El 3 de mayo de 2017 Fernando López Miras tomó posesión como presidente de la Región de Murcia. Ocho años después, el balance de su gestión es claro, coherente y reconocible: todo lo malo es culpa de Pedro Sánchez. Todo. Sin excepción. Aunque ocurra un martes de agosto en Caravaca y tenga que ver con una tubería rota.
Ruido ha hecho mucho. Eso es innegable. Pero siempre el mismo. Un ruido monocorde, repetitivo, perfectamente afinado, que se escucha igual en un pleno de la Asamblea que en una romería: “Madrid nos maltrata”, “Sánchez nos castiga”, “el Gobierno de España nos abandona”. A veces incluso sin venir a cuento, como cuando llueve poco, llueve mucho o directamente no llueve.
La Región lidera indicadores preocupantes en pobreza, precariedad laboral, fracaso escolar o listas de espera sanitarias, pero el presidente lo tiene claro: él pasaba por allí. Gobernar, gobierna, sí, pero en diferido y con responsabilidad delegada. Si algo funciona, es gracias a su “gestión incansable”; si algo falla, es un complot perfectamente orquestado desde La Moncloa.
En San Esteban se estudia ya elevar esta estrategia a patrimonio inmaterial: el arte de gobernar sin gobernar, una técnica política avanzada que consiste en inaugurar cosas que vienen de antes, anunciar planes que no llegan nunca y comparecer muy serio para explicar que la culpa, una vez más, es de Pedro Sánchez, incluso cuando Pedro Sánchez no sabe muy bien qué está pasando en la Región de Murcia. Que está claro que no lo sabe tal y como se hunde el PSRM-PSOE.
Lo cierto es que, tras casi una década, algunos murcianos (los que se animan a pensar fuera del pesebre) siguen preguntándose qué recordarán los libros de Historia sobre su mandato. Y la respuesta empieza a tomar forma: conciertos, misas, procesiones, fiestas populares y una presencia constante en cualquier evento donde haya un escenario, una cerveza fría y «Viva Suecia» dispuesto a tocar.
Aunque sería injusto decir que López Miras no ha hecho nada en ocho años de gobierno. Ha hecho muchas fotos. En estos ocho años ha desarrollado una intensa agenda de fauna, folclore y primeros planos que lo sitúan como uno de los presidentes autonómicos más fotografiados por metro cuadrado de territorio. Su legado visual es incontestable: soltando linces ibéricos con cara de “este sí se queda”, liberando buitres con gesto solemne y posando junto a cualquier animal que tenga alas, pezuñas o una mínima posibilidad de salir bien en cámara.
En el ámbito espiritual, el presidente ha demostrado una versatilidad sin precedentes. Ha besado más cristos, portado más vírgenes y acompañado más procesiones que muchos sacristanes con trienios. No gobierna, acompaña. No legisla, procesiona. Su apuesta por la Semana Santa como eje vertebrador del desarrollo regional sigue sin figurar en el BOE, pero sí en todas las galerías de fotos oficiales.
Entre sus grandes aportaciones a la política regional destaca, por supuesto, la foto colectiva estratégica, una modalidad de gobierno que consiste en reunir a todas las “fuerzas vivas” de la Región (los directores de medios de comunicación los primeros) en un salón de actos para anunciar un plan cuyo contenido nadie recuerda, pero cuya foto circula durante semanas.
El plan puede ser de agua, de industria o de “futuro”, que sirve para todo. Lo importante es que haya muchos trajes, muchas sonrisas y el presidente en el centro, demostrando que si todos salen en la foto, nadie se siente responsable de nada. Gracias a esta técnica, la Región de Murcia no avanza, pero posa unida. Y eso, en ocho años, ya es casi una política pública.
Sus colaboradores más cercanos aseguran que López Miras no concibe la política sin un buen story. Cada acto de gobierno debe poder resumirse en una imagen, preferiblemente con fondo rural, mirada al horizonte y chaqueta informal, como si estuviera a punto de anunciar algo importante.
Así, mientras otras comunidades aprueban leyes, reforman servicios públicos o toman decisiones incómodas, en la Región de Murcia se ha perfeccionado una forma de gobernar mucho más amable: la política como álbum de fotos. Un presidente cercano, sonriente, omnipresente, que no molesta a nadie porque nunca entra en el fondo de nada.
Mientras el presidente posa o se va de concierto vestido de amarillo canario con la guitarra, el Mar Menor sigue esperando, la sanidad resiste como puede y los jóvenes siguen haciendo las maletas. Pero López Miras permanece firme, señalando al norte con el dedo acusador y al escenario con la otra mano, marcando el ritmo.
Ocho años después, Fernando López Miras ha conseguido algo extraordinario: estar en el poder sin dejar huella. No será recordado por una gran reforma, ni por una decisión valiente, ni por asumir errores. Será recordado como el presidente que convirtió a Pedro Sánchez en consejero permanente del Gobierno regional sin pisar la Región de Murcia.
Al final, cuando dentro de un tiempo alguien pregunte qué hizo Fernando López Miras como presidente, la respuesta será sencilla: estuvo y tocó la guitarra cual cigarra.