El incendio perfecto: calor extremo, abandono del territorio y una vegetación preparada para arder

Los grandes incendios del noroeste peninsular acapararon más de la mitad de la superficie quemada en Europa y afectaron principalmente a matorrales y pinares

El récord histórico de incendios registrado en Europa en agosto de 2025 no fue fruto del azar ni de una concatenación de desgracias imprevisibles. Fue el resultado de una combinación precisa, y cada vez más frecuente, de meteorología extrema, acumulación de combustible vegetal y una gestión del territorio incapaz de absorber episodios de calor prolongado. Así lo concluye un estudio científico internacional que sitúa al noroeste de la península ibérica como el epicentro del peor episodio de incendios jamás registrado en la Unión Europea.

A finales de agosto de 2025, la superficie total quemada en Europa rozaba el millón de hectáreas, la cifra más alta desde que existen registros comparables. Más de 541.000 hectáreas, es decir, más de la mitad del total europeo, ardieron en una región que representa apenas el 2 % del territorio de la UE. La mayor parte de esa superficie se quemó en apenas unas semanas, concentrada en el mes de agosto y en una zona muy concreta del noroeste peninsular.

La mayor parte de esa superficie quemada se localizó en territorio español, especialmente en Galicia, Asturias, Castilla y León y el norte de Extremadura, donde se concentraron numerosos incendios de gran tamaño y varios megaincendios superiores a las 10.000 hectáreas.

El estudio está liderado por el Grupo de Modelización Atmosférica Regional de la Universidad de Murcia y cuenta con la participación de centros de investigación de primer nivel, entre ellos el Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE), centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Misión Biológica de Galicia (MBG-CSIC) y el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (IMIB, CSIC–Universidad de Oviedo). El trabajo ha sido publicado en la revista científica Global Change Biology.

Una ola de calor histórica como detonante

Los incendios se produjeron durante una ola de calor excepcional de 16 días consecutivos que afectó al suroeste de Europa. Durante ese periodo, el Índice Meteorológico de Peligro de Incendios (FWI) alcanzó en el noroeste peninsular el valor mensual más extremo de toda la serie histórica entre 1985 y 2025.

La relación entre calor extremo y superficie quemada es clara, pero no simple. El estudio demuestra que existe una correlación muy elevada entre el FWI y el área quemada, aunque no es lineal. Por debajo de determinados umbrales, los incendios tienden a ser contenidos; sin embargo, cuando el índice supera valores críticos, la superficie quemada se dispara de forma abrupta, y la capacidad de extinción se ve rápidamente desbordada.

De hecho, varios de los incendios registrados en agosto de 2025 superaron las 10.000 hectáreas, convirtiéndose en megaincendios, y muchos de ellos se produjeron casi de forma simultánea, un factor clave que explica el colapso de los recursos de respuesta.

Incendios 40 veces más probables por el cambio climático

El estudio incorpora además los resultados de una evaluación rápida del consorcio World Weather Attribution, que concluye que el cambio climático provocado por la actividad humana ha hecho que las condiciones meteorológicas extremas observadas en agosto de 2025 sean unas 40 veces más probables y un 30 % más intensas que en un clima no alterado.

Los autores subrayan, no obstante, un matiz fundamental: esta atribución se refiere exclusivamente al peligro meteorológico, no a la ignición ni directamente a la superficie quemada. Es decir, el cambio climático no explica por sí solo los incendios, pero sí crea el escenario perfecto para que cualquier chispa tenga consecuencias catastróficas.

El papel decisivo de la vegetación

Uno de los aspectos más relevantes del estudio es el análisis del tipo de vegetación que ardió. Los resultados muestran una clara selectividad del fuego: los matorrales y los pinares se quemaron de forma desproporcionada en relación con su presencia real en el territorio.

Por el contrario, los bosques autóctonos de roble y otras formaciones maduras ardieron menos de lo que cabría esperar si el fuego afectara por igual a toda la vegetación. Este dato refuerza la idea de que no toda la masa forestal responde igual ante incendios extremos y pone en cuestión discursos simplistas sobre la “inevitabilidad” del fuego.

El estudio también desmonta uno de los argumentos más repetidos durante el verano: no existe evidencia estadística sólida de que los incendios afectaran más a espacios protegidos que a zonas no protegidas. Aunque aproximadamente un 32 % de la superficie quemada se encontraba dentro de áreas protegidas, esta cifra es coherente con el peso real de estos espacios en el territorio afectado.

Abandono rural y acumulación de combustible

Los investigadores apuntan a causas estructurales de largo recorrido. Décadas de abandono agrícola, desaparición del mosaico tradicional del paisaje y una política centrada casi exclusivamente en la extinción han favorecido la expansión continua de matorrales densos, altamente inflamables y conectados entre sí.

A ello se suma la acumulación de combustible fino tras años de supresión eficaz de incendios menores. Cuando estas masas vegetales se encuentran con una ola de calor extrema, el resultado es un escenario en el que varios incendios de gran tamaño pueden desatarse al mismo tiempo, superando cualquier capacidad de respuesta.

Un problema de seguridad nacional

El impacto de los incendios de agosto de 2025 fue mucho más allá del ámbito ambiental. El episodio dejó al menos ocho víctimas mortales, provocó evacuaciones masivas y obligó a activar, por primera vez en España, el Mecanismo Europeo de Protección Civil, además de requerir la intervención del Ejército.

Por todo ello, los autores del estudio concluyen que los incendios extremos deben abordarse como un problema de seguridad nacional, no solo ambiental. Reclaman un cambio profundo de enfoque: menos dependencia de la reacción de emergencia y más prevención proactiva, planificación territorial, gestión estratégica del combustible y políticas de adaptación y mitigación frente al cambio climático.

De lo contrario, advierten, veranos como el de 2025 dejarán de ser excepcionales para convertirse en la nueva normalidad.

El estudio va más allá del diagnóstico y lanza una advertencia explícita a los responsables políticos. Los autores subrayan que la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero es el principal factor para limitar el aumento futuro de las condiciones meteorológicas extremas que favorecen los grandes incendios, y advierten de que las estrategias de adaptación y gestión forestal, por sí solas, tienen un alcance limitado si no se actúa sobre la raíz del problema climático.

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