7 de octubre de 2023

Un informe de la ONU documenta la destrucción sistemática de escuelas, universidades y patrimonio cultural palestino y apunta a una intencionalidad genocida en la estrategia de Israel

Acabo de leer el “Informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, e Israel” (publicado durante este mes de septiembre de 2025). La comisión investiga las violaciones del derecho internacional en Gaza, pero también en la Ribera Occidental (Cisjordania) y Jerusalén Este. Contempla los crímenes internacionales del ejército del Estado de Israel, pero también de los grupos armados palestinos y de los colonos judíos.

La Comisión parte de la premisa de que la Corte Internacional de Justicia en 2004 afirmó el derecho del pueblo palestino a la libre determinación. Lo cual quiere decir que los palestinos tienen derecho a un territorio que garantice su existencia como grupo específico. También Israel tiene ese mismo derecho. Las cuestiones de “existencia” que aborda el informe son 1º) los ataques contra los centros educativos (escuelas y universidades) y 2º) los ataques a lugares de interés religioso o cultural. Para otros informes quedan los ataques al sistema de salud, el asesinato intencionado de civiles, incluido niños (aunque sobre esto demuestra la intencionalidad de varias matanzas de civiles tratando de protegerse en escuelas y mezquitas) o el uso del hambre como arma de guerra.

El Informe demuestra, con la presentación de montones de pruebas, que, en Gaza, Israel ha destruido intencionadamente prácticamente la infraestructura educativa. De un total de 564 edificios escolares, 403 fueron atacados y sufrieron impactos directos, 85 escuelas quedaron totalmente destruidas y 73 perdieron la mitad de sus estructuras. Dos universidades fueron destruidas en su totalidad. Se atacó edificios a sabiendas de que había muchos civiles en el interior tratando de protegerse, lo que provocó un elevado número de muertes.

La Comisión desmiente por ausencia de pruebas la versión oficial israelí de que los ataques contra escuelas estaban justificados por la presencia o el uso de las mismas por terroristas. Es más, demuestra justo lo contrario, la conversión de escuelas en bases militares israelíes.

Pero esta política intencionada de destrucción de la infraestructura educativa no solamente se ha practicado en la zona de guerra de Gaza. También en la Ribera Occidental, e incluso en Jerusalén Este, se han producido ataques contra centros educativos, incluyendo la demolición de escuelas. Resulta llamativa la coherencia, e incluso la coordinación, entre lo que las Fuerzas de seguridad israelíes hacen en Gaza y en el resto de territorios palestinos, en los que, en principio, no son zonas de guerra. Y también la coherencia y coordinación entre lo que hace el ejército israelí y los pogromos de los colonos judíos contra los palestinos (también los colonos han llegado a practicar la demolición de una escuela del pueblo de Jirbat Zanuta, al sur de Hebrón).

Las mismas conclusiones se pueden aplicar en relación a los ataques contra el patrimonio cultural: demolición de mezquitas, apropiación y saqueo de patrimonio histórico, coherencia entre lo que se hace en Gaza (siempre con mayor intensidad) y lo que se practica en Cisjordania y Jerusalén Este y coordinación entre ejército y colonos de los asentamientos ilegales.

La Comisión concluye que “si bien la destrucción de bienes culturales, incluidas las instalaciones educativas, no es en sí misma un acto genocida, las pruebas de tal conducta pueden, no obstante, respaldar la hipótesis de que exista intención de cometer genocidio a fin de destruir a un grupo protegido”.

A mi modo de ver la clave del Informe reside en la pregunta de investigación: ¿se está buscando por parte de Israel la destrucción de la existencia de los palestinos, como grupo cultural específico, aniquilando durante dos largos años el acceso a la educación y borrando sistemáticamente sus raíces culturales e históricas? El Informe aporta innumerables pruebas para confirmar que efectivamente la destrucción de escuelas y mezquitas mediante misiles y explosivos busca negar la existencia de Palestina como colectividad cultural.

Si como dice el sociólogo Michael Mann, un genocidio “requiere cifras e intencionalidad”, no hay duda de que el Informe de la Comisión aporta evidencias de ambas exigencias.

