En el enmarañado laberinto político actual aparece el espejismo de creer que la izquierda siempre representará, por una suerte de designio natural, los intereses de las clases populares. Sin embargo, como advierte con lucidez Guillaume Duval en un artículo que publica la Fondation Jean Jaurès («Pourquoi la gauche a perdu les classes populaires et comment renouer avec elles»), ese mito se ha ido desvaneciendo -o, más bien, desmoronando- bajo el peso de la realidad de las últimas décadas.
La izquierda, aferrada a discursos etéreos, metáforas de emancipación y un gusto casi estético por las grandes teorías, ha perdido el vínculo con muchos de quienes fueron antaño su base electoral y social. Esta fractura no constituye una simple derrota táctica, sino que es una crisis simbólica y estructural, una paradoja amarga para un movimiento que se concebía a sí mismo como el defensor natural de los trabajadores.
La ruptura que se ha producido entre la izquierda y las clases populares puede entenderse, en buena medida, como consecuencia del agotamiento del mito de la “unidad del obrero (asalariado) frente al capital”. La tradicional dicotomía entre “los de abajo” y “los de arriba” ha perdido capacidad explicativa ante una realidad social cada vez más heterogénea, atravesada por intereses que son divergentes y por la consolidación de un individualismo que ha desplazado -al menos en el plano discursivo y simbólico- la antigua conciencia de clase. En este contexto, la izquierda ha visto erosionada su capacidad de representación, no tanto por una mera cuestión de estrategia política, sino porque amplios sectores populares ya no se reconocen en el lenguaje ni en las categorías interpretativas que aquella continúa utilizando.
Este lenguaje -diría alguien con cierto sarcasmo- se ha ido poblando de debates sobre derechos identitarios, discursos de corte cosmopolita, preocupaciones propias de las profesiones liberales creativas y disquisiciones sobre “lo simbólico” que parecen alejarse cada vez más de los espacios tradicionales de las clases populares. El artículo de Duval lo señala con claridad: las clases populares perciben que sus problemas materiales -salario, precariedad, movilidad social o reconocimiento- han pasado a un segundo plano, mientras la agenda política se concentra en cuestiones como la biodiversidad, el capitalismo de plataformas o la denominada lucha cultural. Todo ello, además, acompañado de una cierta condescendencia: “te represento, aunque no digas exactamente lo que yo digo”. La fórmula, en consecuencia, se revela forzada e insostenible en el tiempo.
El documento no se limita a un diagnóstico pesimista, sino que plantea también posibles vías de reconexión. Estas no pasan por fórmulas simplistas del tipo “volver a hablar a los obreros” -como si se tratara de un grupo social exótico o perdido-, sino por estrategias de mayor calado: reconocer la heterogeneidad interna de las clases populares, asumir la pluralidad de sus intereses, recuperar el anclaje territorial y reconfigurar los marcos narrativos para que no reproduzcan el tono de un discurso elitista. En última instancia, el reto consistirá en que la izquierda abandone la posición simbólica de superioridad asociada a las nuevas élites culturales y sea capaz de articular un lenguaje político que resulte auténtico y comprensible en los espacios cotidianos, como el bar, la hamburguesería, el polígono industrial o la oficina de empleo.
El artículo destaca que la antigua certidumbre de la “unidad del asalariado” frente al capital ha sido remplazada por una creciente fragmentación del mundo del trabajo, marcada por el crecimiento de los contratos precarios, la economía de plataformas, la terciarización, la dispersión ocupacional y el declive de la industrialización clásica. El resultado es un debilitamiento estructural del mapa tradicional de alianzas de la izquierda. A ello se une el que amplios sectores de las clases populares, aunque estén experimentando procesos de empobrecimiento o precarización, ya no se identifican con la izquierda como en el pasado, sino que: se perciben a sí mismos como “desatendidos”, “no escuchados” y “excluidos del relato político dominante”. En este contexto, la derecha -y, en particular, determinadas expresiones del populismo radical- ha sabido capitalizar con notable eficacia este malestar, convirtiéndolo en un recurso político de alto rendimiento simbólico y electoral.
A este fenómeno se añade un hecho inquietante: una parte significativa de la juventud, tradicionalmente más proclive a las posiciones progresistas, ha comenzado a mirar con simpatía a la derecha radical. No tanto por adhesión ideológica, sino como reacción a un discurso de la izquierda que perciben como moralizante, abstracto o distante de sus inquietudes materiales -vivienda, empleo, estabilidad, identidad cultural-. En un contexto donde el ascenso social parece un espejismo y el horizonte vital se fragmenta en algoritmos y trabajos precarios, la promesa de “orden”, “claridad” o “reconocimiento” que ofrecen las nuevas derechas resulta, para algunos jóvenes, más tangible que las apelaciones emancipadoras de un progresismo percibido como elitista. El voto juvenil que migra hacia la extrema derecha no expresa tanto convicción como desafección: la de una generación que siente que la izquierda ya no habla su lengua ni entiende su precariedad emocional y económica.
Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿qué hacer? La propuesta central -quizá menos seductora desde el punto de vista discursivo- apunta a que la izquierda abandone la pretensión de hablar en nombre de una abstracción denominada “la gente” y se oriente, en cambio, hacia la construcción de alianzas reales. Ello implica restablecer puentes con las clases populares a partir de tres ejes fundamentales: recolocar lo material en el centro del debate político, sin desatender las dimensiones simbólicas, es decir, abordar de manera prioritaria cuestiones como el poder adquisitivo, la vivienda o el trabajo digno; rearticular el relato desde lo local, desde los territorios concretos y los espacios cotidianos de interacción social; y reconstruir los vínculos sociales colectivos, mediante asociaciones, sindicatos y movimientos comunitarios que vuelvan a conectar el discurso político con la experiencia vivida.
Sin este anclaje, el discurso de la izquierda corre el riesgo de ser percibido, con cierta razón, como un tour ideológico fuera de temporada.
Permítaseme aquí una breve licencia reflexiva, al señalar que no basta con que la izquierda entone un mea culpa por haber “descuidado al trabajador” y lo invite nuevamente a “la mesa de la modernidad”. Dicha mesa ya no se encuentra en la fábrica, sino diseminada en un mosaico de plataformas digitales, subcontratas, servicios fragmentados y hogares-trabajo que operan desde el megáfono virtual de la precariedad. Si la izquierda intenta convocar a esos sujetos -jóvenes incluidos- con el menú de siempre -trabajo estable, salario digno, dignidad del obrero industrial-, corre el riesgo de recibir una respuesta irónica: “gracias, pero eso me lleva de nuevo al Uber, a la economía gig (empleos temporales, flexibles y por proyectos), al contrato cero horas y a la movilidad infinita”. En otras palabras, las recetas de ayer resultan cada vez menos adecuadas para los desafíos del presente.
En efecto, el artículo de Duval advierte que el principal desafío ya no es únicamente de carácter económico o material, sino también cultural: la creciente brecha entre un discurso progresista cada vez más dirigido a la élite y unas clases populares -y jóvenes precarizados- que reclaman reconocimiento, pertenencia y resultados tangibles. Los sectores sociales populares demandan que la política se refiera a su experiencia cotidiana -su precariedad, su horizonte vital, sus condiciones concretas de existencia- y no que se limite a constituir un apéndice ilustrativo en la bibliografía de las teorías sobre los “capitalismos postindustriales”.
La tarea de reconexión, como el artículo subraya sin ambigüedades, no puede reducirse a una operación comunicativa o a un ejercicio de marketing social. Requiere, por el contrario, un proceso prolongado de reconstrucción narrativa, de presencia territorial y de veracidad compartida. Implica renunciar, al menos parcialmente, al narcisismo identitario y al protagonismo mediático, y reconocer que las clases populares no desean ser representadas como víctimas (aunque en ocasiones lo sean), sino como agentes de su propia vida: sujetos con trabajo, familia, aspiraciones, contradicciones y dignidad.
En este sentido, el artículo actúa como un espejo que la izquierda había evitado mirar y que -ironía final- refleja quizá no tanto una derrota coyuntural como una oportunidad largamente postergada: no se trata de “recuperar el electorado popular” como quien acumula fichas en un tablero electoral, sino de volver a hacer política con y para las clases populares, tarea que históricamente formó parte de su ADN, pero que hoy parece carecer de vigencia práctica. Si la izquierda aspira realmente a volver a conectar con las clases populares, debe asumir que el mundo social ha cambiado de manera profunda: las luchas laborales tradicionales coexisten con nuevas formas de precariedad, las clases populares ya no constituyen una categoría homogénea y el relato político requiere adaptarse a esta complejidad sin extraviar su orientación emancipadora. La paradoja -e ironía a la vez- es que adaptarse no implica “suavizar el discurso” hasta volverlo inofensivo, sino reactivar la tensión constitutiva entre emancipación y estructura, aquella vieja dialéctica que la izquierda parecía haber archivado.
A modo de conclusión, conviene recordar que, en un contexto caracterizado por la fractura del tejido social, la digitalización de las relaciones laborales y la volatilidad extrema del empleo, la izquierda se enfrenta a la necesidad de reconstruir sus vínculos con los trabajadores de plataformas digitales, jóvenes atrapados en becas eternas o contratos temporales, autónomos falsos y profesionales obligados a la flexibilidad permanente, repartidores y conductores sujetos a algoritmos opacos, cuidadores sin derechos y empleados de servicios sometidos a la eterna inestabilidad, en definitiva, con todas aquellas personas que viven las nuevas formas de precariedad.
El reto, en última instancia, consiste en articular una izquierda más humilde, pero políticamente más potente, capaz de traducir su discurso a un lenguaje que suene auténtico y arraigado, no únicamente mediado por think tanks, redes sociales o foros metropolitanos. Porque, al fin y al cabo, hablar de emancipación mientras nadie escucha es como tocar un solo de guitarra en una sala vacía. Y esa, quizá, sea la más lúcida y amarga enseñanza de Pourquoi la gauche a perdu les classes populaires et comment renouer avec elles.