Resulta difícil salir de la situación de shock en la que muchos estamos desde que, el pasado 3 de enero, EEUU llevó a cabo lo que era una crónica anunciada, la intervención militar de Venezuela. Tras dejar un reguero de más cien muertos, EEUU llevó a cabo el secuestro del presidente legítimo de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa Cilia Flores.
Sabíamos que, tras la violencia genocida desatada en Gaza, el mundo no iba a seguir siendo el mismo. Bajo los escombros de Gaza ha quedado todo el edificio normativo con el que la humanidad, tras la Segunda Guerra Mundial, había tratado de regular la violencia bélica entre estados. Netanyahu y Donald Trump dejaron muy claro que en Palestina ya no regía ni el derecho internacional público, ni la ONU, ni la Corte Penal Internacional.
Primero Gaza. Después Venezuela. Un mundo sin reglas. Ningún lugar está ya a salvo de la violencia del nuevo orden imperial emergente, bien porque tenga recursos estratégicos, bien porque se trate de un estado indisciplinado. O ambas cosas.
Como docente en sociología que reinicia en estos días las clases del segundo cuatrimestre, me descubro preguntándome qué hacer con el libro La Democracia en América. Se trata de una obra clásica de las ciencias sociales y políticas, que escribiera Alexis de Tocqueville tras un viaje en 1831 por los Estados Unidos (publicado el primer volumen en 1835 y el segundo en 1840, editados en español por Alianza Editorial). Es un texto al que cada curso dedico un cierto tiempo para que los estudiantes conozcan uno de sus clásicos más hermosos. De este adjetivo se hace merecidísimo desde el momento en que, en sus páginas, encontramos apreciaciones tales como:
“Los ciudadanos de los países democráticos, al no tener superiores ni inferiores ni asociados habituales y necesarios, se repliegan sobre sí mismos y se consideran aisladamente […]. Sólo haciendo un gran esfuerzo se apartan esos hombres de sus asuntos particulares para ocuparse de los comunes […]. En épocas democráticas la vida privada es tan activa, tan agitada, tan llena de aspiraciones y trabajos, que a nadie le quedan apenas energías ni tiempo para la vida política. No es que yo diga que semejantes inclinaciones sean invencibles, puesto que el principal objeto de este libro ha sido el de combatirlas” (vol. 2, pp. 375-376).
En esta obra, Tocqueville no solamente estudia el sistema político y constitucional de la joven democracia americana, sino que además hizo especial hincapié en sus fundamentos sociológicos. Fue un libro ampliamente leído en las naciones europeas posrevolucionarias (tras 1789).
En el movido siglo XIX español, Tocqueville fue conversado y discutido en los círculos republicanos y federalistas. Tanto a unos como a otros interesó su lectura. Pues Tocqueville destacó sobremanera que la esencia de la democracia era la participación del pueblo en los asuntos públicos, en el bien común, pues de esta forma se modelaban las disposiciones democráticas en los sentimientos de los ciudadanos.
Para Tocqueville el riesgo que se cernía sobre la democracia era que, al crear una civilización igualitaria, se incurriera en el individualismo y el egoísmo. Por ello, “no bastaba otorgar a la nación entera una representación de sí misma, sino que además de esto convenía que cada parte del territorio tuviese su propia vida política, a fin de que todos los ciudadanos vieran hasta el infinito las ocasiones de obrar conjuntamente y sintieran a diario su dependencia recíproca” (vol. 2, p. 135).
Quizás el sentido de seguir volviendo hoy a Tocqueville sea el de no olvidar el significado de una vida política democrática, en la que es el pueblo quien gobierna a través de poderes intermedios. Volver a este texto originario y rastrear en sus páginas qué ha fallado para llegar a la situación presente.
La originalidad de Tocqueville reside en entender la democracia como un proceso social e histórico, en el que siempre es posible ampliar su contenido a través de dinámicas de democratización, siempre que el pueblo se implique en el cuidado de lo común. O, por el contrario, se abra paso la desdemocratización, la cual anida también en su interior como tendencia.
