A ti, que votas banderas mientras te roban la sanidad pública

Una reflexión en primera persona sobre lo que significaría vivir sin sanidad pública y asumir, con el propio bolsillo, el coste real de enfermar en un sistema sanitario privado

Querido ciudadano,

Imagina por un momento que mañana despiertas en un país sin sanidad pública. No hay centro de salud al que acudir con la tarjeta sanitaria en la mano. No hay urgencias que te atiendan sin preguntar antes por tu cobertura. No hay listas de espera, es cierto, pero tampoco hay garantías. Cada consulta, cada prueba, cada ingreso empieza con la misma pregunta: ¿cómo va a pagar esto?

Sales de la consulta con un papel en la mano y un ruido blanco en la cabeza. La palabra cáncer no termina de encajar con la cara de tu hijo, con su mochila en casa, con la ropa sin recoger. Preguntas lo justo. Asientes. Dices que sí a todo. Luego llega la segunda frase, la que nadie dramatiza pero lo cambia todo: el seguro no cubre todo el tratamiento. No ahora. No así. No completo. Y entonces haces cuentas mientras intentas no llorar. Descubres que salvarle la vida no depende solo de la medicina, sino del saldo de tu cuenta.

Días después estás sentado en un banco, explicándole a un desconocido cuánto cuesta que tu hijo viva. Hablas de quimioterapia, de cirugías, de medicamentos que no entran en póliza, como si fueran extras opcionales. Pides un préstamo no para una casa, ni para un negocio, sino para ganar tiempo. Para comprar esperanza. Para que tu hijo tenga una oportunidad. Y en ese momento entiendes algo brutal: cuando la sanidad no es pública, la enfermedad no solo duele en el cuerpo. Duele en la dignidad. Porque nadie debería tener que endeudarse para que su hijo no muera.

En un sistema sanitario como el de Estados Unidos (a eso aspiran las derechas) la atención médica no es un derecho, es un servicio. Y como cualquier servicio, se compra. Si tienes un buen seguro -y si ese seguro cubre justo lo que te ocurre- accederás a médicos, hospitales y tratamientos. Si no lo tienes, o si tu póliza es limitada, enfermar se convierte en una decisión imposible: cuidarte o arruinarte. Allí, miles de personas evitan ir al médico por miedo a la factura. O salen del hospital con una deuda que arrastrarán durante años.

Ahora piensa en tu vida cotidiana. En tu sueldo. En la estabilidad -o inestabilidad- de tu empleo. En si podrías asumir cientos de euros por una consulta especializada, miles por una prueba compleja, decenas de miles por una intervención quirúrgica o una estancia hospitalaria. Porque eso es lo que ocurre cuando la sanidad se privatiza de verdad: la enfermedad deja de ser un problema de salud y pasa a ser un problema económico.

Sin sanidad pública, la prevención desaparece. Ya no se trata de detectar a tiempo, sino de llegar cuando el problema es grave. El sistema no te cuida: te factura. Y cuanto más tarde llegas, más caro resulta. Paradójicamente, un sistema así no es más eficiente. Es más caro, más desigual y ofrece peores resultados en salud para el conjunto de la población.

También cambiaría el mapa de la atención sanitaria. Los servicios se concentrarían donde son rentables. La lógica no sería atender al que más lo necesita, sino al que más puede pagar. Y cuando la salud se rige por el mercado, hay ciudadanos que sobran.

Tal vez pienses que esto es exagerado. Que la sanidad pública es intocable. Que nadie se atrevería a desmontarla del todo. Pero esa es una de las grandes trampas del debate actual. Nada más lejos de la realidad. La sanidad pública no se elimina de golpe: se debilita, se fragmenta, se externaliza, se infrafinancia hasta que deja de cumplir su función. Y ese proceso lleva años en marcha, impulsado por políticas de derechas que no creen en lo público como pilar, sino como coste a reducir.

Un proceso que no solo deciden los gobiernos. También decidimos nosotros. Le damos la puntilla cada vez que acudimos a las urnas y votamos a partidos que no creen en la sanidad pública como un derecho, sino en el negocio que representa. Partidos que agitan banderas, identidades y miedos mientras vacían silenciosamente los servicios que sostienen la vida cotidiana. Porque, no nos engañemos: las banderas no curan, no operan, no ponen quimioterapia ni salvan a un hijo enfermo. La sanidad pública sí. Y creer que es intocable, hoy, es una forma muy cómoda, y muy peligrosa, de no mirar de frente lo que está pasando.

No es una interpretación interesada. Es un planteamiento político explícito. Santiago Abascal lo ha dicho sin rodeos: no puede haber sanidad pública para todos. Cuando un dirigente político afirma eso, no está provocando; está marcando un horizonte. Uno en el que el acceso a la sanidad deja de ser universal y pasa a depender de quién merece, quién puede pagar o quién queda fuera.

Presidentes autonómicos como Isabel Díaz Ayuso o Fernando López Miras no necesitan decirlo tan explícitamente. Son alumnos aventajados de ese mismo modelo: lo aplican por la vía de los hechos. Externalizaciones, conciertos crecientes, infrafinanciación del sistema público, normalización de la sanidad privada como alternativa “natural”. La sanidad pública no se elimina de golpe; se vacía, se tensiona, se degrada hasta que el ciudadano acaba buscando refugio en lo privado.

Y entonces ocurre algo perverso: se presenta ese desplazamiento como una elección individual, cuando en realidad es el resultado de una política deliberada. Primero se debilita lo público. Después se señala que “ya no funciona”. Y finalmente se plantea, incluso en consultas oficiales, si debe recortarse o si la Administración debe seguir financiando los gastos sanitarios de la población. El círculo se cierra.

Y hay algo aún más profundo. La sanidad pública no es solo hospitales y médicos. Es la certeza de que, pase lo que pase, no estarás solo. Que tu salud no depende de tu cuenta bancaria. Que enfermar no te convierte en un problema. Cuando esa certeza desaparece, se rompe algo esencial: la idea de igualdad.

Por eso conviene hacerse una pregunta incómoda, pero necesaria. No si la sanidad pública es perfecta, no lo es, sino qué ocurriría sin ella. Porque cuando la salud se convierte en un privilegio, la sociedad deja de ser justa. Y cuando eso ocurre, el precio no lo pagan solo los enfermos. Lo paga toda la ciudadanía.

Me dirijo a ti. A ti, que llegas justo a fin de mes y aun así votas a quienes rebajan impuestos a los que más tienen, convencido de que algún día estarás entre ellos. A ti, que te aferras a símbolos porque te han convencido de que la patria empieza y acaba en una bandera, mientras te van quitando, sin ruido, aquello que más necesitas para vivir con dignidad: la sanidad pública.

No te engañan porque seas ignorante (también los hay) sino porque han sabido tocar una fibra emocional: la promesa de ascenso, el orgullo identitario, el miedo a perder lo poco que tienes. Pero mientras miras arriba soñando con ser como ellos, te están robando lo que te sostiene. La realidad es obstinada: no gobiernan para ti. Gobiernan para quienes no necesitan una tarjeta sanitaria porque siempre podrán pagar. Y te piden que mires a otro lado cuando deciden que tu precariedad -y tu salud- son un daño colateral asumible de su prosperidad.

Atentamente,

Alguien que no da por hecho lo que otros están dispuestos a desmontar.

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