Los mármoles rotos

Diez años después del 15M, el sueño de una democracia real yace entre los mármoles rotos del neofascismo que avanza

En aquellos días de mayo, el sol azuzaba sobre el cielo de Atenas y, pese a que a media mañana se imponía con rotundidad, no desanimó nuestra primera incursión en la ciudad a la búsqueda de las Piedras Sagradas sobre las que creció, en otro tiempo, aquel experimento político de la democracia ateniense. No es una mala peregrinación para los tiempos que hoy corren.

Dejamos a un lado allá arriba la Acrópolis. No perderemos en ningún momento del recorrido por estas colinas la majestuosidad del Partenón. Pero nuestros pasos se encaminan a las otras colinas, también tapizadas, como la Acrópolis, de olivos, algarrobos y encinas. Desde la Colina de las Ninfas, la ciudad se extiende inmensa. La golpeada ciudad por los programas de ajuste europeo que le impusieron a Grecia unos fatídicos Memorándum para pagar la deuda con un saldo atroz en niveles de empobrecimiento social, desempleo, privatizaciones, desigualdades, sufrimiento, desahucios e incluso suicidios.

De aquella crisis de 2010, que fue global, no salimos indemnes, la serpiente del fascismo incubó. Hoy por todas partes la ultraderecha trumpista impone una gobernabilidad global posliberal y oligárquica contra las agendas ecológicas, feministas, democráticas y no racistas. Sobre las piedras calizas que ahora pisamos, entre los siglos V y IV antes de nuestra era, emergió una apuesta contra las oligarquías y tiranías a la que se llamó democracia. Nos imaginamos siguiendo los pasos de Solón, Clístenes, Demóstenes y todos aquellos estadistas que hicieron posible la democracia basada en la Asamblea del pueblo organizado.

Así llegamos ante Las Rocas de Pnyx. Sobre estos roquedos calizos se encaramaban aquellos oradores para dirigirse a la Asamblea. Aún se puede visualizar la explanada, sobre una ladera de la montaña, que acogía a la ciudadanía ateniense reunida en asamblea y deliberación colectiva. Desde aquí la vista del Partenón es soberbia, y es que ambos espacios fueron diseñados para poder mirarse mutuamente.

Nos sentamos un largo rato contemplando este paisaje y ¡Cómo no conectarnos con el recuerdo de las memorables jornadas del 15 M que hicieron de la Asamblea de Sol, y de otras muchas plazas, un espacio para la expresión del deseo de una democracia que pusiera en cuestión las nuevas lógicas oligárquicas de nuestro tiempo!

Luego veríamos con emoción en el Museo de la Acrópolis, al pie de las Rocas Sagradas, los frisos del Partenón. Los artesanos que esculpieron estos relieves reprodujeron, con idéntica precisión y esmero, más de doscientas figuras de animales y más de cuatrocientas de dioses y de hombres. Incluyendo en sus frisos una representación del pueblo de los atenienses, se trataba de hacer del Partenón un auténtico monumento de la democracia. Un templo para la democracia inclusiva.

Este ideal de una democracia inclusiva es por lo que el pueblo se ha alzado tantas veces contra las oligarquías a lo largo de la historia y lo volverá a hacer, por mucho que hoy duela tanto lo que tenemos a nuestro alrededor -escribo esto y pienso en la reciente canallada del gobierno del PP murciano, a expensas de VOX, sacando de los frisos del Partenón de la democracia a los menores inmigrantes no acompañados, denegándoles la adquisición de viviendas para su acogida. ¡Miserables!-.

Todo en el paisaje que nos rodea es un homenaje al pueblo democrático. A quien estamos siguiendo en este recorrido es al helenista Pedro Olalla y, libro en mano, su impresionante Grecia en el Aire. Herencias y desafíos de la antigua democracia ateniense vistos desde la Atenas actual (Acantilado, 2015). Al final de su obra, cuando con dolor recorre las protestas que se sucedieron en la plaza Sintagma de Atenas contra el programa de ajuste brutal de la troika comunitaria, escribe:

“Mirando en el suelo de Syntagma estos mármoles rotos y recordando una vez más las rocas nítidas de Pnyx, pienso que Grecia, mejor que nadie, debería capitalizar su potencial histórico y simbólico para ser pionera en el renacimiento de la democracia. Esta ciudad, Atenas, debería convertirse en polo de atracción para los verdaderos demócratas del mundo entero, ofrecer su protección y su energía a cuantos luchan en el mundo por restaurar aquel proyecto suyo y para que no nos impongan el fascismo en nombre de la democracia” (p. 183).

Estas palabras de Pedro Olalla, escritas en 2015, recogían un sentir común a mucha gente que en aquel momento, y en diversas partes del mundo, ambicionaban una democracia real e inclusiva. Diez años después, este deseo se lo llevó la tormenta que trajo los mármoles rotos del neofascismo.

Está aún por comprenderse con rigor qué pasó para que la década de las revoluciones árabes, del 15 M, de las grandes protestas en muchos países del mundo, entre 2010-2020, sin embargo, y pese a sus arraigados ideales democráticos y antioligárquicos, terminara desembocando, a modo de consecuencias no intencionadas de la acción, en gobiernos reaccionarios y autoritarios o, en el mejor de los casos, en infértiles suelos políticos sobre los que emergen partidos neofascistas y corrupciones varias.

A mi modo de ver este ejercicio de reflexividad política es urgente hacerlo. El periodista Vicent Bevins se planteó esta pregunta e hizo una minuciosa investigación sobre las protestas de diez países entre 2010-2020 (Egipto, Brasil, Ucrania, Indonesia, Hong Kong, Chile, etc.). El libro se titula Si ardemos. La década de las protestas masivas y la revolución que no fue (Capitán Swing, 2025).

Por supuesto, sus conclusiones son discutibles. Pero Vicent Bevins insiste en algo que nos interpela a los que estuvimos en aquella década tratando de empujar por una mayor democratización del país. Plantea que la mayor parte de aquellos movimientos de protesta se definieron como horizontales, asamblearios y contrarios a las lógicas de representación, y desecharon la creación de organización política y de construcción de programas realistas. De esta forma contribuyeron, sin quererlo, a generar “un vacío político” que fue rellenado y aprovechado por fuerzas reaccionarias para atraer el malestar social y reorientarlo en función de sus intereses.

Bien sé que el porvenir es largo y el fracaso una posibilidad. Pero deberemos dejarles a las nuevas generaciones políticas una reflexión sobre por qué las cosas fueron tan mal después de haber impulsado una de las mayores oleadas de protesta global de los últimos tiempos, entre 2010-2020. ¿Qué consejo le daremos a los jóvenes que vendrán a intentar construir el futuro más allá de los psicópatas que hoy nos gobiernan?

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