Veo por televisión al primer ministro israelí, Netanyahu, intervenir en la Asamblea de la ONU. Podría haber argumentado de muchas formas su disconformidad con el derecho de autodeterminación de los palestinos. Pero lo hace de una forma decididamente genocida: un estado palestino sería un estado terrorista en la frontera de Israel. Con esta fórmula, Netanyahu es coherente con las prácticas de su ejército y con los pogromos de los colonos judíos: todo palestino es un terrorista, la comunidad palestina está atravesada por el terrorismo y, por tanto, es legítima su destrucción como grupo colectivo.

Igualmente, varios de sus ministros han realizado declaraciones similares destinadas a negar la existencia de un pueblo palestino. El Informe de la Comisión recoge algunas afirmaciones de ese tipo. Es decir, el gobierno israelí ha expresado abiertamente la negación del derecho a la existencia de Palestina como grupo cultural específico. Si siguen existiendo, argumentan, darían lugar a “un estado terrorista”. Con esta lógica argumentativa es fácil determinar que la lucha contra el terrorismo, que todo palestino porta, pasa por su aniquilación colectiva.

A falta del veredicto jurídico sobre el genocidio palestino que, algún día, expresará la Corte Penal Internacional, sociológicamente se aprecian muchas evidencias del mismo. Quizás la obra sociológica que más exhaustivamente ha estudiado la lógica de las limpiezas étnicas, a lo largo de la historia, haya sido la de Michael Mann en un imponente volumen: “El lado oscuro de la democracia” (Publicacions de la Universitat de València, 2009).

Toda limpieza étnica pasa, según Michael Mann, por varias etapas sucesivas:

Primero, se diseña por parte del poder dominante un plan A respecto a los colonizados: deportaciones limitadas y una asimilación parcial. Esto es lo que hizo Israel en 1948 con su “Guerra de Independencia”, esto es, lo que los palestinos denominan “Nakba” o “catástrofe”.

Segundo, y a continuación, el Plan B consiste en deportaciones forzadas combinadas con segregación en reservas. Esto es lo avanzó Israel en 1948 y culminó tras la guerra de 1967 (y afianzó a lo largo de las décadas posteriores): apropiación de territorio en gran escala, construcción de un apartheid palestino y conversión de Gaza en la cárcel a cielo abierto más grande del mundo.

Y, finalmente, el Plan C es la decisión genocida: extermina o destierra. El 7 de octubre de 2023, los grupos terroristas palestinos llevaron a cabo una atrocidad de asesinato y secuestro a gran escala de civiles en las colonias judías fronterizas con Gaza. Como es sabido, la respuesta de Israel fue la invasión y “guerra” de Gaza.

La pulsión vengativa y racista hizo que progresivamente se impusiera la decisión genocida por parte de los gobernantes y altos cargos militares israelíes.

La “solución final” genocida de Israel no solamente fue una mera consecuencia de su superioridad organizativa y armamentística. Como demuestra Michael Mann, todos los genocidios practicados a lo largo de la historia tienen su 7 de octubre de 2023, esos episodios de violencia por parte de los oprimidos en los cuales “el bando superior y más “civilizado” estaba muy desagradablemente sorprendido por la violenta resistencia de los salvajes inferiores, sentimiento agravado por un “estremecimiento moral” de raíces ideológicas que los colonos a menudo experimentaban al enfrentarse al indio “salvaje” y “sucio”. Parecía que su mundo estaba patas arriba, y eso los llevaba a infundir miedo y pánico, y a aplicar una represión desproporcionada con la amenaza real” (Michael Mann, pp. 111-112).

Eso es el miedo que se apoderó de Israel el 7 de octubre de 2023, la sensación de que “su mundo estaba patas arribas”. 75 años después de su creación como “Estado del pueblo judío” demostraba con la práctica bélica genocida generalizada su incapacidad histórica para construir un proceso de civilización en aquel territorio. Ese es su fracaso político. Y en su furia vengativa, Israel parece querer llevarse por delante cada una de las conquistas civilizatorias vertebradas en torno al derecho internacional, pergeñadas tras la segunda guerra mundial y, paradójicamente, diseñadas para intentar que nunca más se produjera un Holocausto.

Hoy, la civilización humana la representa Sudáfrica, Lula, Petro y todo el Sur global que denuncia el genocidio palestino. Y también las iniciativas de protesta de una ciudadanía que, por fin, ha decidido desafiar los complejos y represiones de los estados europeos y estadounidense que avalan el genocidio, para salir a la calle en defensa de las conquistas civilizatorias frente al fascismo global y el delirio de Netanyahu.

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