Ya lo sabíamos: un estudio de 2020 alertó del auge de la ultraderecha juvenil. Hoy, el diagnóstico se ha cumplido

Nos lo dijeron en 2020 y no hicimos nada. Hoy, la ultraderecha habla el lenguaje de una parte de la juventud y se mueve como pez en las redes sociales

En 2020, mientras el mundo lidiaba con una pandemia global, un grupo de investigadoras advertía en voz baja -pero con datos sólidos- de un fenómeno que muchos no querían ver: la extrema derecha estaba calando entre la juventud española. Cinco años después, el diagnóstico no solo se confirma. Se queda corto.

El estudio, publicado por el Instituto de la Juventud (INJUVE) y coordinado por el Institut de Drets Humans de Catalunya, analizaba el contexto político, social y digital en el que los discursos ultraderechistas comenzaban a arraigar entre los jóvenes. Su título ya era toda una alerta: “El extremismo de derecha entre la juventud española: situación actual y perspectivas”. Y aunque pasó desapercibido para buena parte de la opinión pública, anticipó con precisión quirúrgica lo que estamos viendo hoy.

De la advertencia a la realidad

En aquel informe de 2020 ya se señalaban los principales ingredientes del caldo de cultivo:

  • Precariedad laboral y vital.
  • Desconfianza hacia las instituciones democráticas.
  • Desinformación crónica.
  • Normalización del discurso del odio.
  • Y sobre todo: una juventud que se sentía huérfana de referentes y de futuro.

El estudio hablaba de un “peligro emergente” que ahora se ha vuelto estructural. Vox ya no es novedad, sino tercera fuerza política y subiendo en intención de voto en las encuestas. Los discursos contra migrantes, feministas, colectivos LGTBI o activistas climáticos ya no generan escándalo: generan likes. El relato de la ultraderecha se ha instalado en los recreos, los foros, los chats de videojuegos y hasta en algunas aulas.

Redes sociales: el caballo de Troya

Uno de los aspectos más visionarios del estudio fue su análisis del papel de las redes sociales. En 2020 ya se advertía de cómo TikTok, YouTube o Telegram funcionaban como autopistas para la propaganda ultraderechista. Hoy lo vemos con claridad: memes, vídeos, canciones, tutoriales… todo al servicio de una narrativa que ofrece a los jóvenes un enemigo externo y una identidad fuerte.

Jóvenes varones, carne de cañón

El informe identificaba el perfil más vulnerable: jóvenes varones, con bajo nivel educativo, sin expectativas laborales, sin vínculos fuertes con su comunidad, que buscan pertenecer a algo. Y encuentran ese algo en discursos que les prometen orden, orgullo nacional y culpables fáciles: los de fuera, las mujeres empoderadas, los “rojos”, los diferentes.

No es solo ideología. Es pertenencia. Es identidad. Es respuesta a la frustración. Muchos jóvenes -sobre todo varones, con baja formación y en entornos de precariedad- encuentran en estos discursos algo que la política institucional no les ofrece: una narrativa simple. Un “nosotros” contra “ellos”. Un culpable claro. Y un lugar donde sentirse parte de algo más grande.

Porque cuando el paro juvenil ronda cifras obscenas y el alquiler consume más del 70% del sueldo, la democracia empieza a parecer una promesa vacía. Y ahí, el mensaje de “mano dura”, “orden” y “orgullo nacional” encuentra su hueco.

No son monstruos. Son chavales desorientados a los que nadie ha ofrecido una alternativa con más fuerza emocional que el odio.

Fútbol, estética y cultura pop: las nuevas trincheras

El estudio también ponía el foco en las subculturas extremistas, muchas veces invisibles: grupos ultras en los estadios, marcas de ropa con simbología camuflada, canciones con letras xenófobas, influencers misóginos. No es una conspiración: es un ecosistema cultural que normaliza el machismo, el racismo o la homofobia, y que encuentra en algunos jóvenes un público receptivo.

En 2020 ya se propusieron soluciones: más educación en derechos humanos, más pensamiento crítico, más espacios juveniles donde canalizar el malestar sin caer en el odio. Pero muchas de esas propuestas quedaron en papel mojado. Y ahora recogemos lo sembrado: una juventud que crece entre algoritmos, frustración y discursos extremos cada vez más legitimados.

Porque cuando un joven dice “los inmigrantes nos quitan el trabajo”, no está opinando: está repitiendo lo que ha oído sin que nadie se lo haya desmontado. Cuando una joven afirma que “el feminismo ya no es necesario”, no está razonando en libertad: está reproduciendo una corriente que le ha enseñado a ver la igualdad como amenaza.

El informe concluye con una advertencia: el extremismo de derecha no necesita ganar elecciones para hacer daño. Le basta con que el odio deje de escandalizar. Con que nos acostumbremos a convivir con él como si fuera inevitable. Con que una generación crezca sin saber que hay otras formas de mirar el mundo.

La lucha no es solo por los votos. Es por la imaginación. Por el lenguaje. Por la empatía. Por la democracia, sí. Pero sobre todo, por el derecho a una juventud sin miedo ni odio.

Cinco años después, el reloj sigue corriendo

El estudio del INJUVE no fue un oráculo. Fue una advertencia fundada en datos, entrevistas y análisis riguroso. Hoy no podemos decir que no lo vimos venir. Lo que no hicimos fue actuar con la contundencia necesaria. El extremismo de derecha entre los jóvenes no es un fenómeno puntual. Es un síntoma. Y también un aviso: si dejamos a una generación sin horizontes, alguien llegará para ofrecerle culpables.

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