Polarización en España 2025: más crispación, menos confianza en los medios y líderes cada vez más rechazados

La nueva encuesta del CEMOP dibuja un país atrapado entre la crispación, la desconfianza hacia los medios y un consumo informativo que alimenta las burbujas ideológicas, mientras los líderes políticos cosechan el mayor rechazo de la última década

Hay una sensación que atraviesa las conversaciones, los titulares, los chats familiares y las sobremesas: España está crispada. No es solo una impresión alimentada por las redes o las broncas parlamentarias. Lo dice, de forma nítida, la V Encuesta Nacional de Polarización Política del CEMOP: siete de cada diez españoles perciben que el clima de enfrentamiento es hoy mayor que hace un año. No es una cifra cualquiera. Es un diagnóstico colectivo que revela el estado emocional de un país que vive la política como un conflicto permanente.

La investigación, realizada entre mayo y junio de 2025, confirma algo que muchos intuyen: la crispación no es simétrica. Se intensifica entre quienes ya miran la realidad desde posiciones más extremas. En la extrema derecha, el sentimiento de aumento del conflicto es casi unánime. Entre los jóvenes aparece con menos fuerza, pero aún así dominante. Y, sin embargo, aunque el clima emocional empeora, la polarización afectiva -esa distancia emocional con el adversario político- apenas retrocede. Apenas se mueve. El CEMOP detecta incluso un matiz significativo: lo que se ha debilitado no es el rechazo al otro, sino la simpatía hacia los propios. No odiamos menos; simplemente queremos menos a quienes decíamos apoyar.

Esa erosión afectiva se nota especialmente en el vínculo entre votantes y partidos. El PP, el PSOE y Sumar pierden simpatía de manera generalizada; Vox, algo menos, pero también. El votante no cambia de bloque, pero se desprende emocionalmente. Es la resaca natural de un año no electoral, apunta el estudio. Sin el calor de las urnas, las lealtades se enfrían. Pero el rechazo hacia los líderes -hacia casi todos- sigue escalando. El documento del CEMOP lo expresa sin rodeos: “aumentan los sentimientos de rechazo hacia los principales líderes políticos del país”. Feijóo y Sánchez encadenan subidas en antipatía. Santiago Abascal continúa siendo, por quinto año, el dirigente que más rechazo provoca.

Lo llamativo es que esta hostilidad se dirige más hacia las personas que hacia las siglas. Los líderes han pasado a ser el foco principal del desgaste, como si la ciudadanía se hubiera cansado del tono áspero, de la confrontación sin matices, de la teatralización de la política. En un sistema no presidencialista como el español, este desplazamiento de la negatividad hacia los rostros -más que hacia los partidos- marca un cambio profundo.

Es decir: la antipatía hacia los líderes es mayor que hacia sus partidos, un fenómeno llamativo en un sistema parlamentario y que apunta a una “personalización negativa” de la política española.

Desconfianza en los medios de comunicación

Pero hay otro terreno donde la desafección es todavía más evidente: los medios de comunicación. La encuesta retrata una desconfianza estructural. La afirmación “los medios españoles son una fuente confiable de información” apenas alcanza una media de 4,1 sobre 10. En cambio, la idea de que “buscan influir para promover un punto de vista determinado” asciende hasta un 8,3. La ciudadanía reconoce a la prensa como un pilar democrático, sí, pero la sospecha hacia su imparcialidad es generalizada. La nota de prensa del CEMOP lo resume con crudeza: “Los medios aparecen como agentes que tratan de orientar la opinión más que reflejar la realidad de forma imparcial.”

Esta crisis de credibilidad no produce apatía, sino una hipervigilancia desconfiada: la mayoría dice que ya no se queda con la primera versión de una noticia. La contrasta, la verifica, la desmenuza. No solo por precaución, sino porque también se sospecha que el medio “no afín” manipula deliberadamente la información. Ese “no afín” se ha convertido en una categoría emocional, casi moral, más que informativa.

La mayoría busca confirmarse

Y aun así, los ciudadanos se informan cada vez más dentro de burbujas ideológicas. El CEMOP lo demuestra con una precisión casi quirúrgica: la distancia entre la ideología de un lector y la que atribuye a su diario de referencia apenas alcanza 1,7 puntos sobre 10. Es decir, la mayoría elige leer aquello que ya coincide con su forma de ver el mundo. La exposición selectiva se ha normalizado. No buscamos entender al otro; buscamos sentirnos entendidos por quienes piensan como nosotros.

La encuesta también indaga en las emociones que genera la lectura de la prensa. Y aquí aparece un dato que explica mucho del clima actual: leer las noticias no tranquiliza; inquieta. El enfado es la emoción dominante entre lectores de El País, El Mundo y ABC. La actualidad política se ha convertido en un terreno emocionalmente cargado, donde la indignación se impone a la comprensión. La política como disputa permanente, la prensa como amplificador emocional y la ciudadanía como espectadora cansada pero atrapada.

En paralelo, se consolida un cambio profundo en la forma de consumir información. Se lee menos, se lee más rápido, se lee con prisa. La mayoría llega a las noticias de manera indirecta, guiada por algoritmos, titulares y notificaciones fragmentadas. Solo uno de cada cuatro lectores accede directamente a la web del medio. Y apenas un 5% conserva el hábito de la prensa en papel. El resto navega por un océano de contenidos filtrado por buscadores y redes sociales que priorizan lo llamativo sobre lo relevante.

La suma de todos estos elementos describe un ecosistema político y mediático que alimenta la tensión: líderes que despiertan rechazo, partidos que pierden afecto, medios en los que no se confía y un consumo informativo emocionalmente tóxico. La polarización, según los datos, baja tímidamente. Pero las percepciones, emociones y hábitos que la sostienen siguen muy presentes.

España se enfrenta, en definitiva, no solo a un problema de confrontación política, sino a un desafío más profundo: cómo reconstruir espacios de confianza, cómo desactivar el ruido y cómo recuperar una conversación pública que no esté hecha solo de ecos, miedos y enfados.

La encuesta no ofrece recetas. Pero sí deja entrever una conclusión inquietante: si la desconfianza es la norma, si el adversario es siempre una amenaza y si la información solo sirve para confirmar lo que ya creemos, la crispación no hará sino crecer. Y la sociedad se irá fragmentando en múltiples relatos que no se escuchan entre sí.

En ese espejo nos estamos mirando. Y la imagen no es cómoda, pero sí imprescindible para entender en qué punto estamos y hacia dónde podríamos ir si no se reequilibra el paisaje emocional y mediático del país.

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