Democracia, como es bien sabido, es el gobierno del pueblo. Pero el pueblo en los tiempos modernos ha adquirido un significado ambivalente. El demos, en la tradición democrática que se origina en la Grecia de Solón y Pericles, significaba el pueblo entendiéndolo como la gente corriente. En la democracia manda la gente corriente. Posteriormente, tras la emergencia de los Estados-Nación en el siglo XIX, el pueblo se declinó en términos de “nación” para referirse a un ethnos, un grupo étnico (un pueblo que comparte una cultura común).
En los momentos históricos en los que el pueblo actúa como demos, la apuesta es siempre una democracia más inclusiva, que no discrimine a nadie. Cuando, por el contrario, se acentúa el ethnos, la lógica etnicista se pone en marcha, el racismo aflora y se busca señalar a un Otro al que perseguir.
Desde la emergencia del nuevo fascismo en España, con Vox, asistimos a un programa político que busca sustituir al demos por el ethnos, a la democracia por la etnocracia. Lo que el sociólogo Michael Mann denominó “el lado oscuro de la democracia”. El fascismo global nos propone este viaje a la etnocracia. Utilizar la etnicidad para cerrar la democracia y unificarla en torno a una única y depurada concepción cultural.
El ciclo político que se abrió con el 15M enfatizó el demos. Como reacción a aquella apertura inclusiva, el nuevo fascismo, encarnado en España en Vox y su red de afines, erige el ethnos, el cierre etnicista de la democracia.
La etnocracia requiere que la comunidad (el demos) sea sometido al violento trazado de una línea divisora entre amigos / enemigos. La pureza étnica de un pueblo unido en término de “amigos”, el cual descubre que en su interior pervive la impureza de los “enemigos”. Lógica guerra-civilista: el enemigo debe ser extirpado de la comunidad pues representa una impureza. En Torre Pacheco hemos visto la escenificación de este ideario. Llevar a cabo este programa político requiere siempre de la violencia.
La derecha “moderada” (el PP) pone el primer ingrediente: inmigración es igual a delincuencia. Da igual que ninguna estadística ni ningún estudio demuestre esa relación. Lo de menos es la falsedad de la apreciación, pues lo importante es lo que viene después, esto es, Vox. Vox traduce la cuestión migratoria en términos de soberanía: los migrantes son nuestros “enemigos” en cuanto usurpadores de nuestro territorio, de nuestros barrios. Deportaciones, endurecimiento de las fronteras.
La violencia étnica es condición necesaria para que opere la división de la comunidad entre amigos y enemigos. Solo así el demos devendrá en ethnos. Solo así quedará enterrada aquella pretensión de “democracia real ya” y nos adentraremos en el lado oscuro de la democracia. Esta es la delirante obra de teatro que las hordas del nuevo fascismo han escenificado en las calles de Torre Pacheco. Una cacería etnicista para propiciar la apertura de la divisoria amigos/enemigos.
Si el lector llegado a este punto tiene la impresión de que todo esto es un delirio, razón no le falta. Lo es. Vox cabalga sobre este delirio y parece que electoralmente no le va mal: según encuestas recientes, puede contar con el respaldo de un 19% del electorado.
Vox ha cruzado una línea roja: la violencia. Desde hace tiempo se veía venir, la violencia no va a ser un recurso político ajeno al nuevo fascismo. Se empieza denegando solidaridad institucional a los menores migrantes. Se continúa auspiciando una cacería humana racista. La probabilidad de que esto termine generando un asesinato de un migrante es muy alta. Cuando haya un muerto, ¿qué responsabilidad asumirá el sr. Abascal, el sr. Antelo, el sr. Feijoó, el sr. López Miras? Ha llegado la hora de señalarle a Vox que su vinculación con la violencia le conduce a un único destino: la ilegalización como partido.
Torre Pacheco ha sido el escenario elegido. Un suceso delictivo permite poner en marcha la ecuación: inmigración es igual a delincuencia (dice el alcalde del PP), nuestros “enemigos” son los inmigrantes y han de ser deportados (añaden los de Vox).
Todo esto tiene que ver más con Carl Schmitt -el jurista nazi que teorizó la política en términos de amigos/enemigos- que con el dramaturgo del Siglo de Oro español Lope de Vega -autor de la obra teatral Fuenteovejuna. En Torre Pacheco ha habido una operación estrictamente nazi, y no ha habido un pueblo que, como en Fuenteovejuna, se haya lanzado a las calles para perseguir a inmigrantes con ánimo de venganza. En Torre Pacheco se ha escenificado una obra de teatro con la dramaturgia de las escuadras fascistas de los años 30.
Torre Pacheco es el corazón de la economía agroexportadora de la Región de Murcia. A fines de los 80, con la gran transformación al regadío del trasvase Tajo-Segura, se abrió la oportunidad de especializar su territorio en “la huerta de Europa”, en el contexto de la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (1986) y el Mercado Único Europeo (1991). Pero para ello debía resolver un problema: la escasez de mano de obra jornalera, pues las bolsas del jornalerismo meridional se habían venido desactivando desde los años 70 con la modernización del país y las posibilidades de trabajo en otros sectores económicos más atractivos.
Torre Pacheco solucionó el problema de la falta de trabajadores recurriendo a las migraciones internacionales. Vinieron inmigrantes porque se les llamó. Y vinieron fundamentalmente trabajadores marroquíes. Con mucho sacrificio compraron viviendas baratas en el Barrio de San Antonio y en muchas pedanías. Reagruparon a sus familias. Tuvieron hijos e hijas que adquirieron la nacionalidad española (a los que Vox propone deportar). Estos hijos e hijas no querían, y siguen sin querer, reproducir las condiciones de trabajo y vida de sus padres. Algunos accedieron a la universidad (yo mismo les he dado clase a unos cuantos), otros consiguieron trabajar fuera del campo y un número preocupante conoció el fracaso escolar y el desempleo.
Torre Pacheco pasó en apenas tres décadas a tener 40.000 habitantes y convertirse en una ciudad. Su base social es un proletariado inmigrante muy diverso étnicamente, pero mayoritariamente marroquí.
Realmente lo que resulta sorprendente de todo lo que está sucediendo es cómo un proceso de explotación y extracción de plusvalía absoluta de la población trabajadora marroquí en los cultivos intensivos del campo de Cartagena se ha producido durante tres décadas sin apenas alteración del orden social. Y este extractivismo ha estado basado en la pura violencia: mafias de tráfico y explotación de sin papeles, ETTs, accidentes de furgonetas de jornaleros, abusos sexuales a jornaleras, sobrealquileres raciales… Si hay alguien que ha sufrido la violencia de la explotación (y la humillación del racismo y el cierre de las oportunidades de promoción social) ha sido la gente marroquí inmigrante.
Obviamente, en un contexto como el que he tratado de sintetizar con brocha gorda en los párrafos anteriores, se van a generar muchos problemas sociales. Pero estos problemas no son de extrema gravedad y sabemos cómo gestionarlos para contener sus efectos más insidiosos: inversión pública en servicios sociales y refuerzo escolar, política de vivienda, desarrollo comunitario y fomento de la convivencia, medidas de apoyo a la promoción formativa y laboral de los jóvenes inmigrantes, seguridad policial, regularización extraordinaria de los inmigrantes indocumentados, derechos de ciudadanía, derecho del trabajo y el largo etcétera de soluciones que posibilita un Estado Social y de Derecho.
Si Vox propone cacerías humanas, el demos debe levantarse y educadamente señalarles la puerta de salida (a la ilegalización).