El reciente fallo del Tribunal Supremo ha condenado a inhabilitación al Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, bajo la acusación de difusión de datos de la confesión de fraude fiscal por parte de la pareja de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. El fallo, dado a conocer sin la sentencia, ha generado múltiples críticas y una sensación justificada de “golpe judicial”. Con una intencionalidad más oportunista, la propia Díaz Ayuso se dio prisa en interpretar el fallo como una absolución del caso de fraude de su pareja.
Esta indignante situación revela, a mi modo de ver, un aspecto insuficientemente tratado. Esto es, lo que la derecha española está dispuesta a hacer por no perder ni un centímetro de su poder sobre el territorio de la Comunidad de Madrid. Sea con el tamayazo -aquel caso de transfuguismo por el que dos diputados del PSOE votaron un 30 de junio de 2003 en contra de la investidura en segunda vuelta del socialista Rafael Simancas como Presidente de la Comunidad de Madrid, lo cual posibilitó la repetición electoral y posterior victoria de la candidata del PP, Esperanza Aguirre-, sea con el reciente fallo contra el Fiscal General o sea gracias a la asombrosa fortuna de Díaz Ayuso esquivando causas judiciales (caso de las residencias durante Covid-19, caso “Avalmadrid”), en todas estas encrucijadas, la derecha española se las ha ingeniado para mantener intacto su poder territorial en Madrid.
El sociólogo Alfonso Ortí se preguntaba, en un artículo escrito en 1990, sobre la nueva centralidad capitalina adquirida por Madrid: “¿Cómo domina y explota la clase dominante (y explotadora)?”. Mediante el control del suelo y del territorio, respondía. En efecto, la apropiación oligárquica del suelo posibilita la especulación continua en solares e inmuebles.
En la década de los 90, Madrid emergía como capital del capital financiero e internacional. Fue el momento en el que Madrid salió de la larga crisis precedente, habiendo reforzado su centralidad hegemónica en el nuevo modelo de desarrollo económico basado en el predominio del sector servicios y en la multinacionalización del capital.
Por aquel entonces yo vivía en Madrid y pude ser testigo de la aceleradísima gran transformación del centro histórico de Madrid. Las clases populares fueron desplazadas de los barrios céntricos y las clases dominantes se lanzaron a la reestructuración de todo el espacio central de Madrid: construcción de las Torres Kio en la Plaza de Castilla (lugar donde justamente el cineasta Alex de la Iglesia situaría el nacimiento del “día de la bestia” en su conocida película), concentración de casi el 50% de oficinas centrales de las quinientas empresas principales en España, construcción de viviendas para las clases medias y altas…
El centro de Madrid quedó, en apenas una década, “aburguesado”, como resultado de ese proceso que los sociólogos denominan gentrificación. Un cambio en la geografía céntrica madrileña profundo y de rapidísima evolución. Aquella “gentrificación” del suelo madrileño por parte de las clases pudientes daría lugar con el tiempo a la conocida “turistificación”, tal y como la denominamos hoy, la cual ha encarecido sobre manera el precio de los alquileres.
Madrid se convirtió en un territorio propicio para los negocios de acaparamiento y especulación del suelo. Quien detentara el mando político de la “capital del capital”, ejercería ipso facto un control sobre una fabulosa máquina de crecimiento y generación de beneficios. Ha habido muchas buenas razones, por tanto, para que la derecha española haya convertido Madrid en su bastión electoral. Y está dispuesta a defender esta hegemonía cueste lo que cueste. Las víctimas van quedando en la cuneta, la última, nada menos, que un Fiscal General del Estado.
El reverso de esta lógica de apropiación oligárquica del suelo, para su especulación, es la problemática de la vivienda que tiene planteada este país. Si en los años 90, se formó una “nueva aristocracia especulativa” (dice Alfonso Ortí), fue a consta de una cada vez más polarizada desigualdad urbana, que ha dificultado el acceso a la vivienda a los jóvenes y a numerosos estratos de la clase trabajadora.
Precios (cada vez más altos) para rentas (cada vez) más bajas. Este es el resultado del dominio de la aristocracia especulativa que se conformó en las ciudades españolas en los años 90 y que ha pervivido intacto hasta hoy, a pesar de la crisis del 2008 y la gran revuelta social del 15M (que se inició, no lo olvidemos, con una protesta por el derecho a la vivienda). La gente joven y trabajadora son las grandes excluidas del derecho a la vivienda.
Desde hace un tiempo a esta parte viene siendo habitual que los medios de comunicación anuncien eso de que los jóvenes “son más de derechas que nunca”. Esta brocha gorda cabrea un poco. Pues en el ciclo de protesta política que abrió el 15M, los protagonistas fueron los jóvenes. Por no hablar de que el último gran ciclo de protesta feminista lo han protagonizado las chicas jóvenes. O de que, por referirnos a acontecimientos de hace unos días, los jóvenes han dejado las aulas vacías para unirse a la huelga convocada en las universidades madrileñas para denunciar la asfixia presupuestaria y el abandono institucional inducido por el gobierno de Díaz Ayuso.
Puede ser que haya una sensibilidad “reaccionaria” entre una parte de los jóvenes. Tan cierto como que otra parte nada desdeñable ha demostrado ganas de protesta y cambio progresista. Durante los días 21 y 22 de noviembre, la Maravillosa Orquesta del Alcohol (M.O.D.A.) estuvo tocando en una conocida sala de la ciudad de Murcia con el cartel de “entradas agotadas”. Se trata de un grupo de pachanga-rock, con músicos muy virtuosos y letras poéticas de notable calidad literaria. No se apreciaba allí “juventud reaccionaria”, sino más bien todo lo contrario. Jóvenes veinteañeros/as y treintañeros/as con ganas de pasarlo bien y que, al unísono, cantaban letras que conocían de memoria.
Con este ambientazo alrededor de la M.O.D.A., nos vino a la memoria lo que significó Mano Negra (y Manu Chao) cuando teníamos esas edades de los 20 ó 30 años. También los de Mano Negra agitaban la escena a ritmo de pachanga, con muchos instrumentos de viento. La primera vez que los ví en Javalí Viejo (Murcia), a mediados de los 90, me resultó fascinante su actitud irreverente y alegre. Quizás la M.O.D.A. no tenga ese punto rupturista, pero desde luego comparten una cierta afinidad en las ganas de cambiar las cosas, de construir otra sensibilidad, de poner una sonrisa al público en este mundo sórdido.
La música tiene ese poder de constituir la banda sonora de cada generación. En aquellos años, Mano Negra fue el fondo musical de las protestas contra la globalización. ¿Quién sabe qué nuevas energías colectivas se están concentrando alrededor de las propuestas musicales de hoy? Por ello, cuando el cantante de la M.O.D.A., en la parte final del concierto, cantó el tema de “héroes del sábado”, emití una sonrisa al tararear su estribillo: “¿Dónde están los que pueden parar el mundo sólo con mirar?”.