En la Región de Murcia, la exclusión social ya no es una excepción. Es estructura. Es paisaje. Es rutina. No es un accidente estadístico ni un bache pasajero provocado por la pandemia o la inflación. Es el resultado de un modelo que se ha ido asentando durante décadas con una normalidad inquietante.
El último informe de la Fundación FOESSA y Cáritas lo certifica con una crudeza difícil de esquivar: en 2024, el 20,7% de la población murciana vive en exclusión social. Eso significa que más de 320.000 personas están atrapadas en procesos de pobreza y vulneración de derechos básicos. Una de cada cinco.
Y la pregunta es inevitable: ¿cómo se llega hasta aquí en una comunidad gobernada prácticamente sin interrupción por el Partido Popular desde hace treinta años?
Una región que no se rompe de golpe: se desgasta lentamente
FOESSA detecta una reducción de la exclusión severa respecto a 2018, pero sería un error leerlo como una buena noticia. Porque lo que está ocurriendo en la Región de Murcia no es una recuperación sólida: es algo más inquietante. La exclusión más extrema baja, sí, pero a cambio crece un territorio enorme de precariedad.
Hoy, solo el 39,7% de la población vive en integración plena. Casi la misma proporción, el 39,6%, se encuentra en integración precaria: personas que no están oficialmente excluidas, pero sobreviven al límite, vulnerables a cualquier golpe económico.
FOESSA advierte de que la Región de Murcia avanza hacia un modelo de “integración precaria”, con una población cada vez más susceptible de caer en exclusión en cualquier ámbito de la vida cotidiana.
La exclusión ya no es solo pobreza: es pérdida de derechos
Lo más grave no es únicamente la falta de ingresos. Es lo que esa falta de ingresos destruye. FOESSA advierte de que la exclusión en la Región de Murcia ya no se limita al bolsillo: se extiende como una mancha hacia la vivienda, la salud, la educación, la ciudadanía.
De hecho, el informe revela que el 52,3% de la población murciana, más de la mitad, sufre problemas de exclusión en el eje político y de ciudadanía.
Y aquí los autores lanzan un mensaje directo: la exclusión no es solo carencia material, sino una falla en los mecanismos de integración social. Cuando se cierran puertas y no hay suelo fértil para echar raíces, “sin derechos efectivos no hay vinculación real”.
La vivienda: el gran mecanismo de expulsión
En Murcia, tener un techo estable se ha convertido en una carrera de obstáculos. FOESSA confirma que los problemas más extendidos afectan precisamente a la vivienda: un 23% de la población vive situaciones de exclusión vinculadas a este ámbito.
El dato más revelador es brutal: el 16,8% de los murcianos soporta gastos excesivos de vivienda. Hogares donde el alquiler o la hipoteca devoran la economía familiar.
El informe no se limita a describir: advierte de la necesidad de garantizar el acceso universal a una vivienda adecuada, respaldado, según la encuesta, por dos tercios de la población murciana. La vivienda no puede seguir siendo mercancía antes que derecho.
La exclusión entra por la farmacia
Hay cifras que retratan el fracaso social con una crudeza imposible de maquillar. En Murcia, el 18,1% de la población tiene dificultades económicas para comprar medicamentos o seguir tratamientos médicos.
Los autores alertan de que la exclusión se relaciona directamente con la insuficiencia de recursos y su impacto sobre derechos sociales básicos. La pobreza ya no solo vacía la nevera: también vacía los botiquines.
Si eres pobre, estás fuera
FOESSA identifica con claridad a los grupos más golpeados. La exclusión se dispara allí donde faltan ingresos. Entre quienes viven en hogares en riesgo de pobreza, la cifra es demoledora: el 79,5% está en exclusión social.
Y entre los hogares sin ingresos o que dependen únicamente de ayudas sociales, la exclusión alcanza al 56%. La pobreza no es azar. Es estructura. Es transmisión. Es herencia social.
Treinta años de poder y la exclusión sigue ahí
El PP gobierna la Región de Murcia desde hace tres décadas. Treinta años con control institucional, presupuestos, políticas de vivienda, empleo y servicios sociales.
Y, sin embargo, FOESSA advierte de que la exclusión murciana “va más allá de la coyuntura” y se asienta como un fenómeno estructural.
Los autores son claros: la lucha contra la exclusión no es prioridad política real. Existen medidas, sí, pero resultan “cuasi anecdóticas” frente a las políticas que consolidan el modelo. La exclusión termina siendo más control que transformación.
¿Qué proponen los autores? Recuperar derechos, vínculos y fraternidad
El informe no se queda en el diagnóstico. FOESSA lanza un llamamiento explícito a las administraciones públicas: escuchar a las comunidades, actuar con determinación y convertir los diagnósticos en políticas efectivas.
Pero va más allá: los autores plantean que la exclusión social es también un espejo de los valores reales de la sociedad. Denuncian un modelo cultural basado en el individualismo y el “sálvese quien pueda”, y reclaman recuperar el elemento olvidado de la triada democrática: la fraternidad.
“Urge reincorporar la fraternidad”, escriben, poniendo en el centro la cooperación frente a la competencia y reforzando redes comunitarias que eviten el aislamiento.
Porque una de sus grandes conclusiones es que las trayectorias de exclusión no se explican solo por empleo o vivienda, sino por las redes sociofamiliares: en la exclusión severa, uno de cada tres hogares no tiene a nadie que pueda ayudarle si lo necesita.
La propuesta es clara: políticas estructurales, derechos efectivos y reconstrucción de vínculos. Sin eso, la exclusión se reproduce.
FOESSA no escribe un panfleto. Levanta acta. La Región de Murcia es hoy una región donde más de 320.000 personas viven en exclusión social, donde solo cuatro de cada diez están plenamente integradas, donde la vivienda expulsa y donde casi dos de cada diez no pueden comprar medicamentos.
Treinta años de gobiernos del PP no han evitado este escenario. Lo han acompañado. Lo han gestionado. Y, en demasiados aspectos, lo han consolidado. La exclusión social en la Región de Murcia ya no es una emergencia puntual. Es el modelo.
Quizá por eso el presidente Fernando López Miras repite como un mantra que Murcia es “la mejor tierra del mundo”. La pregunta es inevitable: ¿mejor para quién? Porque para quienes no pueden pagar una vivienda sin caer en la asfixia económica, para quienes tienen dificultades incluso para comprar medicamentos, para quienes sobreviven instalados en la integración precaria, ese relato triunfalista no es orgullo, es una burla involuntaria. Convertir el eslogan en política y la propaganda en escudo no cambia la realidad: solo la oculta, mientras la fractura social se hace estructural.