Pulseras de silicona y sensores de hollín para proteger a los bomberos del humo de los incendios forestales

El CSIC desarrolla nuevos métodos para evaluar las dosis de contaminantes a las que se enfrentan los brigadistas en su trabajo

Los incendios forestales son cada vez más intensos, frecuentes y difíciles de controlar. A su paso dejan devastación ambiental, pérdidas económicas y, en ocasiones, víctimas humanas. El cambio climático ha dado lugar a los llamados incendios de sexta generación, caracterizados por su comportamiento extremo. España vivió el pasado verano una de sus peores temporadas en décadas, con cerca de 400.000 hectáreas calcinadas, lo que convierte a 2025 en uno de los años más destructivos de la historia reciente.

Para Joan Martí, geólogo e investigador del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC), estos incendios no pueden considerarse desastres naturales. “Son desastres humanos, porque la naturaleza no hace desastres; la naturaleza simplemente mantiene su equilibrio”, explica. Pero ese equilibrio, advierte, se rompe cuando el fuego amenaza vidas humanas y deja tras de sí un peligro silencioso: la exposición prolongada al humo por parte de quienes luchan por extinguirlo.

Ciencia para proteger a quienes apagan el fuego

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) trabaja para aportar evidencia científica que oriente las decisiones públicas en materia de prevención y protección. En el marco del proyecto europeo FIRE-RES, investigadores del IDAEA-CSIC desarrollan nuevos métodos para evaluar la dosis de contaminantes que respiran los bomberos forestales durante su trabajo.

Tanto en incendios como en quemas prescritas -fuegos controlados para reducir combustible vegetal y prevenir emergencias futuras-, la combustión de la vegetación a bajas temperaturas libera sustancias tóxicas. Estos fuegos se realizan en condiciones meteorológicas controladas, con el objetivo de mantener ecosistemas más resilientes y paisajes en mosaico que dificulten la propagación del fuego. Sin embargo, su ejecución implica riesgos para la salud de quienes los realizan.

Entre 2022 y 2024, el equipo del IDAEA monitorizó la exposición de los bomberos durante varias quemas en Cataluña. Los resultados, publicados en la revista Atmospheric Environment, revelan que los “antorcheros” -los encargados de iniciar la quema con una mezcla de gasoil y gasolina- están expuestos a niveles de hollín y compuestos tóxicos hasta cinco veces superiores a los del resto de sus compañeros. Durante turnos de cuatro horas, estos trabajadores superaron los límites de seguridad establecidos para partículas cancerígenas del humo.

Los investigadores advierten de que el riesgo podría ser aún mayor, ya que el estudio no midió otros contaminantes peligrosos como dioxinas o benceno.

Pulseras que detectan el humo

Para medir esta exposición, el equipo científico empleó pulseras de silicona que absorben los contaminantes orgánicos presentes en el aire. Los bomberos las llevaban colgadas del traje para evitar interferencias del sudor o del contacto con la piel. Estas pulseras ya se habían utilizado en 2019 por el mismo centro para analizar la contaminación sufrida por atletas en una competición internacional en Japón.

Además de las pulseras, los investigadores incorporaron sensores geolocalizados capaces de medir en tiempo real la presencia de hollín y partículas de menos de 2,5 micras (PM2.5), suficientemente pequeñas para alcanzar los alveolos pulmonares. Gracias a estos dispositivos, los científicos pudieron cuantificar la concentración de hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP) en el aire que respiran los bomberos, un avance publicado este verano en la revista Chemosphere.

“El trabajo es pionero porque hasta ahora se habían medido los niveles de estas sustancias en muestras, pero sin calcular su concentración en el aire”, explica Barend L. van Drooge, ambientólogo del IDAEA.

Los efectos del humo sobre el cerebro

El impacto del humo no se limita al sistema respiratorio. En 2023, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) clasificó la exposición laboral de los bomberos como cancerígena, con relación directa con el cáncer de vejiga y de mesotelio.

La investigadora Carmen Bedia, también del IDAEA, estudia cómo afectan estos compuestos al cerebro humano. En su laboratorio, ha expuesto organoides cerebrales, cultivos celulares que simulan el tejido cerebral, a muestras recogidas de los filtros de los trajes de los bomberos. Los resultados muestran alteraciones significativas en los lípidos, moléculas esenciales para la estructura y el funcionamiento de las células nerviosas. “Algunos de estos lípidos son imprescindibles para el buen funcionamiento del cerebro y su desarrollo”, señala Bedia. Estos cambios, añade, podrían estar asociados al envejecimiento cerebral prematuro y a enfermedades neurodegenerativas.

Más protección, menos exposición

A la luz de los resultados, los investigadores recomiendan reducir la duración de los turnos, rotar los roles durante las quemas y utilizar mascarillas FFP2 en las tareas de mayor riesgo. “Estas medidas podrían aplicarse también a la población general expuesta al humo durante los incendios”, apunta van Drooge.

El trabajo del IDAEA-CSIC abre una nueva línea de investigación aplicada que combina ciencia, tecnología y salud laboral para proteger a quienes se enfrentan en primera línea al fuego. Porque más allá del combate visible contra las llamas, hay otro, menos evidente, que se libra dentro del cuerpo de los bomberos.

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