Esta desdemocratización es lo que percibió con preocupación. La civilización igualitaria, dirá Tocqueville, conlleva un individualismo egoísta, la vida pública se degrada y la servidumbre reaparece:
“[…] todo parece ayudar al aumento indefinido de las prerrogativas del poder central y a convertir la existencia individual cada día en algo más débil, más subordinado y más precario” (vol. 2, p. 387).
Con el aumento del poder central, temía Tocqueville que “los soberanos resulten más poderosos de lo que nunca fueron”. Así, anunciará en 1840, “el despotismo es el mayor peligro que amenaza a los tiempos democráticos”.
Quizás para entender “la tiranía de la mayoría” que hoy preside la democracia americana hemos de despojarnos del cuento que nos han contado sobre la Segunda Guerra Mundial, según el cual allí tuvo lugar una guerra mundial contra el fascismo (Alemania y Japón) y salió victoriosa la democracia gracias a EEUU. Contra esta interpretación de “una guerra buena entre la democracia y el fascismo”, el historiador Paul Thomas Chamberlin ha escrito un libro soberbio: Tierra quemada. Una historia global de la Segunda Guerra Mundial (Galaxia Gutenberg, 2025).
En esta interpretación renovada de la Segunda Guerra Mundial, Chamberlin afirma que fue más bien “una inmensa guerra racial y colonial marcada por atrocidades salvajes en la que imperios rivales lucharon en enormes extensiones de Asia y Europa” (p. 18). Y de allí surgió “un orden de posguerra en el que Estados neoimperiales muy militarizados [EEUU, Rusia y, con el tiempo, China] se vieron obligados a prepararse para la guerra perpetua y la perspectiva de la aniquilación nuclear” (p. 25). Y en esto estamos justamente en el momento actual.
Seguramente es, en ese orden de posguerra, donde la democracia americana, en su devenir “estado neoimperial muy militarizado”, sentó las bases para su desdemocratización. Emergió un poder central absoluto militarizado, al tiempo que sus ciudadanos se despreocupaban de la vida colectiva y acudían a la llamada del consumo de masas, norma social emblemática del individualismo egoísta.
Leer hoy a Tocqueville es rastrear las tendencias históricas por las cuales ha surgido en la democracia americana un tirano como Donald Trump -un presidente acusado de delitos de incitación y apoyo a una insurrección, conspiración contra Estados Unidos, obstrucción y falsedad (asalto al Capitolio de 6 de enero de 2021)—.
En América hoy patrullas paramilitares persiguen a inmigrantes en las calles y no dudan en disparar y asesinar a inmigrantes o a ciudadanas como Renee Good en Minnesota. Abiertamente hoy la democracia americana deviene en un nuevo fascismo que usa la violencia imperial para apropiarse de recursos naturales (Venezuela). Y no duda en proponer negocios sobre las cenizas, escombros y sangre dejada por la matanza más vil que el mundo ha visto en los tiempos recientes, el genocidio palestino perpetrado por el Estado de Israel en Gaza. Siendo esto así, cómo no dar la razón a Tocqueville cuando alertaba a la humanidad con estas palabras:
“[…] opino que si semejante gobierno [un gobierno absoluto y despótico] llegara a implantarse en tal pueblo, no sólo oprimiría a los hombres, sino que a la larga les despojaría de los principales atributos de la humanidad” (vol. 2, p. 409).
Tocqueville tenía la confianza en que si bien, ciertamente, “la igualdad democrática” podía generar “tiranía de la mayoría”, también su “rebeldía” intrínseca contra la servidumbre pudiera “preparar así el remedio al mal que ella misma origina”. En la ciudadanía que se enfrenta en las calles de las ciudades americanas a las patrullas fascistas y paramilitares del ICE (las siglas del llamado Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) percibimos un nuevo aliento de la rebeldía democrática. Esa es nuestra esperanza.