Salabrio: el monstruo olvidado del Mar Menor que podría convertirse en su Nessie

Entre la leyenda y la realidad: el Mar Menor convive con dos monstruos, uno nacido de la tradición oral y otro alimentado por la agricultura intensiva

En Escocia tienen a Nessie, en el Lago Ness. En el Pacífico, a Moana y sus leyendas de criaturas guardianas. Y en el Mar Menor tenemos a Salabrio. Sí, un monstruo acuático propio, mitad guardián mitológico, mitad enigma costero, que podría ser la chispa de un nuevo reclamo turístico para la Región de Murcia. Pero nadie parece haberlo explotado… todavía.

La escritora e ilustradora María Pilar Conn ha decidido sacar a este personaje del fondo de la memoria popular y ponerlo en las librerías con su octavo libro, «Salabrio y la pandilla del Cabo». La novela, que ya supera las 47.000 visualizaciones en TikTok, mezcla aventuras juveniles, misterio y la leyenda ancestral de un ser que algunos pescadores aseguran haber visto deslizarse entre las golas de La Manga, desde San Pedro del Pinatar hasta Cabo de Palos.

Según cuenta la autora, Salabrio tiene un cuerpo largo, cola de caballito de mar y fama de protector de las aguas del Mar Menor. Protector, pero con matices: la tradición oral también le atribuye un lado oscuro, capaz de traer consecuencias terribles a quienes lo desafíen. “Se le puede invocar para pedir favores, pero hay que tener cuidado con lo que se pide”, advierte Conn.

La propuesta no es descabellada. El Mar Menor arrastra casi una década de titulares negros: contaminación, desaparición de especies, mortandad de peces, protestas sociales… Y aquí conviene decirlo sin rodeos: la laguna ya convive con dos monstruos. Uno, el mitológico Salabrio. El otro, mucho más real y dañino: la terrible contaminación por nitratos y fosfatos que la asfixia desde hace años debido a la agricultura intensiva que la rodea.

Darle también un relato mágico podría equilibrar el imaginario colectivo y atraer visitantes por una vía más amable, sin restar un ápice a la necesidad de seguir hablando de su grave situación ambiental. Al contrario: una leyenda como Salabrio podría convertirse en símbolo de su protección.

Y puestos a imaginar ¿quién mejor que Salabrio para plantar cara a nitrato y a los responsables de la eutrofización de la laguna? Quizá incluso podría emerger de las aguas para volcar, accidentalmente por supuesto, la embarcación del presidente Fernando López Miras en una de esas visitas con gesto compungido que tanto gustan a las cámaras.

Entre los asistentes a la presentación del libro, que tuvo lugar en el teatro Romano, se encontraban la concejal de Turismo, Beatriz Sánchez del Álamo; la directora del museo, Elena Ruiz Valderas; y personalidades del mundo literario y empresarial. Todos coincidieron en que la historia tiene potencial. La autora, nacida en Indianápolis pero “cabopaleralera de corazón”, lo tiene claro: su libro es una oda a la amistad, la lealtad y los vínculos familiares, pero también un recordatorio de que la tradición oral merece ser rescatada antes de que se hunda para siempre.

El Mar Menor ya tiene a su monstruo, otro monstruo más amable. Falta que alguien decida darle la proyección que merece. Porque, seamos sinceros: si los escoceses han conseguido que millones de turistas viajen hasta un lago frío y nublado buscando un cuello largo que nunca aparece, ¿qué no podría lograr Murcia con un guardián marino, una buena historia y algo de marketing?

Bien podría contarse este cuento:

Dicen los viejos pescadores que, mucho antes de que las orillas del Mar Menor se llenaran de cemento y las aguas se tiñeran de un verde extraño, vivía en sus profundidades un guardián llamado Salabrio. Era largo como un suspiro de mar y su cola, parecida a la de un caballito de mar, brillaba con destellos plateados cuando el sol la acariciaba. Nadie osaba ofenderlo: a quien respetaba la laguna, le protegía; a quien la dañaba, le recordaba que el agua también tiene memoria.

Un día, del interior de la tierra llegó un invasor. No venía en barco ni en tormenta. Venía disfrazado de alimento para las plantas, pero en sus entrañas llevaba veneno. Se llamaba Nitrato, y no venía solo: le acompañaba su hermano turbio, Fosfato. Entraban por las ramblas y acequias, invisibles al principio, hasta que su abrazo mortal empezó a robarle el oxígeno a la laguna.

Nitrato, astuto, no actuaba solo. Tenía en tierra firme a un fiel servidor: Miras. Con trajes bien planchados y verbo entrenado, Miras sabía posar en cubierta con mirada compungida, como si estuviera a punto de derramar una lágrima por la laguna. Pero bajo esa expresión de pesar, abría sin reparo las compuertas invisibles por las que Nitrato se colaba. No empuñaba redes ni arpones, sino discursos y decretos que, bajo capa de buenas intenciones, mantenían intacto el festín del invasor. En público hablaba de salvar al Mar Menor; en privado, se aseguraba de que nada interrumpiera el banquete de su amo.

Salabrio, al principio, pensó que podría contener a Nitrato con la fuerza de sus corrientes, pero el enemigo no luchaba a la luz del día. Se infiltraba, gota a gota, año tras año, alimentado por la agricultura intensiva que rodeaba la laguna y protegido por el silencio cómplice de su lacayo.

Los peces comenzaron a morir, las praderas submarinas se volvieron yermas y la laguna, antes cristalina, se cubrió de un manto verde que ocultaba su alma. Salabrio rugió desde las profundidades, pero su voz apenas se oía entre el ruido de las ruedas de prensa y los paseos en barco de Miras, siempre acompañado de fotógrafos.

Una noche, cuentan, Salabrio emergió. Se alzó sobre las aguas y desafió a Nitrato:

—Esta laguna tiene un solo guardián, y no eres tú.

La batalla fue feroz. Corrientes contra corrientes, remolinos contra descargas invisibles. Los pescadores dicen que aquella noche el Mar Menor se agitó como si quisiera arrancarse de la tierra y huir mar adentro. El amanecer llegó, pero la guerra no terminó: Nitrato aún sigue, infiltrado en cada gota, y su lacayo, desde la orilla, sigue cuidando que nada interrumpa su reinado.

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