Hojas caídas

"En los hospitales de la sanidad pública los ángeles alados ayudan a mitigar la soledad de los moribundos"

“Quizás una larga noche oscura está girando alrededor de mis ojos…”. Como en la canción de Nick Cave, esa es la impresión que tuvo al ver a su padre durmiendo en la cama del hospital. El inicio de una larga noche oscura.

A esas horas todavía todo eran interrogantes. Pese a su respiración abriéndose paso con esfuerzo a través de los desgastados músculos pulmonares, pensó que dormía con cierta placidez. E incluso albergaba la certeza de que despertaría. Se sentó a su lado mientras la tarde dejaba paso a la larga noche.

Llegaron los ángeles de la guarda. Un equipo de cuatro mujeres, médicas, neumólogas. Le hablaron de morfina, del sueño profundo generado por el dióxido de carbono emitido en la respiración. Se reunieron con él bajo los fluorescentes del pasillo. Ya no despertará. Sus pulmones están muy desgastados, cansados, no posibilitan ya capacidad respiratoria autónoma.

Pensó en las hojas caídas que había visto en un paseo a lo largo del río. Las moreras y las melias había acelerado el proceso de desproveerse de sus últimas hojas. Quedaban apenas unos días para el final del otoño.

Esas médicas le hicieron saber que esta hoja caída no sufriría en su viaje hacia la larga noche. La resguardarían de cualquier sacudida virulenta. Caería sobre el pavimento con suavidad. En los hospitales de la sanidad pública los ángeles alados ayudan a mitigar la soledad de los moribundos.

Aquella habitación repentinamente había cambiado. Ya no era la misma. Se había conectado a lejanas fuerzas cósmicas. El cuerpo de su padre permanecía allí y persistía el sonido pautado de la respiración asistida. Pero ahora extraños seres se posaban sobre el barandal de la cama. Tenían la forma de espirales alargadas y en su interior albergaban un tiempo infinito.

Conforme las horas de la noche se sucedían estuvo pendiente de cualquier mínima variación en el estar de aquel que lo cuidó toda su vida. No podía despojarse de la esperanza de un despertar repentino. Cuando en algún momento, su padre abrió los ojos, por un instante pensó que se hacía realidad la posibilidad de volver a hablarle. Pero no. Aquellos ojos ya no miraban lo inmediato. ¿Qué verían? La infinitud de las partículas cósmicas.

Entre las imágenes que se le pasaban por la cabeza, mientras trataba de acomodarse en el sillón junto a la cama de su padre, se recreó en el recuerdo de una vieja foto en blanco y negro de la infancia. Él, un niño de siete u ocho años, un poco deslumbrado por la luz del día, y al lado, su padre sonriente y sentado de cuclillas.

Aquel cuerpo joven de la fotografía que fue su padre todavía se sentaba de cuclillas. Le emocionó pensar en aquellas articulaciones fuertes, flexibles, musculosas. La enfermedad emergería con los años y terminaría atrofiándolas. Una “Distrofia Muscular de Steinert”. Una patología heredada. El mal familiar que con el tiempo le conduciría a un progresivo deterioro de su capacidad vital y le impediría una movilidad autónoma. Un deterioro que culminaba en esta larga noche oscura.

Aún no había amanecido cuando se quedó durmiendo apenas veinte minutos. En ese intervalo ocurrió. Se durmió justo el instante en el que su padre se fue para siempre. Pensó con cierta extrañeza en lo que se había encadenado en aquella habitación. Como si algo hubiera actuado para dormirlo y así hacer posible que su padre emprendiera el viaje a la eternidad. Comprendió que son conexiones de este tipo las que han justificado que los humanos a lo largo de la historia recurrieran a Dios como explicación.

Los ángeles de la guarda hospitalaria regresaron a la habitación para certificar la defunción. Allí recibió los primeros “lo siento mucho”. A lo largo del día vendrían más.

Fue el poeta John Keats quien en su poética evocó la muerte como cura. “Verso, Fama y Belleza son intensas embriagueces, Más intensa, empero, la muerte -la muerte, suprema recompensa de la vida”. Keats hizo de la vida enfermedad y de la muerte cura. Quizás en un sentido similar, Borges evocó “la vasta y vaga y necesaria muerte”.

Agradeció cada uno de los abrazos que recibiera. En el corro de los afectos, palabras y abrazos de aquel día, un amigo le dijo: “se nos va una generación valiente que nos construyó un mundo de la nada”. Estas palabras las recibió como una verdad indiscutible. Precisamente en las conversaciones durante el velatorio, los viejos compañeros de labores docentes de su padre habían rememorado, cuando coincidieron como profesores en activo en los lejanos 80, cómo sacaron adelante desde cero un instituto de formación profesional en la ciudad.

La mañana del entierro anunciaba el inminente invierno. Cielo nublado y grisáceo. Aquellas montañas del horizonte las conocía bien: El Roldán, La Muela, Peñas Blancas. El vuelo de las grajillas trazaba los pensamientos de este artículo a modo de homenaje a nuestros mayores. Se esforzaron en dar lo mejor de sí para construir lo que hemos disfrutado. Espero que como generación podamos nosotros aproximarnos a lo que hicieron ellos.

Facebook
X
LinkedIn
WhatsApp
Email

¿Crees en un periodismo libre, sin ataduras ni intereses ocultos? En RRNEWS contamos lo que otros callan. Vamos más allá de la versión oficial porque creemos que la información es vital y debe ser accesible para todos, sin muros de pago.

Pero para seguir haciéndolo, necesitamos tu apoyo. Si valoras lo que hacemos, conviértete en mecenas con el pago mensual que tú decidas. Lo que para ti puede ser una cantidad simbólica, para nosotros significa independencia, rigor y continuidad.

Súmate a quienes ya creen que otro periodismo es posible.
Hazte mecenas hoy.