“La salud humana es un reflejo de la salud de la Tierra”, dijo Heráclito de Éfeso (filósofo griego, s. VI a. C.). Los científicos tienen claro que seleccionando nuestros alimentos mejoraremos nuestra salud, paliaremos el cambio climático, mejoraremos el medio ambiente y ahorraremos agua.
Por eso, deberíamos hacer nuestro el lema de WWF “Si cuidas el planeta, cuidas tu salud”, ya que enfatiza la interconexión entre la salud humana y la del planeta. Y es que nada tiene tanto impacto sobre nuestra salud y sobre el medio ambiente como nuestra dieta cotidiana. Por eso, somos lo que comemos, bebemos y respiramos. En este sentido, recordamos que en España el artículo 40 de la Ley 17/2011, de 5 de julio, de seguridad alimentaria y nutrición (BOE 6-7-2011) obliga a promover la enseñanza de la nutrición y la alimentación en los centros escolares, pero, por desgracia, este objetivo habitualmente no se cubre ni en Primaria ni en Secundaria, y se refleja en los problemas de salud de nuestros pequeños y jóvenes.
La naturaleza debería ser un espejo en el que los humanos nos mirásemos para saber cómo debemos actuar en nuestra vida cotidiana. El libro “Seamos tan inteligentes como la naturaleza”, de Gunter Pauli, describe cómo la ciencia ayuda a producir alimentos de forma más sostenible y, de paso, crea una sociedad con menos desigualdades. Este libro presenta doce tendencias relativas al sistema económico, dirigidas a la agricultura y la industria alimentaria, que contribuyen directamente al calentamiento global y al despilfarro de recursos fundamentales como el suelo o el agua. Es precisamente con el sistema de producción de alimentos como puede iniciarse la transformación hacia una economía capaz de generar valor para las comunidades y crear dignidad para todos sus miembros, reducir las desigualdades y disminuir los efectos más peligrosos del cambio climático y la degradación medioambiental.
Sabemos que nuestra salud depende, básicamente, de cuatro factores:
- Herencia genética.
- Estilo de vida (alimentos, deporte, estrés…).
- Sistema de asistencia sanitaria.
- Medio ambiente (lugar de residencia).
Como dijo la Dra. Judith Stern, profesora estadounidense de Nutrición y Agricultura y Ciencias Ambientales en la Universidad de California: “La genética carga la pistola, pero el medioambiente aprieta el gatillo”. Pero nuestra alimentación es tan importante que “un estilo de vida saludable podría compensar el impacto de la genética en más de un 62 % y aportar hasta cinco años de vida”.
Los alimentos sanos y nutritivos son mejores para el planeta, al ser más sostenibles y ecológicos. Esa es la principal conclusión de un análisis de más de 57.000 artículos que se venden en los supermercados de Gran Bretaña e Irlanda, del gigantesco estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.
Los alimentos que dañan el medio ambiente son también los peores para la salud: el 60 % de los factores de riesgo responsables de todas las enfermedades son el resultado de una dieta de mala calidad. Así lo demuestra un estudio publicado en la revista PNAS, que añade además que los alimentos más dañinos para el ser humano lo son también para la Tierra. Por todo ello, una buena medida para mejorar nuestra salud y la del planeta sería subir los impuestos a todos los productos que nos enferman (carne procesada, alcohol, tabaco, ultraprocesados, bebidas o refrescos azucarados…), así como prohibir la publicidad de los productos grasos y disminuir su disponibilidad. Si seguimos comiendo como hasta ahora, habrá un incremento alarmante de enfermedades, de polución de las aguas y de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).
La producción mundial de alimentos (animales y vegetales) es responsable del 35 % de los GEI, según publica la revista Nature Food, que incluye transporte, importación, exportación y almacenamiento. Esto equivale a más de 17.000 millones de toneladas métricas de CO₂ al año. De todas las emisiones del sector alimentario, el 57 % corresponde a la producción de alimentos de origen animal y el 29 % a la de origen vegetal.
La dieta mediterránea (variada y no excesiva, basada sobre todo en alimentos vegetales) supone una reducción de las demandas de suelo, agua y recursos energéticos, así como una menor producción de GEI. Podría reducir las emisiones en un 72 %, el uso de suelo en un 58 %, el consumo de energía en un 52 % y el de agua en un 33 %.
Paradójicamente, resulta más fácil y barato alimentarnos con productos que llegan de miles de kilómetros que comprar un buen alimento de proximidad elaborado de forma respetuosa. No obstante, debemos resaltar que es más importante lo que comemos que de dónde viene, ya que tiene mucho más impacto el uso del suelo y las emisiones en la propia explotación ganadera que el transporte requerido para la distribución. La ganadería influye mucho en la crisis climática, además del gran impacto de los piensos que consume.
Algunas de las frutas, verduras y hortalizas que consumimos no siempre son de temporada ni de proximidad; esto aumenta su impacto ecológico con el transporte, mientras que la compra de alimentos locales anima a los agricultores a diversificar los cultivos y reducir su vulnerabilidad a las plagas.
En resumen, es urgente potenciar un modelo agroecológico que apoye la economía local y el medio rural, frene la despoblación y promueva una ganadería ecológica y sostenible, comprometida con el bienestar animal. Un modelo que deberían apoyar decididamente las administraciones.