Cualquiera que haya visitado alguna de las monumentales ruinas de las civilizaciones antiguas del Egeo (minoicos, micénicos y griegos) habrá dado cuenta de que una parte de su grandeza reside en la integración conseguida con la naturaleza que le rodea. Es como si la piedra esculpida por el artesano estuviera en continuidad con el entorno de rocas calizas y pizarras, olivos y encinas.
Hace unos meses visitábamos las ruinas de la antigua ciudad de Micenas, en el Peloponeso. Tras traspasar la Puerta de los Leones, y perdernos un rato por aquellas piedras que conformaron la civilización de los aguerridos micénicos, uno no pudo sino apreciar el vuelo de un roquero solitario que vino a posarse con descaro sobre las ruinas, sumando así la belleza del azulado de su plumaje a las calizas de la mítica ciudad. Otro tanto harían otras aves propias de este paraje, como la collalba rubia y el trepador rupestre.
Estos pájaros nos concedieron con su aparición una conexión con aquel mundo antiguo, pues tales aves serían las mismas que un día verían los habitantes originarios de estas ruinas. A juzgar por las espléndidas pinturas que se han conservado hasta hoy, los micénicos, y sobre todo los minoicos -habitantes de Creta conquistados por Micenas-, las aves fueron observadas con atención por los artistas de aquellas civilizaciones hasta el punto de dibujarlas con notable esmero. Hasta nuestros días han llegado espléndidas ilustraciones dibujadas sobre piedra de golondrinas, palomas o el famoso “pájaro azul” de los minoicos.
Así, comprendí aquel día, que estos artistas del Egeo inauguraron la tradición de incorporar la observación y el dibujo de aves en la creación artística. Como un observador atento puede detectar en los cuadros de Goya un jilguero o una rapaz nocturna dibujados con precisión naturalista, como en su día tuve la oportunidad de apreciar, no sin cierta sorpresa, en una visita al Museo del Prado.
Leía recientemente en varios periódicos españoles una entrevista al naturalista estadounidense Noah Strycker, a propósito de la presentación de la edición española de su último libro Esa cosa con plumas (Capitan Swing), en la que aseguraba que “entender las aves desde lo que hacen puede ampliar la percepción humana de la vida”. Se me antoja que es justamente esto, lo que venimos practicando desde, al menos, los tiempos minoicos en la Creta antigua, allá por entre los años 2700 y 1450 a. de C.
Pensaba en todo esto mientras recorría los pinares entre el Puerto de la Cadena y Corvera a la búsqueda de las carracas, unos pájaros de color azul turquesa bellísimos que todas las primaveras vienen a estos campos a nidificar procedentes de África (donde pasan el invierno). Y comprobé que nos siguen visitando, a pesar de que este paraje me parece que es cada vez un paisaje distópico, no solamente por el calor extremo de este mes de julio que hacía hervir las piedras, sino por el lamentable estado del arbolado con miles de pinos secos o agónicos por la sequía. Ante este arbolado inerte me preguntaba para cuándo el Gobierno de la Región de Murcia se tomará medianamente en serio lo que se nos viene con el cambio climático. ¿Habrá un momento en que ante este territorio cada vez más estéril dejarán las carracas de venir a pasar la primavera-julio en nuestros campos?
Lo cierto es que la población mundial de carracas está disminuyendo progresivamente por el efecto del cambio climático sobre su territorio migratorio, según leo en un libro precioso dedicado a las proezas de las aves migratorias: las carracas europeas, “cuya población se ha reducido hasta un 30 por ciento en décadas recientes y que han desaparecido por completo de algunas zonas de Europa”. “Convergen en otoño en las sabanas alrededor de la cuenca del lago Chad, en África”, siendo estas sabanas del Sahel un área estratégica para multitud de especies migratorias, como las carracas, las cuales están viendo como sus zonas de invernada se degradan bajo el impacto de la sequía climática (Scott Weidensaul, A vista de Pájaro, Debate, 2024, p. 147).
Las aves migratorias, como los migrantes humanos, protagonizan un relato de búsqueda de la subsistencia vital. En sus desplazamientos invierten esfuerzos y recursos admirables. Son nuestros Ulises con plumas. Pero el cambio climático y las destrucciones ecológicas están alterando los diferentes territorios migratorios que requieren para alimentarse durante el invierno, descansar durante las largas travesías y criar durante la primavera.
Constato, mientras camino por los campos de Corvera, rodeados de la enorme extensión del negocio agroindustrial del Campo de Cartagena, que aquí ya se ha hecho realidad la “Primavera silenciosa” que profetizó la bióloga Rachel Carson en 1962. Un libro pionero en el que se alertaba sobre los efectos de los agroquímicos sobre la naturaleza, y en particular sobre las aves. En estos campos se ha roto la sabiduría del viejo refrán “cada mochuelo a su olivo”.
Los resultados de la investigación del área de Ecología de la Universidad de Murcia demuestran con datos que en nuestra Región ya se ha hecho realidad el terrible escenario de una primavera silenciosa. Los han publicado en la prestigiosa revista Diversity and Distribution. La investigación, que ha registrado el número de aves y dónde han habitado durante más de dos décadas, evidencia una reducción de la riqueza de especies entre los periodos estudiados, confirmando que se están volviendo menos frecuentes en relación con su distribución histórica. Conforme se ha extendido la agricultura química, se ha reducido la población de insectos y, por tanto, de aves. Así, las poblaciones de aves han terminado retirándose a los límites regionales, costa y montañas del Noroeste, desapareciendo de los campos de buena parte de la Región, que se han transformado al cultivo de frutas y hortalizas con profusión de agroquímicos. No queda mucha vida no humana en este paisaje.
En un interesante ensayo del filósofo Slavoj Žižek sobre el progreso económico encuentro una afirmación que viene al pelo de la reflexión de este artículo: “cuando llega una etapa nueva y superior [del progreso], debe haber un pájaro aplastado en algún lugar” (Contra el Progreso, Paidós, p. 13).
Décadas y décadas de desprotección medioambiental por parte de los gobiernos del Partido Popular en la Región de Murcia han propiciado esta distopía de un campo sin vida. Por ello, necesitamos salir de esta senda de progreso y reinventar otra. “Un verdadero progreso aspira asimismo a redimir todos los pájaros aplastados de los progresos pasados; no a redimirlos en la realidad (el sueño biocosmista), sino a redimir la potencialidad que estaba presentes en ellos” (Žižek, p. 31). La potencialidad que estaba presentes en esas aves, lo sabemos desde las antiguas civilizaciones del Egeo, es la belleza y la libertad del mundo.