Pandemia, Mar Menor, Dana y megaincendios

"La ilusión de que aún podemos encontrar refugios ecológicos es cada más incierta, por no decir falsa. No hay escapatoria al cambio climático y a la crisis ambiental"

Como cada verano, hemos huido de las temperaturas extremas de Murcia encaminándonos hacia las tierras del interior y norte peninsular, a la búsqueda de una naturaleza menos hostil. Los macroincendios que han asolado 358.000 hectáreas de montañas y espacios rurales de Galicia y norte de Castilla León han venido a dejar claro que no hay escapatoria a los efectos adversos de la crisis planetaria y climática.

Durante dos semanas un valle de Somiedo en Asturies, Valle de Lago, fue nuestro refugio climático. Nuestra utopía de montañas, prados y clima fresco. Nada mas marcharnos Emma Álvarez, concienciada activista ecologista y propietaria del alojamiento La Pinietsa (en el que estuvimos alojados), nos remitió fotos de la terrible humareda que se extendía por el Valle de Lago procedente de los cercanos montes ardiendo del norte de León. Y al poco también nos informaría de un pequeño incendio intencionado en pleno valle de Somiedo, por campos que apenas unos días atrás habíamos recorrido.

Confieso que se nos metió cierta inquietud con las imágenes televisivas de macroincendios sin control, con pueblos desalojados y arrasados por el fuego e incluso víctimas mortales. A mediados de agosto estábamos en otras montañas, las del Alto Tajo, y en aquellos días que llegaron a superarse los 40 grados, mirábamos con miedo a nuestro alrededor por si se despertaba un incendio.

La ilusión de que aún podemos encontrar refugios ecológicos es cada vez más incierta, por no decir falsa. No hay escapatoria al cambio climático y a la crisis ambiental. Es como si, en el tríptico de El Jardín de las Delicias, en el cual el pintor neerlandés El Bosco representó la creación del mundo, la tercera tabla, la que plasma el infierno y el apocalipsis, hubiera eclipsado a las otras dos -las que expresan, una, el imaginario del paraíso y la fuerte de la vida, y la otra, la fiesta y la lujuria de la vida humana- inundándolas de oscuridad y tragedia.

Lo que estamos viendo desde 2020 es una aproximación al rostro que tendrá el fin del planeta. Pandemias víricas. Toneladas de peces muertos en la laguna del Mar Menor por la anoxia producida por los fertilizantes de la agroindustria vecina. Temporales de extrema virulencia con el efecto de riadas catastróficas que se llevaron por delante centenares de vidas humanas. Incendios de sexta generación con velocidad acelerada, azuzados por el viento y calor extremo.

La repetición interminable cada cierto tiempo de este tipo de perturbaciones monstruosas nos da una idea precisa de lo que va a ser el anunciado colapso planetario. Como ha escrito Slavoj Zizek:

“¿Y si el verdadero fin de los tiempos no es una megacatástrofe, sino la repetición interminable del mismo momento interminable diferido e interminablemente diferido? […] Así, pues, tal vez vivamos ya (en) el fin del mundo. Un final que se extiende interminablemente, sin ninguna resolución posible” (S. Zizek, Contra el Progreso, ed. Paidós, 2025, pp. 167-168).

El analista Jonathan Moriche, responsable del podcast La Zona, ha definido con precisión el momento histórico en el que estamos, en uno de sus conocidos mensajes en redes, el cual, como siempre, es un prodigio de concisión y conocimiento:

“Lo que aquí no termina de comprenderse es que la normalidad terminó en 2020 y ya no regresará nunca más. Declarado o no, todo estado, y todo Estado, es y será duradera e ininterrumpidamente de alarma (sanitaria, climática, geopolítica, etc.)”.

Hemos de construir la salida política a esta repetición interminable de situaciones catastróficas. Slavoj Zizek propone una toma de conciencia de una experiencia inédita que emerge tras las destrucciones ecológicas: “somos biomasa”. Pues todas estas destrucciones nos obligan a reconsiderar radicalmente nuestra noción básica del mundo de la vida, al convertirnos por igual, a humanos y no humanos (naturaleza, animales, etc.), en ese sustrato común energético, al que llamamos biomasa.

Hemos de construir el pueblo de la biomasa:

“Cuando ha pasado por encima una ola de aniquilación, ya sea en la forma de un conflicto genocida, ya sea de autodestrucción ecológica, lo que queda -escombros, terreno baldío, una maraña de cadáveres y miembros amputados- es todo cuanto queda para organizar y conectar sobre su base. Y el hecho de que quede algo, por abyecto e indeseado que sea, puede constituir una especie de base para la solidaridad y la resistencia; los pájaros muertos y aplastados del progreso pueden sindicarse, los desechos pueden negarse a ser ignorados […]” (S. Zizek, p. 161).

Vemos expresiones estos días de los desechos tras los incendios intentando constituir el pueblo de la biomasa. Bomberos forestales y otros servicios públicos impugnando las condiciones labores precarias en la que desenvuelven su trabajo o denunciando la falta de recursos y medios. Propuestas de revitalizar las zonas incendiadas con una gestión que favorezca bosques más diversos ecológicamente y por tanto más resilientes al fuego. Pueblos que exigen más servicios para afrontar la despoblación. Otras formas de ganadería más respetuosa y menos intensiva en el uso de los recursos. Pacto de Estado contra el cambio climático…

Tras el fuego, el pueblo de la biomasa trata de emerger y propone una novedosa experiencia vivida de la realidad. A él se le opone el autoritarismo del PP y Vox, cuya estrategia tras cada catástrofe es siempre la misma: negacionismo climático, propagación de bulos y mentiras, insultos y deslealtad institucional, acusaciones falsas sin fundamento empírico (“las malezas son las culpables”, “hay que limpiar el monte”, “sobran sotobosque y espacios protegidos”, “más pastos para el ganado”, “cazar osos y lobos”, etc.). Estas fuerzas políticas saben que, en el actual contexto de crisis climática y ecológica, su proyecto político de una democracia autoritaria de mercado (que es la que defiende el fascismo trumpista global), debe enfrentarse con virulencia al nuevo mundo que propone el pueblo de la biomasa.

Acabamos de conocer que en Brasil se ha suspendido la denominada “moratoria de la soja”, gracias a la cual el gobierno progresista de Lula estaba consiguiendo frenar la deforestación de la Amazonía -un ecosistema estratégico para la lucha contra el cambio climático global- al impedir las roturaciones de selva para plantar soja. Esta derogación la ha propiciado un organismo oficial, el CADE (Consejo Administrativo de Defensa Económica), dedicado a velar por la libre competencia. Esta es la victoria conseguida por las fuerzas sociales que en su día auparon al fascismo del gobierno de Jair Bolsonaro: los lobbies de la agroindustria ganadera.

Esta es una lección más de cómo el proyecto político de una democracia autoritaria de mercado (abanderada por el trumpismo global) nos conduce al suicidio colectivo. Solamente hay que escuchar a los dirigentes de Vox e incluso del PP para reconocer en España la misma estrategia política.

No habrá pueblo de la biomasa sin un proyecto político que ponga la planificación económica y social en el centro de las necesidades colectivas para encarar la crisis planetaria. Planificar los servicios públicos, las ciudades, los bosques y, en definitiva, las necesidades económicas reorientadas al bienestar común.

La democracia autoritaria de mercado nos propone una jerarquía entre los humanos, según la cual se salvan los más pudientes y están condenados los más débiles. Frente a esta propuesta de barbarie, afirmemos la solidaridad y la cooperación colectiva de un pueblo que se toma en serio la crisis planetaria.

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