Migraciones climáticas

“Mientras las agujas colinegras adaptan sus rutas migratorias al calentamiento global, millones de personas en todo el mundo se ven obligadas a desplazarse por la misma crisis climática que amenaza su supervivencia.”

Sobre las láminas de agua de las Salinas de San Pedro del Pinatar, el reflejo perfecto de un cielo otoñal incandescente. Gaviotas y charranes vuelan, a cientos, sobre un trasfondo de tonalidades rosáceas, anaranjadas y rojizas. Este ajetreo constante de pájaros corrobora que, este espacio natural, milagrosamente salvado de la vorágine urbanística de los alrededores, es un nodo del sistema migratorio europeo de las aves que viajan hacia África, a pasar el invierno huyendo del frío de los países más al norte.

Entre el revoloteo continuo de numerosas aves en este atardecer, nuestra mirada se dirige a un grupo de agujas colinegras. Están concentradas en extraer afanosamente alimento de entre los limos de la orilla gracias a estar provistos de unos largos picos a modo de agujas. El elegante colorido rojo-naranja de sus cuellos resplandece también con el sol del atardecer.

Autor: Ángel Martínez Castejón

En un libro que coordinan mis colegas y amigos de la Universidad de Murcia, los profesores Jesús Montoya y Natalia Moraes, dedicado a explorar la producción literaria sobre la crisis ecológica global, he leído que está proliferando una nueva narrativa de las voces no humanas, ocupada por animales, organismos vegetales e incluso seres minerales, geológicos (en Literatura y Antropoceno. Imaginarios ecosociales en España y América Latina en el Siglo XXI, Comares, 2025).

“El mundo entero ha empezado a hablar”, leo en ese magnífico libro (pág. 208). John Berger se preguntaba hace unas décadas sobre Por qué miramos a los animales (1980). Allí reflexionaba sobre aquel mundo pretérito de cuentos y mitos repleto de animales y otros seres animados. Hace 200 años se rompió esa “mirada cómplice entre el hombre y el resto de animales”. Sin embargo, en nuestro presente actual, conmovido por los profundos efectos de la crisis planetaria, necesitamos recuperar esa complicidad con aves, plantas y estratos geológicos y ponernos a hablar. Y la literatura es un canal ideal para canalizar ese imaginario.

Gracias a esta proliferación de libros dedicados a nuestras compañeras no humanas de vida planetaria, descubro que las agujas colinegras, que tenemos en la lente de nuestros prismáticos, están experimentando un alarmante descenso de sus poblaciones a nivel mundial por el impacto del cambio climático. Se están desajustando los ritmos migratorios de las aves y las poblaciones de insectos de las que dependen para su alimentación. Cuando regresan de sus largas travesías migratorias ha pasado la época de los insectos y no pueden alimentar a sus crías. Desajustes climáticos que también ponen en peligro su supervivencia.

Sin embargo, y esta es la noticia positiva, las agujas colinegras europeas son un ejemplo de “flexibilidad conductual frente al cambio climático”. “Las poblaciones de agujas que antiguamente emigraban desde los Países Bajos hacia el África subsahariana se desvían ahora hacia la costa meridional de la península ibérica, donde las lagunas y salinas [como las de San Pedro del Pinatar] les proporcionan un hábitat invernal magnífico, y se desplazan con facilidad desde España hasta Portugal” (en Scott Weidensaul, A vista de pájaro, Debate, 2024, pp. 242-243). He aquí la clave del porqué estamos viendo agujas colinegras en el Mar Menor y San Pedro. Igualmente, tienen capacidad adaptativa a la hora de planificar el regreso en función del frío en los países del norte.

Las migraciones humanas también están viéndose influidas por el cambio climático. A diferencia de las agujas colinegras, los migrantes humanos sufren la violencia de la frontera y la desatención de las agencias humanitarias (aunque igualmente nuestras compañeras las aves experimentan la violencia, tras una larga travesía, de llegar a un saladar del Mar Menor y encontrarlo roturado o urbanizado).

En el Informe sobre las crisis de desplazamiento más desatendidas del mundo en 2024 del Consejo Noruego para los Refugiados (NRC) se destaca que, en 2024, el número de personas desplazadas en todo el mundo se duplicó con respecto a hace diez años. Este informe tiene como objeto destacar diez desplazamientos de personas a nivel mundial especialmente desatendidos, tanto las personas como sus países de origen, por las agencias humanitarias globales, a pesar de tratarse de verdaderas catástrofes humanas.

La mayor parte de estos “desplazamientos más desatendidos” están en países de África (aunque también se incluyen otras geografías como Honduras e Irán) y están relacionadas con perturbaciones introducidas por el cambio climático. Leamos:

“El cambio climático está afectando con mayor dureza a los más vulnerables. Está desplazando a personas de sus hogares, destruyendo medios de vida frágiles y empujando a comunidades que ya estaban al borde del abismo a condiciones aún peores. Las sequías prolongadas, las lluvias irregulares y los desastres cada vez más frecuentes no solo están desarraigando vidas, sino también erosionando los sistemas alimentarios.

Las cosechas se arruinan mientras el suelo se inunda, el ganado muere bajo un calor despiadado y el acceso al agua se vuelve cada vez más impredecible. La inseguridad alimentaria se ha convertido en una de las consecuencias más devastadoras e inmediatas de la crisis climática para las personas desplazadas.

A medida que el mundo se encierra en sí mismo y los presupuestos humanitarios se reducen, las necesidades de las personas desplazadas se hacen más evidentes, no más silenciosas” (Informe sobre las crisis de desplazamiento más desatendidas del mundo en 2024, Consejo Noruego para los Refugiados, NRC).

Resulta que, mientras las agujas colinegras y los desplazamientos humanos están viéndose afectados por la crisis climática, las principales potencias del mundo se olvidan de sus compromisos medioambientales e introducen a la humanidad en un delirante estado de guerra. Justo este otoño de 2025 se cumplen diez años del Acuerdo de París.

Hace diez años, científicos y diplomáticos de 195 países se reunieron en Le Bourget, al norte de París, y elaboraron un plan para salvar el mundo. Lo llamaron, con sobriedad, el Acuerdo de París, pero fue, sin duda, un hito en la política climática: un compromiso global casi universal para evitar un aumento catastrófico de la temperatura y asegurar un futuro más habitable para todos. Hoy, el mundo de Donald Trump, junto con el resto de las ultraderechas, está decidido a olvidar aquellos acuerdos fundamentales para la supervivencia humana.

Mientras dejamos a las agujas colinegras nutrirse en los limos de las Salinas de San Pedro del Pinatar, pues necesitan cargarse alimentariamente para continuar su ardua travesía migratoria, pienso en los millones de seres humanos afectados por la crisis climática. Hoy tenemos la posibilidad de un nuevo imaginario ecosocial en el que agentes humanos y no humanos se vinculen en una única comunidad de afectados por el desastre ecológico. Una Internacional de nuevo cuño que llame a la rebelión e impugne a aquellos gobiernos y poderes que están maquinando el fin de la humanidad.

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