Ante la soledad estratégica de Europa, llega la hora de la emancipación

Europa, obligada a redefinir su papel en un mundo sin tutela estadounidense, afronta el reto de construir una autonomía estratégica propia para no quedar relegada a la irrelevancia

A principios de diciembre de 2025, Estados Unidos presentó públicamente su Estrategia de Seguridad Nacional, un documento que descubre una visión centrada únicamente en los intereses estadounidenses (America First) y que supedita a ellos lo que pueda acontecer en el resto del mundo.

Europa, una vez más en este 2025, despierta en un mundo donde el atlantismo ha dejado de existir. Lo que parecía impensable hace apenas una década -la desvinculación de Estados Unidos del proyecto europeo- es hoy un hecho cada vez más perceptible. La política de la administración Trump II ha confirmado que Washington no se siente ya aliado, sino espectador distante, cuando no competidor directo, de las aspiraciones europeas. António Costa, presidente del Consejo Europeo, declaraba que lo que “no podemos aceptar es esta amenaza de interferencia en la vida política de Europa. EE UU no pueden reemplazar a los ciudadanos europeos para elegir cuáles son los buenos partidos y los malos”.

Por su parte, el canciller alemán Friedrich Merz declaraba el pasado 13 de diciembre en un discurso pronunciado en Múnich que la era de la Pax Americana había terminado en Europa. Lo decisivo, sin embargo, es que este abandono no responde a un impulso aislacionista, como tantas veces se había temido en la historia norteamericana, sino a una estrategia deliberada de transferencia de costes, es decir, que sean los europeos quienes paguen la factura por la defunción del atlantismo.

El golpe no es únicamente militar, aunque la defensa común sea el terreno donde más evidente se muestra la fragilidad europea. Es también ideológico. Durante más de medio siglo, la retórica de la comunidad transatlántica proporcionó a la Unión Europea (UE) un relato legitimador, un sentido de pertenencia a un bloque occidental definido por la seguridad colectiva y los valores compartidos. La renuncia de Estados Unidos a sostener esa narrativa deja a Europa en una orfandad inédita, en la que queda sin paraguas protector, pero también sin espejo simbólico en el que reconocerse.

La reacción inmediata podría ser el desconcierto. ¿Cómo reconstruir un horizonte de acción común cuando la brújula que orientaba la política exterior europea se ha roto? Se podrían intensificar las divisiones internas, ya que, por ejemplo, los Estados bálticos o Polonia, tradicionalmente dependientes de la disuasión estadounidense frente a Rusia, muy difícilmente asumirán compartir las prioridades estratégicas de Francia, España o Italia, más orientadas hacia la inestabilidad en el Mediterráneo. Alemania, atrapada entre su dependencia energética y su papel de motor económico europeo, oscila entre el pragmatismo y la vacilación.

Y, sin embargo, esta soledad estratégica puede convertirse en oportunidad histórica, ya que Europa no parte de cero, puesto que tres generaciones de integración europea han ido creando herramientas que, empleadas con decisión política, pueden convertirse en los cimientos de una auténtica autonomía estratégica respecto de Estados Unidos. La capacidad de la UE para fijar normas internacionales en materia tecnológica, ambiental o digital la convierte en una potencia regulatoria inigualable. Por otro lado, el euro, aunque con algunas tensiones internas, ofrece un robusto pilar financiero que podría reducir la dependencia del dólar y articular un diseño económico mucho más autónomo. Por otro lado, a través de la PESCO (Cooperación Estructurada Permanente) y el Fondo Europeo de Defensa (dotado con 7.900 millones de euros), avanza la todavía incipiente cooperación en seguridad, pudiendo estos instrumentos evolucionar hacia una verdadera capacidad militar común. Asimismo, la acción diplomática conjunta en foros multilaterales de la UE le confiere una legitimidad internacional inalcanzable para cualquier Estado europeo en solitario.

Lo que está en juego es menos la acumulación de poder material que la capacidad de articular un relato colectivo. Emanciparse significa asumir que Europa no puede seguir definiéndose a partir de la tutela de otro. Implica dotarse de autonomía estratégica, invirtiendo en defensa y en soberanía tecnológica; pero también implica reforzar la cohesión democrática e identitaria del propio proyecto europeo. Una emancipación que no convenza a los ciudadanos, que no se traduzca en beneficios tangibles de seguridad y bienestar, será apenas un artificio retórico condenado al fracaso.

Los obstáculos son inmensos. Europa no tiene tradición de pensar en términos de poder duro, y buena parte de sus élites políticas siguen confiando en que el trumpismo sea una anomalía pasajera y en que un cambio de administración en Washington reabra las compuertas del atlantismo perdido. Otros Estados miembros, más inclinados al bilateralismo, podrían preferir acuerdos particulares con Estados Unidos, con Pekín o con Moscú, debilitando la acción común. A ello se añade la tensión entre el modelo federal que subyace a la idea de una Europa autónoma y la resistencia nacional a ceder nuevas parcelas de soberanía.

Sin embargo, la única alternativa a la emancipación es la insignificancia. Sin voluntad de actuar unida, Europa corre el riesgo de convertirse en terreno de juego para la rivalidad entre las grandes potencias mundiales. La UE podría resignarse a ser un actor de segunda fila que, sin capacidad para influir en el rumbo de la política global, quede reducido a un mero espectador de la confrontación entre Estados Unidos y China. En ese escenario, la UE se vería atrapada en una situación de dependencia tecnológica, energética y militar, que la llevaría a ser incapaz de ofrecer a sus ciudadanos el grado de protección y estabilidad que estuvo en el origen del proyecto europeo.

En este contexto, la soledad estratégica ha de asumirse como un punto de partida. No se trata de levantar muros ni de encerrarse en un repliegue autárquico, sino de traducir la integración acumulada en capacidad de acción. Europa dispone de instrumentos y de ingenio institucional y normativo extraordinarios; lo que le falta es la decisión política de utilizarlos en clave de poder. La historia rara vez concede segundas oportunidades, y esta coyuntura podría ser la última oportunidad para transformar la UE en un auténtico sujeto soberano.

El continente que nació del trauma de la guerra y se reconstruyó bajo la protección de Washington debe ahora aprender a caminar solo. Puede hacerlo, porque cuenta con los medios. Lo que resta por demostrar es si tendrá la voluntad de emanciparse, o si seguirá aferrado a una nostalgia del atlantismo que ya no volverá. El futuro de Europa será político y colectivo, o no será.

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