de reconstruir Gaza como una suerte de Dubái mediterráneo no resuelve el conflicto, lo despolitiza. Jacques Rancière ha explicado que la despolitización consiste precisamente en eliminar el desacuerdo, sustituyendo la disputa por la gestión. Cuando no hay plan B, tampoco hay debate. Solo queda aceptar o desaparecer del encuadre.
Sin embargo, incluso en Davos comenzaron a aparecer fisuras. El rechazo explícito de líderes como los de Francia o Canadá, los abucheos a representantes estadounidenses y el gesto de Christine Lagarde abandonando una cena oficial ante las descalificaciones a Europa sugieren que el consenso ya no es automático. Como ha señalado Wendy Brown, el neoliberalismo vacía la democracia de contenido, pero no puede evitar que ese vaciamiento genere resistencia.
La imagen de los rascacielos frente al mar resume, quizá mejor que cualquier discurso, una de las contradicciones centrales de nuestro tiempo: la pretensión de cerrar conflictos históricos mediante soluciones tecnocráticas, visualmente deslumbrantes y políticamente vacías. Gaza, convertida en proyecto inmobiliario, corre el riesgo de convertirse también en el ejemplo más extremo de una política que confunde la reconstrucción con la cancelación y la paz con la rentabilidad.