La puta ideología

No existe gestión neutra: toda decisión política es ideológica

Este era un artículo pendiente. Demasiado tiempo llevo ya aguantando la gilipollez acusatoria de “¡¡¡¡IDEOLÓGICO!!!!” cuando al sector de la reacción no le gusta alguna propuesta o argumento del sector progresista de este país. La acusación de “ideológico” pretende criminalizar el concepto de ideología frente al sacrosanto concepto de gestión en el que habitan los que quieren que nada cambie. Pero, ¿qué es la Ideología? La Ideología es, simplemente, la idea, la estructura que todos y todas tenemos de cómo debe estar organizada una sociedad. Es el conjunto de valores, principios y creencias que fundamentan nuestras decisiones y guían nuestras acciones políticas y sociales. Tan inevitable como la respiración.

La falacia reside en la supuesta neutralidad de la palabra «gestión». Nos venden la idea de que hay una única forma de administrar un país, una empresa o una comunidad, una forma aséptica y desapasionada que está por encima de las convicciones personales. Pero esto es una gran mentira. Cada decisión de «gestión» es la aplicación de un principio ideológico. Cuando un gobierno decide reducir el gasto público en servicios sociales para «equilibrar las cuentas,» no está haciendo una gestión neutra; está aplicando la ideología neoliberal, que prioriza la disciplina fiscal y el libre mercado sobre el bienestar social. Por el contrario, cuando otro gobierno aumenta la inversión en sanidad y educación a través de la subida de impuestos, está implementando una política basada en la ideología socialdemócrata, que valora la redistribución de la riqueza y la igualdad de oportunidades. Ambos son actos de gestión, pero cada uno es profundamente ideológico.

La idea de que la gestión puede ser apolítica se desmorona al examinar los resultados. La ideología no es un simple capricho teórico, sino un motor con consecuencias medibles. Tomemos el ejemplo de la desigualdad de ingresos. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), países con políticas más progresistas, como los nórdicos (Finlandia, Noruega o Suecia), que aplican altos impuestos y un fuerte estado de bienestar, consistentemente registran un coeficiente de Gini más bajo, un indicador que mide la desigualdad. En cambio, naciones que han adoptado una línea más conservadora, con desregulación y recortes de impuestos para los más ricos, como Estados Unidos o el Reino Unido en ciertas épocas, muestran un aumento sostenido en la brecha entre los más ricos y los más pobres. Estos datos no son casualidad; son la prueba empírica de que la ideología que se aplica a la gestión tiene un impacto real y tangible en la vida de las personas.

Hay tantas ideologías como personas, pero normalmente se agrupan en unas cuentas que nos representan mayoritariamente a unos y a otras de manera que resulte políticamente operativo. A estas ideologías organizadas les ponemos nombre y nos identificamos con ellas, aunque nunca de manera completa. Así, hablamos de Socialismo, Neoliberalismo, Democracia Cristiana, Independentismo… y algunas personas que no se sienten representadas, no ya por la ideología en sí, sino más bien por el partido político con el que se identifica esta ideología, pueden llegar a definirse con solo algunos aspectos ideológicos: “no, yo lo que soy es una persona moderada”. La moderación, sin embargo, también es un concepto ideológico. Es la ideología de la mesura, la que busca el compromiso y el consenso por encima de los grandes cambios, a menudo sirviendo para mantener el statu quo. De hecho, la “moderación” de hoy puede ser la ideología radical de ayer, y lo que es hoy radical, mañana será la norma aceptada. Un vistazo a la historia de los derechos civiles o el sufragio femenino lo demuestra.

No es solo que todos y todas tenemos ideología, es que todo en la vida es ideológico; incluso cuando es el resultado de un galimatías contradictorio. También en este caso hablamos de ideología; una ideología caótica y sin sentido ni coherencia, pero ideología. ¿O es que acaso las personas somos siempre progresistas, o siempre conservadoras? No, en realidad, somos progresistas en unas cosas, y conservadores en otras, con lo que nos identificamos con una ideología estandarizada en términos generales, pero nunca en términos absolutos. Siempre habrá algo de una ideología clásica que no nos gustará. Nunca la identificación será al completo, porque todos y todas tenemos nuestra ideología genuina, única, que no coincide exactamente con ninguna otra.

Pues bien, ¿tienen ideología aquéllos y aquéllas que gritan acusatoriamente “¡¡¡¡IDEOLÓGICO!!!!”? Pues claro que sí. En el mejor de los casos son personas conservadoras que quieren que las cosas “se queden como están”; en el peor de los casos, son reaccionarias y lo que quieren es una regresión temporal, en algunos aspectos, de siglos. Tan ideológico es querer cambiar las cosas como dejarlas como están; tan ideológico es querer avanzar, como querer retroceder. Y, sobre todo, debemos comprender que las personas, en nuestra complejidad y nuestra incoherencia, queremos avanzar en algunas cosas, y retroceder en otras; queremos que determinadas cuestiones cambien y que otras se queden como están. Así de difícil es todo, pero es un todo ideológico. La próxima vez que alguien use la palabra “ideológico” como un arma arrojadiza, deberíamos sonreír y recordarle que su propia postura, sea cual sea, también lo es.

Un saludo a todo el mundo.

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